6 ago 2017

¿Cómo te digo que me arde el deseo
en la boca del estómago,
en la oscura planta de mi bajo vientre,
que no hay hora, ni día, ni minuto
que valga la pena mientras te espero
sin saber la hora de tu llegada?
Cómo decirte, dejando de lado las palabras,
que me palpita el ojo izquierdo de aguardar
por un atisbo tuyo, así sea mínimo,
así sea el rumor de tu perfume asomándose
en los barrios marginales de mi angustia;
que se me descompone la carne
del corazón encabritado, que no hay cosa
que pueda asir con las dos manos
sin que se caiga a medio camino,
sin que me abrase al sospechar tu nombre,
que la tarde se consume como un cigarro
en la playa de tus labios carmín,
que todos los sitios de mi voz
son sitios comunes, sosos, inocuos;
cómo explicarte, haciendo gala del silencio,
que todo a mi alrededor se torna de agua
pero no alcanza a inundarme las cuencas,
que no hay escopeta suficiente para salir
a cazar las bestias de mi alma, ni ganas
de ayuntarse a una mujer extraña,
ni camisa de fuerza para contenerme
cuando en medio de la noche, a mitad de todas las cosas
salgo a buscarte entre los precipicios

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