6 ago 2017

en el centro de la pesadilla resuena tu carcajada





es esta calle, el rumor de su oleaje de concreto,
el punto de quiebre entre la noche y este brazo
dormido en el último vagón de la madrugada;
el terror, los túneles hambrientos que se alejan
sin pañuelos blancos, augurio de sequía;


uno muerde el polvo, envejece: en la lucidez comprende
que su trastabillar pende sobre la vela
ardiente del ridículo, que nada hay ya que valga la pena
sostener con la gallardía, el orgullo de un cetro,
premio recién cobrado por la caza del animal
mitológico del amor; que ya no le valen los escritos
donde hombres hablaron de arrojarse a la fauce
de los leones del enamoramiento, que es pueril
cortar la flor, y tenderla a la inexistente mano del azar,
luego de cargar con su cadáver largos minutos,
atenazado por el sol y su calígine, a la espera
de una mueca, de un signo de admiración
en un rostro ajeno, cotidiano, pero que a fuerza
de atragantarse el organismo con píldoras
de azucarado cariño a perpetuidad, de haber
devorado sin quitarle las espinas, la ambigua idea
del amor, a fuerza de haber bregado en esa
agua oscura, en ese fango delicioso, uno termina
por hallarle, arqueólogo, el más hermoso rasgo
en el bamboleo errático de la sonrisa,
o en el estrábico ojo de su pasado...

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