25 may 2020

15 de junio, 2019

Esta mañana, mientras me disponía a preparar un licuado de mamey, me di cuenta que había demasiados trastes esperando a por su ducha en el fregadero, y me di cuenta también que de no lavarlos, tampoco me vendrían ganas de lavar después lo que estaba a punto de ensuciar; y estaba a punto de comenzar cuando me di cuenta que había que ordenar los trastos limpios y secos, y cuando fui a acomodarlos al estante ví que éste estaba empolvado, y comencé a desempolvar y encontré una nota vieja, que advertía sobre la falta de azúcar, lo que me llevó a rellenar el azucarero, y a revisar lo que quedaba de leche para llegar a fin de mes, y entonces recordé una canción de Sabina, lo que me llevó inevitablemente a pensar en una mujer, en su tacones cuando se acercaba por la alameda, de los teatros que visitamos juntos, y de las gerberas que tanto le gustaban, y mientras abría las ventanas para ventilar la casa, alguien dibujaba en el aire la sonrisa de ella, y entonces me trepé al columpio de la nostalgia, y aquí estoy, columpiándome furiosamente, diría que hay un conato de inundación, que por mis ojos baja un arroyo que crece tímidamente, pero sería demasiado, sólo he dejado de ver el vaivén del horizonte, la vista clavada en la punta de mis pies.
Si se preguntan por el licuado, estaba delicioso. Se morirían de envidia.

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