27 jul 2020
13 10 2019
Hoy, ayer, vi quebrarse a dos personas, una de ellas muy estimada; poco
alcanzamos a hacer, poco pudimos o quisimos hacer; porque traemos, creo,
el mismo luto y a veces uno se para como en el borde de un precipicio y
sabe que la más mínima brisa nos puede arrastrar al fondo del
desfiladero; en nuestro caso el desfiladero es el resquebrajamiento de
una corteza que a algunos sostiene a penas; recordé la carta de Walsh a
sus amigos con motivo de la muerte de su hija a manos de los
militares y la línea donde dice que muchos de sus amigos (amigos de
ella) habían sido asesinados sin que le diera tiempo llorarlos; hace un
par de días tuve un ataque de ansiedad, había estado bebiendo un poco,
jugando un poco con una chica con la que a veces comparto el lecho y
algunas risas, y al entrar en la ducha una sensación de abandono y
desamparo llegó a oprimir mi pecho y me dejó en la lona por largas
horas; debo decir que no es este el primer luto que atravieso, pero
acaso sea de los más desoladores que me tocan; más, porque potencia la
pérdida que en enero dejó la muerte de un compañero con quién compartí
largas caminatas e interminables disertaciones sobre el movimiento;
entonces, hoy conduje poco más de cien kilómetros con la vista empañada,
con esa sensación de impotencia que deja la muerte ajena pero cercana,
tan cercana que pareciera echarnos encima el aliento y la sonrisa
socarrona; creo que no tendremos tiempo de llorar lo suficiente a
nuestros compañeros ahora que han partido, porque hay tareas urgentes,
porque la vida sigue vertiginosa y no habra chanza de pararse a
respirar, mucho menos a lamentarse; que en estos menesteres uno debe
continuar el camino con la herida a cuestas y esperar a que sola cierre
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario