Cuando llegué ante Su presencia, el mundo había terminado. Acudí a su
llamado porque supuse hallaría respuestas, no por otra razón.
Pero
es en vano mencionar su nombre ahora. He visto los arduos corredores de
su palacio, la imposible geometría de sus jardines y el horroroso vacío
de sus calabozos.
De nada me sirve nombrarlo ahora o esgrimir en un
esfuerzo inútil mi ateísmo incorruptible. En el centro de su palacio,
de las ruinas del palacio, hallé su cadáver. El sol comenzaba a erguirse
sobre el firmamento y en unas horas breves desataría el nudo de la
pestilencia.
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