el elegíaco trepidar de cuerpos descoyuntados,
abigarrados en el verbo y en la acción, trashumantes
corriendo a tropezones, confundidos animales;
este recogimiento de la nervatura es mi defensa:
soy poco menos que una roca herida por el rayo,
el pastizal incendiado en el beso del abandono;
una herida que se cierra ante el fantasma,
que por dentro de la carne crece, jovial, furiosamente
somos palabras derramadas, el ruido al caer
otra vez sobre la tierra, fruto a un paso de la putrefacción,
resquebrajado huesadal y dubitativa sangre;
todo lo que mordió el otoño está doliendo,
se oculta o busca abismos o ramas para tender
alguna cuerda, columpios para el suicida, o para el niño
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