Deja que todo transcurra, que el miedo ladre desde su azotea, que la
angustia te obstruya como un río de sangre la garganta: deja que la vida
se te escurra entre los dedos atrofiados de pergeñar manuscritos apenas
legibles, apenas valederos.
Deja a las hienas blancas del insomnio
destrozar tus huesos, que cada golpe de deseo insatisfecho, que cada
anhelo frustrado te haga jirones el maltrecho lienzo de la piel.
No te opongas. Nada hay para ti allá afuera. Nadie.
Olvida la imposible necesidad del otro. Arroja tus anclas a mitad del
océano y luego incendia tus naves, que no haya tierra de por medio que
te permita la mínima esperanza de supervivencia: enloquece de rabia y
desesperación.
Arrójate entonces contra los acantilados del olvido. Y destrózalos.
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