18 may 2019

poemas para saciar el hambre de los perros


I
la fiebre es un paisaje
un temblor apenas
perceptible
en la mandíbula
de la serenidad

su mano sostiene la mano
del delirio

II
cuando despierto, la luz
cubre cada rincón
de la casa;
la luz es una enredadera
descontrolada
la oscuridad un sol
que se apaga

III
detrás de la luz, está la niebla,
detrás de la niebla,
acecha una tormenta,
tras la tormenta, pese a lo dicho,
no viene la calma,
la luz (blanca, pura)
afilada hoja
vuelve a poner su dedo
sobre mi retina

IV
cierro los ojos
pero ella sigue presente
el día despunta entre las nubes,
entre la niebla florecen amapolas,
el coyote vuelve al gallinero;
en el fondo de un barranco,
descansa un nido de gavilanes
en el sueño y en la vigilia,
a donde quiera que vaya,
me sigue su presencia

V
en mi mano palpita un corazón
sinsontes anuncian la llegada de la tarde
las adormideras resucitan del sueño
pero aunque la noche haga sonar su música
aquí, dentro del manicomio
que es el corazón,
mis ojos permanecen sujetos por anzuelos,
lúcidos en el delirio

VI
la luz no es blanca,
es cálida cuchilla que deja caer
su hoja entre mis párpados

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