No hizo falta
mucho, entender que en cualquier parte del mundo, una brasa lleva tu
nombre, que basta la brisa más suave para reiniciar el incendio; saber
que cualquier paisaje guardaría las aves de tu recuerdo, y en su gorjeo
matutino izaría sus velas el deseo. Subir a las azoteas y saber que cada
ciudad, cada ranchería recién descubierta es anclar de nuevo en el
mundo, hacer un hueco donde quepan la maravilla y la sospecha de un terror futuro donde la última calle se bifurca hacia la noche y hacia tu ausencia.
Mirar las fotografías tomadas en otro tiempo, antes del cataclismo, y
aspirar el olor añejo de un paisaje urbano, de luces parpadeando en el
horizonte, de vías abandonadas, de hoteles en mitad de la nada donde
trasvestis buscaban el amor traducido en algunos pesos, de la noche
vista desde almenas parecidas a tanques de agua universitarios, fumando
el desasosiego, y entre todo ello, el otoño y su tapicería de hojas, tu
labio por fin anclado en mi labio. Llegar siempre al mismo punto,
anhelar la inexistencia del quiebre, inútilmente.
Recorrer, de
memoria, los teatros donde tomaste su mano, aspirar el olor a cuerpo
recién salido de la ducha, sentir en el bajo vientre crecer las ganas
por enfrentar a sus demonios, salir derrotado. Esuchar, entrecortado,
lejanísimo, un saxofón en mitad de la noche, vernos a ambos en un
auditorio a cielo abierto, ambos tratando de asir la eternidad en una
fotografía, en breves recados escritos espontáneamente, ambos mordiendo
los frutos del incipiente invierno, el saxofón excitado resonando,
entrecortado, en la lejanía, insistente aunque vago, una guitarra que
evocaba las fluctuaciones violentas del agua a la orilla del mar, ambos
sentados al borde de la cama como si estuviéramos al borde de un
acantilado, leyendo los panfletos cristianos que la dueña de la casa
comenzó a obsequiarnos cuando nos vio salir a su patio por tercera
ocasión.
No hizo falta mucho, descender de un auto varios años
después en el mismo sitio donde se fraguó el preludio de aquel primer
beso en un puerto que desconocíamos y trató de engullirnos, guardar las
fotografías de esa noche, inocentes, como la mala música de las
estaciones radiofónicas, como la nostalgia.
27 jul 2020
Canciones malas que recuerdan buenos tiempos
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