Estaban puestos la mesa y los cubiertos
el cerdo se horneaba sosegado con una receta antigua,
de familia que se ha venido desgastando,
que ya no representa secreto alguno.
El sol -ese ornamento ineludible- también estaba presenciando
el cauce de las cosas.
Los pequeños vecinos se desperdigaban
bajo la sombra de las bugambilias, a salvo
de los cuervos.
Todos cantaban desafinados pero con vehemencia
cuando se abrió la puerta de la calle.
Una cicatriz volvió a palpitar bajo el vientre:
Era ella, con otro nombre y otra edad,
aunque la misma.
Iba a pedirle que se retirara
-la vajilla era insuficiente-
pero sabía que su ausencia
me volvería a dejar plantado en el invierno,
huérfano, derrotado,
sin la primavera que huía por las ventanas.
Andrés Galván. Direcciones opuestas. Siracusa, 1991
No hay comentarios:
Publicar un comentario