nombrarte cuando a solas resbalo entre el fango
de los días, hacer piruetas en los semáforos del tedio
para buscar, en el horizonte, cualesquier signo
de tu presencia, la más leve brizna de aire que cargue
con tu aroma de muchacha alegre, o en el eco
que pueda traer consigo el ruido de tus pasos,
preciso y musical, y otra vez, a solas, penetrar la noche
sin el peso de los miedos, lúcido por fin,
y este temor de ahogarse en el desvelo, de morir
a cuentagotas, trabajosa, inútilmente fuera de tu mano,
pero digo demasiado, tal vez ha vuelto a sorprenderme
el espejismo, y en las garras de la confusión grite mi hambre,
esta sed de marchitar distancias, de combar espejos
de frente a la noche, para que nadie vea mi rostro
deformado por la angustia, las suturas y las cicatrices
que conmigo, alegre, pudorosamente, cargo;
y a todo esto he de pedir, a tu cintura trémula,
a cada sonrojo de tu piel, al más tímido latido que en tu pecho
anida, una palabra, la más sencilla, para nombrar,
aunque incompleta, esta sensación de fieras pacifistas,
de este fuego que anhela, jubiloso, su ceniza
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