a olfatear, cargado de hambre, las bestias que rodean
la noche, a aspirar sus fauces de óxido y fermentado fruto;
vuelvo a hollar la tierna pesadez del barro,
con mi pezuña rota, trastabillante, vizco,
hecho nudo en el sosiego, ovillado,
parpadeante, alerta,
angustiado al menor ruido, ante la más ligera brizna de hierba
que se agite en la espesura de la calle,
con el desierto, árido, en el centro salival de la garganta
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