a revolver entre los viejos trapos de la tristeza,
acaso tapiar la casa, atrincherar el corazón con alambradas
y explosivos, rondar la penumbra, vigilante,
a la espera de su llegada horripilante, desde inusitadas atalayas,
qué hacer, señor, señora, vagabundos, si pese a todo, a la embriaguez
y los incondicionales camaradas, el invierno arría sus velas en el puerto de mi ánimo,
y se posa, golondrina, en un rincón inusitado de la recién adquirida sonrisa,
ese extraño traquetear de músculos sobre el rostro
qué hacer, cuando la hierba crece entre el ladrillar del muro,
si llega a tocar la puerta de mi habitación
como una mujer, lozana, jovial, y enreda mis cabellos
y me abraza para después morderme
qué hacer, señora, señor alcalde, fontaneros,
si la perra depresión lame mi rostro mientras llena de mierda mi cadáver
si la perra depresión lame mi rostro mientras llena de mierda mi cadáver
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