9 abr 2020

¿Has leído poesía la tarde posterior a una borrachera de whisky en un bar solitario, anodino, hasta bien entrada la madrugada, quedarte dormido en el auto a medio camino, y despertar con una resaca de esas que en principio parecen la elongación de la borrachera, algo beatifico que luego sin que lo notes, paulatino crece con su verdadero rostro de hiena y te muerde el cráneo y parece conseguir romperlo, y casi tocando el mediodía aparecer una gripe con toda su violencia, con la violencia de quien hubiera golpeado tus costillas insistentemente, y luego de un rato dejarte tirado en la cama, mientras afuera llueve, llueve con la parsimonia que tendrá la lluvia que acompañe el fin del mundo, y adentro te revuelcas entre pesadillas que olvidarás apenas abras los ojos? ¿Has tratado de leer poesía así, de profanarla con tu aliento de fermento (estuve a nada de poner muerte fermentada, pero es redundante, el que muere comienza a fermentar su podredumbre, a empollar su olvido de materia inanimada), lo has intentado, tocar con la mano temblorosa y los ojos como dos brasas llorosas, un libro de poesía, como si buscaras un asidero para salvarte de ti mismo, sentado en un excusado que da la bienvenida al frío de la calle, te has atrevido, te atreverías a mancillar de ese modo cosa tan elevada, intangible y casi sacra?

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