25 may 2020
nombrarte cuando a solas resbalo entre el fango
de los días, hacer piruetas en los semáforos del tedio
para buscar, en el horizonte, cualesquier signo
de tu presencia, la más leve brizna de aire que cargue
con tu aroma de muchacha alegre, o en el eco
que pueda traer consigo el ruido de tus pasos,
preciso y musical, y otra vez, a solas, penetrar la noche
sin el peso de los miedos, lúcido por fin,
y este temor de ahogarse en el desvelo, de morir
a cuentagotas, trabajosa, inútilmente fuera de tu mano,
pero digo demasiado, tal vez ha vuelto a sorprenderme
el espejismo, y en las garras de la confusión grite mi hambre,
esta sed de marchitar distancias, de combar espejos
de frente a la noche, para que nadie vea mi rostro
deformado por la angustia, las suturas y las cicatrices
que conmigo, alegre, pudorosamente, cargo;
y a todo esto he de pedir, a tu cintura trémula,
a cada sonrojo de tu piel, al más tímido latido que en tu pecho
anida, una palabra, la más sencilla, para nombrar,
aunque incompleta, esta sensación de fieras pacifistas,
de este fuego que anhela, jubiloso, su ceniza
15 de junio, 2019
Si se preguntan por el licuado, estaba delicioso. Se morirían de envidia.
no, no hablaré del fuego
en este púlpito
cosas de mayor urgencia
me espolean
asuntos de dolorosa índole
han dicho que vendrá la lluvia,
que todo espejo
será desvalijado
y no habrá ceniza para nombrar
a la ceniza
se ha dicho, también,
que hay una herida
en el centro de la plaza
que supura a plena luz
y no hay vendaje
ni bala misericorde
a qué nombrar al fuego entonces
con qué sentido enumerar
los tropezones de esta carne
si no hay magulladura que valga
ni reja, ni ventanal dormido
dónde poner a remojar
el hueso de la cordura
miren a los perros, hambrientos
ya se acercan
traen consigo su vocación de hienas
siempre, cada vez, en cada espejo, el relámpago:
arte de estremecimiento y desasosiego
muela última de la adolescencia, nido de carie;
la figura siempre anhelada del oleaje, oasis,
albergándose en el pecho,
creciendo, despiadada, en el delirio
se requiere poco más que un atisbo de valor,
artificios para salvaguardar la cordura,
una y otra vez, repetir: es el imaginado infierno;
girar sobre las aguas, madero a fin de cuentas,
alarido que no alcanzará la orilla, y repetir,
nuevamente: no hay tal, todo es fruto madurado en el delirio:
el ahogo prometido, el cuerpo flotando río abajo,
regocijándose entre las rocas, alimento de peces,
acaso, lúgubre y hermoso: no hay tal.
gritar, de nueva cuenta, y que el alarido provoque
a la nada: te sabías huérfano y ahora lo confirmas;
restalla la luz en las orillas, pero el relámpago ha callado,
fango adentro, entre el limo, dormita el monstruo marino
último resplandor que en tu pecho muere, necrosado;
alguien ha visto tierra, un puerto; alguien invoca viejos dioses:
no hay asidero, entonces, sólo la roca viva, la colisión
en la mitología particular (sin guerreros abisinios, mayas o griegos corriendo al encuentro de la espada)
refulge, anacrónico, tu nombre como un símbolo
digo que he ganado mi batalla, que emprendo, ahora, siempre, el viaje que me permita
acuñar nombre propio; sostengo la herida pero no sangro,
porque me hago mayor y en cada espejo tu rostro en el mío se repite, y te he nombrado cicatriz, sangre que alimentó mi vena
pero está bien, ahora soltamos amarras, somos hombres hechos a semejanza de la nada
Octubre 2009, casi once años ya.
"Ahora como nunca antes me comen el sosiego los leones dorados de la paranoia y la desconfianza. Hoy como nunca me doy cuenta que el sentimiento paranoico late en mí como un corazón desbocado, que los celos son una llama que me persigue por doquiera, en el sueño y la vigilia. Que todos esos sentimientos los tengo potenciados en mi interior, como una guerra interminable. Y ahora entiendo que como Los Cadillac's yo tampoco quiero morir de amor, ni ser tan absurdo como Otelo, y por eso me contengo de aullar por las calles como el perro que siempre he sido, y en las noches me acuerdo de José Cruz, de cuando estaba loco y me embriagaba a la menor provocación, bajo la lluvia y con los amigos tuertos.
