siempre, cada vez, en cada espejo, el relámpago:
arte de estremecimiento y desasosiego
muela última de la adolescencia, nido de carie;
la figura siempre anhelada del oleaje, oasis,
albergándose en el pecho,
creciendo, despiadada, en el delirio
se requiere poco más que un atisbo de valor,
artificios para salvaguardar la cordura,
una y otra vez, repetir: es el imaginado infierno;
girar sobre las aguas, madero a fin de cuentas,
alarido que no alcanzará la orilla, y repetir,
nuevamente: no hay tal, todo es fruto madurado en el delirio:
el ahogo prometido, el cuerpo flotando río abajo,
regocijándose entre las rocas, alimento de peces,
acaso, lúgubre y hermoso: no hay tal.
gritar, de nueva cuenta, y que el alarido provoque
a la nada: te sabías huérfano y ahora lo confirmas;
restalla la luz en las orillas, pero el relámpago ha callado,
fango adentro, entre el limo, dormita el monstruo marino
último resplandor que en tu pecho muere, necrosado;
alguien ha visto tierra, un puerto; alguien invoca viejos dioses:
no hay asidero, entonces, sólo la roca viva, la colisión
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