No tenía más de diez años cuando me lo encontré por la calle. Iba sucio,
maloliente, cabizbajo, como avergonzado de estar allí, en cualquier
sitio. Movido por la curiosidad, le pregunté quién era y donde vivía. En
todas partes, me respondió, soy dios. Lo dijo así, con minúscula, con
pena. Le dije que no estaba dispuesto a creerle si no me daba una
prueba.
Ese es el problema, me dijo, yo no existo. Y se desvaneció.
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