Esta mañana, mientras me disponía a preparar un licuado de mamey, me di
cuenta que había demasiados trastes esperando a por su ducha en el
fregadero, y me di cuenta también que de no lavarlos, tampoco me
vendrían ganas de lavar después lo que estaba a punto de ensuciar; y
estaba a punto de comenzar cuando me di cuenta que había que ordenar los
trastos limpios y secos, y cuando fui a acomodarlos al estante ví que
éste estaba empolvado, y comencé a desempolvar y encontré una nota
vieja, que advertía sobre la falta de azúcar, lo que me llevó a
rellenar el azucarero, y a revisar lo que quedaba de leche para llegar a
fin de mes, y entonces recordé una canción de Sabina, lo que me llevó
inevitablemente a pensar en una mujer, en su tacones cuando se acercaba
por la alameda, de los teatros que visitamos juntos, y de las gerberas
que tanto le gustaban, y mientras abría las ventanas para ventilar la
casa, alguien dibujaba en el aire la sonrisa de ella, y entonces me
trepé al columpio de la nostalgia, y aquí estoy, columpiándome
furiosamente, diría que hay un conato de inundación, que por mis ojos
baja un arroyo que crece tímidamente, pero sería demasiado, sólo he
dejado de ver el vaivén del horizonte, la vista clavada en la punta de
mis pies.
Si se preguntan por el licuado, estaba delicioso. Se morirían de envidia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario