17 feb 2020

para encender un fósforo que haga arder el día,
para que la lluvia ilumine el horizonte,
para que la música sostenga el esqueleto y la carne,
para que lo terriblemente torpe en mi se enderece,
para sincerar a los ladrones,
para besar el cadalso, la hoja de la guillotina,
para arrojarse a la boca del lobo, jubiloso,
para acariciar la llaga, para resplandecer
basta el arroyo de su voz,
el iridiscente relámpago de su mirar,
su mano tierra firme para mi mano madero extraviado
Cómo negar que he amado la noche,
cada oscura reverberación suya
cada insospechada esquina atestada de torvos asesinos,
cómo negar sin dilaciones
la abrupta llaga en el erial del cuerpo
si a cada paso, a cada renquear de su esqueleto
es patente y visible que supura,
que cada gozne óseo ya chirría
al más leve movimiento, que la casa
ha gemido hace siglos sin que nadie,
ni el más nervioso de sus habitantes
parezca darse cuenta, que se hunde
con la pudrición de sus maderos,
absorta en su juego de espejos;
que esta casa que es mi enredijo
de caudalosa vena y brutal arteria
gime hace rato ya como si de un herido
animal se tratara, cual atropellado
ladrido sobre la acera, ¿no los ha visto aún?
Para qué, la poesía, para qué?
Con qué fin, a qué el rugido de la poesía,
ese analgésico para la cefalea
cotidiana del hombre?
Muestra tus dientes, poesía, ladra,
no esperes que alguien se amedrente
Voy a abandonarlo todo, cada cosa
que me trastornó la sangre, el parpadeo
de aquellos ojos y el ansia de besarlos
en el más profundo de sus sueños;
que se quede sin terminar la cimentación
de mi sosiego, la muda iglesia donde
venero el terror de permanecer vivo
y discordante, incapaz de hender mi huella
en el lodo de la historia, (esta vergüenza
de sentirme avergonzado me apabulla,
debo decir, sin ambages, que me arde
respirar si no agonizo, si la muerte no tiende
su mano contra mi cráneo para aplastarlo),
mi única certeza es la incertidumbre,
poner pie a tierra y seguir andando,
saberme roto en el costillar del ánimo,
y por eso sé que he de tener las cosas
inconclusas, que he de dejar a media
consumición el plato de hambre,
esta necear la búsqueda de un algo
que no se sabe nombrar aún desde el aullido.
Pero me pregunto si no es así con todos,
si hay novedad en lo que digo, si no soy más
que un hombre preguntando por la calle
que todos han preguntado sin saber que están,
necios, pisando su lengua adoquinada.
Todo me ha de abandonar en el olvido,
todos han de olvidar mi nombre, mi oscura
palabra, este rumiar brutal de duermevela,
el hipar alcohólico, todo se ha de desvanecer,
por inconcluso, por agrietado, por inútil
El temor, el horror se anuncia cuando uno toca con la yema de los dedos El Jardín. Una vez tocada la belleza, todo es posible, incluidos la pérdida, el exilio, la devastación
No me pregunten si he llorado: si la herida
en mi costado es rojo manantial, no me pregunten la causa
Hace tiempo ya que estoy dolido, tembloroso,
revuelto en lodo, absurdo en mi quejumbre;
ya hace tiempo que me duele un amor ido, de esos que se quiere
hasta el delirio, que todo cuanto tocan florece.
Por eso el gemido de cachorro hambriento,
porque me duele la oscuridad de su beso, hoy ajeno.
No me pregunten a donde ha ido la jovial sonrisa
de otros días, que no lo sé, no me pregunten
en qué batalla perdí mi gladio, la flor de mi entereza.
Yo sólo sé que ahora estoy solo, que alargo el brazo, y no la hallo
Él piensa en el poema definitivo. Largas noches e incontables días le ha robado al sosiego para encontrarlo. A ratos parece hallarlo, pero una palabra falta, un concepto que sabe es incapaz de plasmar en el papel. Cansado, exhausto, apenas con un mínimo, agónico entusiasmo, realiza el descubrimiento.
El poema se titula, o comienza, qué más da: 'el terror comienza cuando, torpe, sueltas su mano y ella cae a la fauce de los lobos'. Uno se pregunta cuál es la siguiente línea, pues ya la curiosidad ha abierto su fauce sobre el ánimo, pero no encuentra nada. No hay más, ni un verso, una coma, que dé fé de la continuidad del poema. Cuando le han preguntado, responde, eso es todo, ¿acaso no basta para intuir el dulce ensueño previo al verso, y el pánico indescriptible que lo secunda?
Nadie responde, teme parecer estúpido ante una aseveración de tal calado, la más dura de las cabezas trata de imaginar la dulzura predecesora, el terror póstumo, que se es el que suelta, y sufre la caída, que ve horrorizado cómo se tiñe de carmín la fauce de los incontables lobos.

