El yo pasado, lo que ayer sentimos y pensamos vivo, perdura en una existencia subterránea del espíritu. Basta con que nos desentendamos de la urgente actualidad para que ascienda a flor de alma todo ese pasado nuestro y se ponga de nuevo a resonar. Con una palabra de bellos contornos etimológicos decimos que lo recordamos —esto es, que lo volvemos a pasar por el estuario de nuestro corazón—. Dante diría per il lago del cor [José Ortega y Gasset: El espectador, II, “Azorín: primores de lo vulgar”].
Seguramente estoy equivocado. Hace
bastante tiempo que no lo practico, y es muy probable que algún vocablo,
al evocarlo, se me extravíe o se me confunda.
Pero venía
conduciendo y de pronto recordé la última ocasión en que pude hablar con
mi abuela, acaso unos meses antes de que falleciera. El Alzheimer la
mantenía en un mar picado de recuerdos en el que ella confundía con
facilidad los nombres, los rostros, y las épocas. Podía sostener una
charla en apariencia lúcida, y al momento siguiente preguntar por alguno
de sus hermanos muertos, cuando la orfandad los acunaba en una infancia
poco más que trágica. Hacía tiempo que había dejado de fumar sus
cigarros gratos en el breve patio de su casa tal como era su costumbre: a
solas, casi a escondidas, acaso en la complicidad de algún nieto.
Era diciembre y llegué al pueblo el veinticuatro. Ese mismo día, en la
cena, la vi. Le pregunté por las ferias a donde íbamos a vender velas de
parafina, por las largas procesiones que habíamos presenciado cada año,
en cada feria, las largas horas despachando las mercancías y las
interminables noches en que la lluvia amenazaba con destrozar nuestros
puestos hechos con horcones, tablas y enormes manteados. De todo me dio
constancia, y agregó muchos detalles.
Seguramente la plática se
hubiera prolongado mucho más tiempo, pero un detalle vino a sembrar el
fin de la plática, a saber: tanto platicar le despertó la curiosidad y
me preguntó, en náhuatl, en su lengua, en la lengua que siempre usamos
para comunicarnos con ella, quién era yo, y si acaso había trabajado en
algún momento con su marido. Le respondí afirmativamente, y estaba por
retomar la charla cuando una de sus hijas le llamó la atención y quiso
decirle quién era yo.
Haré un paréntesis para abundar en lo
siguiente: aunque no es grato ver el olvido en los ojos de alguien tan
querido, me pareció superfluo obligarla a recordar, perdida como estaba,
o divagando en un oleaje de recuerdos que la perseguían desde hace una
vida, y no por decisión propia, sino por una enfermedad que le
arrebataba la lucidez y el sosiego. Sé por las charlas que sostengo con
mi hermana, que le era difícil conseguir la calma, y por lo general su
estado era de permanente angustia. Agregarle la exigencia de recordar a
cada persona, en su época correspondiente, en un momento en que parecía
gozar de tranquilidad, aunque no estuviera en el mismo momento en que
estábamos los demás, se me figuró un ejercicio de tortura terrible, y
por ello me excusé de emplearlo.
Tratamos de seguir con el diálogo
interrumpido, pero ya su paz se había quebrado y comenzaba a exigir el
retorno a su casa. Alcancé a notar que mi tía la llamaba aparte, y algo
le decía. Acto seguido, la pequeña figura de doña Ana volvió a donde yo
estaba sentado, y me llamó por mi nombre. ¿Eres tú? me dijo. Xnetsjiove,
se disculpó, xotimitz elnamik.
Perdóname, no te recordé, fue lo que
dijo, y se dirigió a la salida, a la calle, para volver a su hogar. Mi
hermana y mi madre la siguieron para acompañarla.
Hasta ahí el
recuerdo. Sin embargo la evocación de esa noche me llevó a pensar en el
significado de esa palabra, elnamikilis, recordar. Cualquiera sabe que
la palabra en castellano se refiere a reconectar algo con el corazón,
aunque Ortega y Gasset da una definición sublime, que he puesto al
inicio de este amasijo de palabras.
En nahuatl, eltepan, elpantli se
refiere al pecho como tal, aunque ambas son palabras compuestas.
Eltepan, va conformada de 'el' y 'tepan'. Pecho y muro, respectivamente.
para Elpantli, casi diríamos lo mismo, pues pantli es otra forma de
nombrar un muro. Entonces al decir eltepan, o elpantli, decimos 'el muro
del pecho', casi como si el 'el' se refiriera a una cuestión metafísica.
Ahora, volviendo a la palabra que me llevó a divagar, Elnamikilis,
lleva el mismo radical 'El', que se refiere al pecho, y el verbo
'namikilis' que se refiere a un encuentro, a encontrarse con algo,o con
alguien. Quien recuerda, en náhuatl, y lo hace patente en la palabra,
dice que se produce un reencuentro en su pecho, en ese sitio donde se
guarda el corazón con todo su simbolismo y su semiótica. Entonces, mi
abuela, al final de esa última plática que tuvimos, alcanzó a decirme
que no me encontró dentro de su pecho, que al interior de su pecho no supo ir a mi encuentro, y que por ello se disculpaba.
Hoy, que sin querer he salido a su encuentro, escribo estas líneas.
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