Es la hora, han caído las catedrales
y nadie corrió a santiguarse,
a gritar, desesperado, algún nombre sacro,
la oración que les ofreciera un sosiego absurdo;
es la hora, entonces, de recoger el polvo
y la ceniza, de ofrecer la última liturgia
a lo sagrado: su misa fúnebre;
es hora, pues, de abandonar los parques,
de rehuir por fin la sombra, ensordecidos,
de mutilar la lengua trepidante de las multitudes,
volver a la piedra, dejarse desbastar por la sal
del llanto y por el viento o el suspiro
del enamorado y del guerrero;
es hora, pues, de abrazar el silencio, de abrasarlo todo,
ahora que todo calla pese al grito, de todo lo que
sin llamas incendia este pertrecho, esta empalizada
de esperanzas, por fin quebrada, por fin rota
por el embate incansable del enemigo
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