Ceniza en la frente y una caguama en las manos


Nos reímos. Tímidamente, temblorosos, nos reímos. La risa de quien trasgrede por vez primera el tabú. La primera desobediencia al padre. La primera vez que manoseas a tu novia en un rincón de la iglesia después de haber sido un comprometido monaguillo. Muertos de miedo, reímos. Excitados.
Ya ni me acuerdo cómo se llamaba el pinche congal. Sólo que estaba en la segunda planta, que casi todos éramos menores, y que era miércoles de ceniza. Era pensar en ello, que estábamos quebrantando el día de ayuno, y sentirse cabrones. Los más chingones del barrio. Porque ni los más chingones rompían ciertas reglas, y ahí estábamos nosotros, con nuestra desordenada adolescencia, un montón de morritos desmadrosos dispuestos a romperle la madre a un juramento que se antojaba milenario. Y lo íbamos a romper, lo estábamos rompiendo.
Cubetazos de cerveza y felicidad de mirar a las muchachas en poca ropa. Hasta que llegó la tira.
Todos a correr, ¿pero a dónde, carnalito? El gavilán no supo ni cómo se terminó la cerveza que le pareción tan amarga, y el tripas tratando de lanzarse a la calle por la ventana.
A todos los treparon a la patrulla. Órale pinches morros calenturientos, orita se van a enfriar! gritó don Policía más muerto de la risa que encabronado. Seguro le iba a contar a su mujer cuando llegar a casa. O a su querida, pinches polis.
A mi ni me pelaron. Ni al chino. Pinta de rucos, nomás nos cachearon.
y ustedes qué, culeros? Nel, nada, esto se puso aburrido. Cómo los soltaron? Bien curado, wey, ni te imaginas. Nel somos bien pencos pa imaginar como se bajaron por los chescos con el poli. Tu hermana nos vino a rescatar, cual robinjud sin calzones, de los pretorianos mordelones. Gesto hosco, con mi sister no te metas si no quieres estrenar dientes ese. Oh pues, te llevas y ya estás chillando, pues tu compa que sacó su credencial de la universidad, y les echo un rollote; a último nos pidieron cien varos y nos dejaron a media avenida. ¿Qué, las otras pa amanecerla? No mames, nos van a mirar gacho. Pos ya dios que nos perdone. De qué se ríen cabrones? No ves wey? no nos llevó la poli porque traemos nuestra cenicita, nos salvó chuchito. Carcajadota grupal. 'ches vatos, por culpa de ustedes me voy a ir al infierno. Ya vamos por esas guamas, no? A ver si todavia nos abre la doña.
No voy a hablar de la poesía, mis estimados,
ni de la herida que sostiene al hombre en pie,
no hay modo, perder así el tiempo,
dibujando con torpeza los aristas del miedo propio,
y decir esto es la guerra, esto la belleza,
aquello, oh dios, es el terror, lo erróneo
que sobrevuela el mundo, la lengua amarga
que envenenó la vid y el agua.
Hoy he mordido el tallo moribundo de una flor terrible,
y he envenenado mi garganta, y veo
cómo caen mis dientes sin estruendo,
y la garganta se me cierra como la puerta
que daba a la tibia casa del amor en la adolescencia,
y ya no sé si es mi pupila la que se dilata
o estoy imaginando todo. Me ha mordido una serpiente
esta mañana, y yo no sé si hablar de la cordura
o gemir en el espasmo de la fiebre.
En verdad, es irrisorio, mirar los labios de la muerte,
entornándose, sugerentes, y atinar sólo,
tristemente, a acariciar el mastín del arrepentimiento,
sollozar otra vez como un crío que recién fue azotado,
como un lobo que aúlla al comprender la muerte de su manada,
su propia, inexorable soledad en la estepa,
y dejar caer los brazos, derrotados, plenos de rencor,
de miedo, volver a sollozar, no, no he venido a hablar
de la belleza, ¿cómo podría, con estas manos llenas de torpeza,
con este cuero desbaratándose bajo la lluvia,
con esta tristeza insoportable, con este bufido
en el corazón?

El borracho, desolado, abandona a pie su templo

debo decir que anoche
alguien aplastó el silencio,
como una bota llena de lodo,
que camino hecho un ovillo,
a punto del incendio
o de la inundación


 debo decir, entonces, que algo
se me rompió entre las costillas,
algo como un hueso,
aunque acaso más etéreo,
un pedazo de ánimo salió astillado
cuando sin querer
mencioné el nombre de mi padre
y un cuervo vino a graznar
sobre mi techo

ayer bebí de más,
extraños licores en una casa extraña,
alguien habló del fin del mundo
y yo pensé en un acantilado
desde el que fuera imposible
sospechar el horizonte;
entonces sirvieron las siguientes,
debo decir que estaba ebrio,
lo suficientemente ebrio
para recordar que venía herido,
que el lobo de mi tristeza
iba a soltar la dentellada

anoche bebí de más,
pero sé perfectamente cómo llegué a casa,
una mujer me esperaba en la cama
para mesar mis cabellos desordenados
-los caballos de mi sangre relinchaban-
es hermosa y terrible,
me dije a mí mismo,
la amé como si ella pudiera amarme
en consecuencia,
ustedes lo saben bien,
ustedes saben
cuán terribles
cuan oscuros
cuan bellos
llegan a ser los espejismos

