o más bien, su soñado contorno, la línea
que se bifurca delectosa, frágilmente,
en los pasillos del sueño, quiero decir
el anhelado encuentro de su boca, la miel,
y este par de labios que sé me pertenecen
pero no son más míos cuando la nombro,
cuando apenas dibujarse su silueta en el filo
inasible del horizonte, la sé llegando;
cuando, ladrillos en el muro, entrelazados,
dan forma a un refugio que bien haríamos
en llamar, exageradamente, amor, o tregua
al fin pactada, y entonces, nos alejamos
volvemos a comulgar con las calles y la niebla,
retomamos el miedo como quien retoma
un dibujo largamente postergado,
como quien vuelve a una partida de ajedrez
sin contrincantes, un laberinto donde el centro
es el único sitio inalcanzable: la muerte;
entonces atracamos en los puertos,
olvidamos nombres de reyes, de gobiernos,
colores confusos de banderas, y aullamos,
miramos la noche con la tristeza de quien mira
por primera vez el fuego, como quien lame
por primera vez el rostro de la sangre;
dirán que soy el pez que aquella noche,
en esas sosegadas aguas, cayó en el anzuelo
rojo de su boca, indefenso y ferozmente derrotado;
quiero decir, que no se acuse a nadie
que no lo sepa nadie: en mi pecho
hizo nido con ramas arrebatadas al fuego
el ave migratoria del ensueño
son sus labios, puerta o nudo en mi sosiego,
reverberación del espejismo, punto ciego
o más bien, el incipiente germinar de la derrota;
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