será que me hice frágil en este trasegar
de calendarios y rumiar el coraje o el espanto,
que tantas horas, tanto piar bajo techo,
hizo, finalmente, mella en mi esqueleto;
que algo se me rompió acá adentro,
de estar a salvo, de tener abrigo para ahuyentar
el frío, de cerrar los ojos y acudir el sueño,
y este cicatrizar de ciertas heridas,
este soltarme de su mano el dolor,
me ha desvencijado los duros muebles de la casa,
y llenado de óxido los póstigos, el hierro
permanente en las compuertas del ojo,
y una música basta, un olor, para llamar,
angustioso, triste con la tristeza de quien ama
en la descarnada, en la inexplicable mueca
de estar vivo, de necesitar al otro,
digo que basta el más mínimo acorde,
el más incierto resplandor entre la brasa,
para doblar este gastado renguear de mi cuerpo,
para quebrar, como una rama en el callado
bosque, mientras llueve, la bruta, la impasible
coraza que protegió mi pecho,
que basta un grito, feroz, en la distancia,
para poner a tiritar de angustia las pupilas,
y este rodar sobre los fangos, sobre el colorido
basural del tedio, es lo que me tiene, torvo,
ardiendo a medias, ladrando a mi sepulcro,
buscando, en el aullido, la salida, el estrépito final
que me desgarre, y con su rabia me consuele
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