6 feb 2017



me he abrazado a la cuerda de la ebriedad:

yo no sé si es necesario, hacer las paces
con uno mismo, dejar las naves naufragando;
tal vez uno habla hasta el cansancio,

entreteje sobre la carne alguna excusa que le permita
salvar el fuego, abrazarse a la locura
aunque su signo sea la áspera cordura;

será que es necesario, pregunto, tender la mano
para salvar el pasado, que nada vuelva a refulgir
como una lanza en el costado, cicatrizarlo todo
o permanecer sangrante, receloso, turbio;
en qué rincón guardar esta obtusa necesidad


de perpetuarse, de creer en los axiomas
que nos orillan al amor, y nos condenan
a sorberlo todo, con el regusto amargo
de la búsqueda infructuosa, de la frustrada
soledad; con qué argumentos se destierra
de la carne el confuso deseo de otra carne,


el hormigueo de los sentidos, la torsión
de los horarios y las ganas, con qué sólido
concepto convencer a la carne propia
de que el deseo no requiere más pretexto,
ni más conjuro que la sal ajena, 
que no hay amor para ofrendar, que todo está ya roto
hace siglos, y no hay pegamento que restaure
los labios separados, el gemido dado,
ni altar para los dioses que han sido asesinados
al despuntar el alba

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