6 ago 2017

que no hubo horizonte para el halcón del deseo

dejaste que todo partiera y te partiera,
que dejara tras de sí su estrépito de hojarasca,
de ramas que se quiebran bajo el paso
titánico de las horas, y luego de sangrar
volvió a crecer en ti la mueca adusta
y la bienvenida recelosa, pero la puerta
se mantuvo abierta, chirriante en sus goznes


no hubo helada, ni veraniego ardor que alcanzara
a llevarte lejos de esa cueva,
todo se perdió a lo lejos, todo lo arrastró
el vendaval de los días; todo lo mordiscó
el perro hambriento del desvelo;

hemos tendido la mano, el brazo, para que otros
lo mordieran, para sentir la sangre bullir
fuera de sí; porque no hubo horizonte
que alcanzara a alimentar el halcón del deseo,
ni bisonte en la estepa salvaje
paciendo, nostálgico de la manada,
anhelante de ese temblor de tierra
bajo la pezuña multiplicada, incontable
como incontenible, y el bisonte con su carne
de antiguo mamífero retozando en solitud,
mugiendo ante la herida ausente;

hemos arrebatado al mundo el ramaje,
el pasto seco para encender la hoguera
en medio de la noche helada,
para dejarse acariciar por el cuerpo de mujer,
la lengua amante de la flama,
y al alba pisoteamos los restos de su ceniza,
último rescoldo de su ardiente beso

pero, acaso somos otra cosa que hombres,
seres truncos, plagados de carencias,
desorbitados en la cuenca lagrimal del ojo,
rencorosos perros que aullan orillados
en las carreteras, hambrientos, lastimeros;
qué otra cosa, amasijo de carne y sangre,
hueso herido que gimotea para saberse
vivo; nada, apenas hombres, minúsculas
representaciones del polvo de la historia,
receptáculo de terror, hijos de la desesperanza;
nada, apenas diminutas formas de albergar
el caos, anhelantes de su infausta gloria;
pero no podríamos anhelar otra cosa además de la caída,
este crepitar de huesos, el trepidar de potros
sobre la espalda, ser un tanto mayores, alcanzar
con la punta anhelante de los dedos
la última repisa de la alacena cotidiana,
el amor, esa bestia escurridiza, cuando menos

Algo más, otro anhelo que despierte el motor secular
del corazón, que tocar a la bestia mitológica
así sea con la yema última de mis falanges

No hay comentarios: