Algunas veces me pregunto, sobre todo ante la pérdida, si el karma existe, si ese concepto tan elaborado de la culpa y la expiación en verdad existen como una mera cosa, más que concepto pergeñado en el insomnio de la noche de la humanidad.
No creo, aunque no lo haya dicho a todo mundo, en la redención, mucho menos en el arrepentimiento, que es un paso necesario para alcanzar aquella. No creo, por tanto, en la expiación, que es el castigo infligido por un tercero, o autoimpuesto -que es, a decir de la mitología religiosa más actual, la más valedera; porque la expiación viene antes de la redención y después del arrepentimiento. El arrepentimiento es el primer paso para iniciar el largo y masoquista proceso de la redención.
No, yo estoy sentado sobre el banco de la perpetua desidia. Poco me importa que mi alma arda, que sea flamable. Hay otras cosas que me preocupan, seguir muriendo, tal vez leer una par de libros más, aunque pise un sitio común, mirar un puñado de ocasos desde inimaginados puestos de vigía, extasiarme en la primer mordida a extraños frutos, construir la barcaza que me lleve al naufragio, escribir alguna línea aceptable, despojarme de los trapos del amor mal aprendido en los pasillos de la infancia y peor asimilado en los calabozos de la adolescencia, beber un alcohol que me vuelva a sorprender.
Pero me explayo, sigo la tangente. Digo que ante la pérdida es rara avis el hombre que no siente sobre sí el brazo de la congoja, y la duda cabalgándole la espalda.
Alguno habrá perdido al padre, y mantenerse incólume, y sin embargo, trastabillar ante la pérdida de una reliquia atesorada largamente. Ante esas pérdidas, hay un desgarre que deja sobre la carne cicatriz. Una partida de la que no salimos indemnes.
Cuando me ha tocado una pérdida así, termino preguntándome ¿qué, si fue posible transitar por otra vida antes de ésta, de la que además no tenemos conciencia alguna, qué hicimos tan grave que luego se nos permitiese albergar de nuevo la llama del amor o del deseo, para que luego nos fuera arrebatado? ¿Qué falta tan grande pudimos cometer que nuestro castigo no fuera un caldero en llamas, o un gélido páramo, sino el haber tocado la perfección para perderla sin más?
Que se nos permitiese querer algo o alguien con tal profundidad sólo para sentir el peso de la ausencia en las costillas, en el más húmedo rincón del ojo. Debimos ser monstruosos, y aún más crueles los hipotéticos dioses que así nos castigan.
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