A principios del 2010, huyendo de mí mismo, encontré la vena policíaca
de Taibo. Durante cuatro días se convirtió en mi lectura de las mañanas,
que aderezaba con poesía que ya olvidé. Por las tardes el tiempo se me
iba en buscar sitios altos para tomar fotografías, arrobarme ante el
paisaje de Itzanktun y suspirar por el amor perdido.
También fue el
mes de enero, poco más allá de la primera semana, y a todo momento
sonaba en mi cabeza un bolero de La Sonora Santanera que dice '... yo sé
que eras ajena, que sigues siendo ajena...' con el que mi desgracia
inmediata se identificaba plenamente.
Y nada, hoy, 3 de enero de
nueve años más tarde, acabo de leer la tercera entrega de Belascoarán
Shayne, el detective tuerto que aquella vez me tendió la mano en medio
del aguacero.
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