30 abr 2020

Cuando llegué ante Su presencia, el mundo había terminado. Acudí a su llamado porque supuse hallaría respuestas, no por otra razón.
Pero es en vano mencionar su nombre ahora. He visto los arduos corredores de su palacio, la imposible geometría de sus jardines y el horroroso vacío de sus calabozos.
De nada me sirve nombrarlo ahora o esgrimir en un esfuerzo inútil mi ateísmo incorruptible. En el centro de su palacio, de las ruinas del palacio, hallé su cadáver. El sol comenzaba a erguirse sobre el firmamento y en unas horas breves desataría el nudo de la pestilencia.

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