Hablo de la herida que orla mi costado,
de la sangre, la escandalosa, turbia sangre
que pone su dedo en la blancura del lecho.
En la quebratura de mi ala, sostengo el vuelo.
Corazón ajeno, ajena curvatura de felicidad:
en este siglo ennegrecido por la carne,
cada paso tuyo es un susurro de relojería
que avanza amenazante, fiera hambrienta,
hacia la cruz abierta de mi abrazo.
En el ojo que se cierra, busco el faro y la costa.
Lengua extraña, ajena humedad de tu saliva:
este calendario de cuchillas me ha tocado.
Mi garra se ha cansado de rasgar la noche,
toda hora, cada sigiloso instante, para llamarte.
Hablo del cuerpo que en su responso grita tu nombre.
Del enhiesto deseo que sostengo como un cetro
en esta mano que sostuvo como un óbolo tu beso.
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