El hombre que se hace llamar Guillermo Tell tensa el arco. Cierra los
ojos un instante, aspira. Imagina un campo de batalla y que su ejército
está a punto de ser derrotado. Recuerda el sabor de la sangre y el zumo
de los frutos del verano.
No ha visto el blanco, pero dispara.
Un estruendo le hace abrir los ojos, pero ya es tarde. Su nombre es el
mismo, aunque su apellido es otro; está en una ciudad llena de vicios, y
sabe que nunca participará en una batalla.
El país es México. El blanco es su mujer.
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