Pero quería decirte esto, que espero lo entiendas, porque yo ya no:
el arte que aplauden las instituciones es
esa calle vacía
sin luces ni gemidos
donde el perro más bravo
ladra para defender a un borrachín meado
& vomitado
en la esquina sur del paisaje"
con mi dolencia a cuestas
a solas devastado, crepuscular y ciego
recorro los pasillos donde tu nombre
muerde los talones del insomnio;
eres el fruto y la radiante espina:
no hay en ti rincón o anhelo que me aguarde,
nada, un gesto acaso, apenas, indiferente,
en el rostro de la distancia irresoluble;
me apresuro, sin embargo, debo decir, aún,
roja es la choza de la espera, como tu beso,
algo más, un adjetivo que sugiera tus contornos;
(esto ya se había visto):
escribo
no como un oficio
o tabla para salvarme del naufragio
no pretendo
cauterizar la llaga,
domesticar el fuego
escribo
para mantener la herida abierta
he sangrado tanto y tan generosamente
y he sangrado tanto y tan generosamente,
tan consecutivamente arrojado a las rocas,
tantas veces hecho nudo de mi misma herida,
mi inconsumible cicatriz no madurada
y hay un tráfico de espejos, una aglomeración
retorcida de cristales en la bruma, a esta hora,
mientras vuelvo a ser rasgado, hecho jirones
de deseo o me abrazo por fin al hambre
de estarse de una vez quieto, decididamente muerto,
amoldado en váyase a saber qué árbol,
azaeteado por las rocas o los acantilados,
y probar el mar, la sal de su conjuro hecho pedazos
que no venga, que no llame a la puerta
que no venga, que no llame a la puerta,
como un recién llegado, a pedir cualquier cosa,
que no le valga ningún pretexto para entrar a casa,
con su increíble equipaje de embelesos
a cualquier hora vendrá, y con rostro amable
ha de tender la mano, miserable, desvalido;
dirá que ha visto la guerra y su carnaval de horrores,
hablará de extraños seres, y cualquier brizna,
por leve, parecerá, de sus labios, terrorífica
que no se aposente en mi lecho, que no me toque
que no toque nada; tendrá tal vez una apariencia dulce,
una inocultable deformidad que llame a compasión,
pero es todo falso, es una trampa
tocó mi hombro una noche, para pedirme fuego,
y juntos escanciamos algún vino
en tabernas donde lo más sensato era no entrar;
cuando llegó el amanecer, ya no era el infatigable aliado
ni su carcajada era jovial, más bien siniestra.
Ahora me sigue por doquiera, a cada paso:
y todo me parece oscuro y devastado
y no otra cosa quiero que la reclusión
ser, en la bruma, lo que, fatigosamente calla,
o acaso, apenas, la marca de Caín, la incesante herida:
antes de la caída, aspirar al polvo, paladear en la encía
cada grano de tierra yerma; una, otra vez: ser
aunque despojo, aunque deslustrado, enceguecido faro,
otear el horizonte en busca de enemigos o un aliado
sobre cuya mesa colocar el vino, la daga, esta sangre
y debo decir, entonces, que he venido
a recorrer la tarde a solas, a mirar
en el reflejo del agua, los rescoldos de tu voz y de tu aroma;
ahora tu nombre se me escapa como un pez
recién capturado entre las manos,
pero me queda la sensación de haber tocado
tu puerta, de haber visto caer tu ropa
como quien ve caer un sol de otoño frente al mar,
ahora que te pierdo, mi memoria
es un viejo que pierde la vista,
que suspira al desvanecerse
mientras pronuncia otra vez tu nombre
cualquier nombre, y naufraga, barca de papel,
en las turbias aguas del olvido
ayer ardió en el agua tu ceniza
anunciación tal vez de lo cotidiano,
zarza ardiente, oráculo /fútil por sí mismo
imposibilitado de la más acendrada novedad/
niego, mientras tanto, tu nombre, gallos orquestan la madrugada
en qué lejanas madrigueras baila, festivo, el insomnio
caen mis párpados pero no se cierran, schrodingerianos
última ascua en el círculo otrora de fuego:
te nombré para olvidar que no he dormido
aquí y también allá, en el espejo más empañado
una vez /era el crepúsculo en tu lengua/ devine lluvia
graznaron los buitres hasta siempre,
a la intemperie, y luego, ya está, vuelta a la rutina
leer entre líneas el horizonte, resistirse al arresto
en las avenidas de la juventud poco a poco ida;
negué tu nombre, no tres, incontables ocasiones,
escondido en la multitud dije llamarte Nadie,
orilla a orilla del río de los descalabros remé deseoso
incendiario mocoso desordenado el pelo y las querencias
doy en cada esquina tragos al mezcal /déjenmesolo/
remojo en saliva el testamento, armo mis huesos
ando a tropezones el equilibrio lo guardo en el bolsillo
raquítico de miedo, alzo la copa digo noséquécosas
en esta fiesta /pachangón/ a la que no fui inventado
ya sé que venía a hablar de vos, pero la selva es cosa antigua
abigarrada flor de mis veranos cuando invierno
y esta dislocadura de la tristeza, cómo jode
la tarde es un nudo de cuchillas oxidadas
sombra bajo la sombra de la noche,
arduo y fatigoso el erizarse de la sangre;
devocional es la tortura, lo que interminablemente roto
acaba por abrazar la cicatriz, desesperado, al repetir:
donde hubo espinos, florecerá el veneno, donde hubo flor,
invisible, cauto, edificará su reino la nostalgia.
Xanadú o Isla de las Lamentaciones, Casablanca
o Puerto Ocaso, la ciudad será la misma...
se sabe, siempre se ha sabido: hay una cuerda tensándose
armoniosa en la yugular de los desesperados
los amantes, las atormentadas pieles;
lo de morir irremediable, ostensiblemente,
insisto, es cosa de todos sabida:
hablemos entonces de otra cosa,
como quien habla de pronto del invierno,
último paisaje donde la felicidad como un cuervo posó sus alas,
mientras oye el crepitar del fuego
entonces, volvamos a hablar de nada, de lo que piadosamente
decide escarbar en el tuétano sin tocar el hueso
o de la cuchilla que mansamente se relame, lasciva,
donde la herida no ha tenido tiempo de ser nombrada,
última sorpresa en la declinación del día:
nave para siempre averiada en los confines de sí misma