debo decir
que alguien, algo
le arrancó los ojos al silencio,
que estoy a solas,
mirando el crujir del mediodía
Se puede sollozar, decir, la voz en un hilo,
que por desgracia, dolorosamente,
el sueño ha terminado, que no hay,
en esta o en otra tierra, hombre o mujer capaces
de sostener en su mano el fuego,

vendrá ahora la noche a enfriarlo todo con su lengua,
y poca cosa habrá para salvarse, que se ha roto
un hueso la esperanza, que no hay refugio para ocultarse,
que ahora llueve y el fuego se reduce, 

brasa, aditivo para el lodo del amanecer
Hoy no he escrito nada, es como si tuviera
atadas las manos, incapaces de tender la trampa
de una palabra o un balbuceo para invocar
el nombre de la mujer que no sé si amo
pero que en el arco de la sonrisa tiene la flecha
que es capaz de atravesar, sin apagarlo, el fuego
de mi carne; y por eso me revuelvo, incapaz
de vuelo, en viva carne, abierto como la canal
de un animal doméstico, muy cerca de la brasa.
Uno ignora, bestia feral, los protocolos del amor,
esa fórmula para enmielar el beso amargo de la vida,
para amortiguar el duro golpe de descubrir
la innoble vocación de mecánico artefacto,
de preciso mecanismo, artificio de repeticiones,
y desconfía, y mueve el rabo, y aúlla, discreto,
hacia la luna, que no ve, pero que intuye con toda
su hechicería, pero roca al fin, que cae aunque
no lo parezca porque caemos también nosotros,
y, decía, que de pronto algo se remueve en la entraña,
un extraño espasmo levanta pese al óxido la articulación,
y uno ya no se pertenece, barre la casa, sacude el polvo,
se inventa las excusas para salir a la calle, gritar
que no se ha escrito nada, que pareciera que las manos
están atadas, pero se invoca un nombre de mujer,
y hay una hoguera en la noche de la sombra propia
Acepto que envejezco, que muero,
paso a paso, de a poco, en verdad,
inexorable, definitivamente;
pero eso importa poco, apenas
lo necesario para estar al tanto
de lo que susurra en mi oído,
sigiloso, el miedo, que dice,
como quien no quiere la cosa,
como un amigo preocupado,
que las cosas perdidas en el fuego
no han de regresar, que la garra
debe sostener sin soltarlo lo querido,
que no hay otro modo de salvarse,
entonces, suelto las cosas, las personas,
muerdo hasta sangrar mi presa, abro,
furioso, mi ala rota, y emprendo el vuelo,
o la caída, me marcho, rompo cada espejo
que pueda contenerme o recordar mis pasos.
Confieso que me consumo, que me ruge
la impaciencia en el pecho, y así, feral
y hambrienta, desaliñada, la acaricio,
la procuro aunque me muerda,
aunque su garra me dibuje, hábil,
nuevas arrugas o cicatrices, da lo mismo,
en el lienzo de la espalda;
y es hora entonces de edificar la casa,
dejarla al cuidado de los vendavales,
me digo, de enterrar a los muertos,
cargar con el desamparo, de nueva cuenta,
saltar al despeñadero, aunque él, el miedo,
aterrorizado, me llame por mi nombre,
me ofrezca la virtud, ese fruto amargo,
y grite, y prometa el cielo, la cordura,
esas cosas terribles que no entiendo,
que suenan a herida en el costado,
a lanza de Longinos, a espinosa corona,
a luminosa ruina para el hombre
y pese a la indiferencia, al simulado descreimiento,
ciertas cosas siguen, ciertamente, quebrándome
en diez o en cien mil piezas el espíritu,
que tocan, dedo helado, mi corazón, su frágil
mecanismo de relojería, su absurda, intrincada
red de irrigación, y no hay, acaso, palabra
que alcance a entibiar el pecho, poco queda,
es cierto, en el cuenco de la mano
¿què ofrecer a cambio de lo que devoró el incendio?
¿qué hacer ante el desgarro de otra carne,
la consumición de otra sangre, en otra tierra,
que sin embargo, nos cimbra hasta la última
de las certezas? No hay poesía que valga,
no hay belleza que salve, que tienda su mano
como la mano de un dios misericordioso
o miserable, impotente hacia su obra,
pero sabemos, oscuramente sabemos
que no hay dios que valga, ni oración,
salvo la rabia, este retorcerse la indignación,
seguir tirando esta madeja imposible,
llegar a la cima, con esta roca impasible,
ver, colérico, que se despeña, y volver,
esperanzado, a empujar su indolencia, ojalá
Lo bello, lo luminoso, lo que eleva el espíritu,
lo que nombra el mundo, lo pacífico,
es cosa que ya no busco, que se me oculta,
que, como un canto de amor, reverbera,
absurdo en el eco de la eternidad,
es tierra a la que no acerco la fauce.
Lo mío es lo oscuro, la decadente hora
del ladrón o el asesino, la piedad del villano
o el mutilado



-porque la belleza no es sino el comienzo de lo terrible- RMR