27 jul 2020

19 06 2019

Me quedé dormido leyendo Negra, de Wendy Guerra. He soñado la lectura de un episodio vudú bastante sombrío. Debo aclarar que dicho episodio no figura en el libro. Al despertar, descubro que no fui más allá de la última página que recuerdo haber leído. Leo, con desgana. Antes de ponerme en pie, al girar el torso, veo un libro en la parte más baja del librero. Debo aclarar que hace poco más de dos meses duermo en el suelo. Cosas de la evocación inherente a la nostalgia, creo. Un petate de palma que se parece mucho a los que acompañaron largas noches de mi infancia. Por eso vi el libro de la fotografía.
Lo compré en una librería de viejo hace varios meses ya, pero no había comenzado su lectura. Pereza, distracción, como gusten llamarle. Pero Silvia Tomasa Rivera es una poeta que sí o sí hay que leer. En algún momento de la vida. La encontré hace años, llameante -es una metáfora-, abandonada, en una biblioteca pública. Pero la leí muy por encima. Hoy, avanzo con fruición. Sus versos despiertan algo de bestia herida en mi interior. Llevo días, semanas, buscando algo que provoque un chispazo, y al parecer, esta mujer, con su escritura tan lejana lo consigue. Me identifico.
Cuando llego a la parte de Águila Arpía, pierdo toda defensa. Cualquier artilugio para soportar su embate se torna inválido. Y encuentro, además, versos como este que sirve de epígrafe a la imagen. Que son como metralla.
Sigo leyendo, como quien viaja a través de la noche, como quien sabe que debe seguir haciéndolo. Sé, como Silvia, que nadie habrá de esperarme, pues como ella, también 'he dicho que no es seguro mi retorno'.

¿Por qué tengo que andar en las ciudades
solo, como si no existieras?

Silvia Tomasa Rivera/ Águila Arpía


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