arrellanado en una banca de madera,
el otro mira caer la lluvia sobre el patio trasero de la casa
lo embelesa el sonido del agua al golpear
contra la gravilla del suelo y las tejas
que resguardan el lavadero y su tanque siempre sediento
alguien le ha hablado de los fantasmas
que rondan el espacio abierto de la calle,
del espíritu de un niño nonato que juega al escondite
entre los limoneros del vecino
pero él sólo ansía la floración de los dos guayabos japoneses
y la llegada de sus frutos rojos:
recuerda, salivante, la dulce acidez en el cielo del paladar
Abandonado hace siglos, se embelesa con el sonido de la lluvia
sobre los confines breves de su reino
luego cierra los ojos y atravesando
los recovecos del sueño y el delirio
me mira como quien ve a su verdugo y a su víctima
con la sobria indiferencia del que ha vencido a la desmemoria
No hay comentarios:
Publicar un comentario