y no hubo lágrima o verano,
o muladar donde guardar el ansia,
ni última esquina para alcanzar
el perfil adusto, la madurez por fin
ganada, como un hierro en el híjar,
ganado sostenido por dos piernas
y la raquítica esperanza, esclavo
apenas, a penas malherido, el pecho,
la furia osamental, la sangre, todo
lo que palpita bajo el cuero,
la tristísima palabra donde se anuda
el viento, pañuelo o hacha afilada
sobre el cuello, pero de quién;
y de quién tuberculosa propiedad
el chisguete del llanto o de la hiel,
el destemplado otoño, el sorpresivo
despliegue de alas del cuervo
o la paloma, de quién entonces
la próxima embestida del oleaje,
la tumefacción del músculo, del ojo,
a quién, entonces, reclamar el desaliño,
la descuidada partitura de laringes,
con qué bastón de ciego, en qué oscuridad
tantear lo roto, adivinando, con la yema
de qué falange, con qué espejo
estrellarse en el agua, en qué astillar
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