3 mar 2017

cerveza, desayuno de campeones

hay días así, uno se pone en pie después de un par de horas
de mirar el techo, esperando a que se abra la llaga luminosa del día,
y sin embargo, afuera tiende su húmedo señorío la niebla;

pone los pies en el suelo y se congela todo, pero se corre a buscar
el frigorífico vacío, mientras la cabeza le da vueltas a una vaga sensación
de abandono, esa extraña sensación de haber perdido una parte
sustancial de mí mismo, de haber sido abandonado en paraje desierto,
sin agua ni cayado, ni flor para el sustento, este obligatorio vagar
mis cuarenta días y cuarenta noches por el yermo,
abandonado, ya lo dije; este volver a ser el huérfano propio,
abandonado a las puertas de un convento en ruinas,
sin dios ni loba compasiva que se apiade y lo amamante

es cierto, el estómago está vacío desde la tarde, 
podría decirse: es el hambre. Yo sé que es el hambre
pero es la duda la que reclama ser saciada,
el deseo romo de saberlo todo, de tener en la mano 
y sobre la lengua todas las respuestas que exige el cuerpo;
todo este desvarío se gesta desde el hambre,
esta necedad de abrazar la lucidez, el fuego, la muda palabra
el temblor en el centro de la ciudad, la simple melancolía
de respirar, de abrir los ojos en el centro de otro espejo

Ciudad Resaca les da la bienvenida


Era el letrero inaugural de mis dieciséis; aún era una ciudad pequeña, amable en sus avenidas. Sin embargo, como toda ciudad, debió crecer, desarrollar la industria, los servicios básicos y el abastecimiento popular sin olvidarse de las obras de drenaje. El tráfico creció con ella. El crimen y el terror.
En algún momento aprendió a ofrecer delicados espejismos a sus visitantes. Por lo general es una zona de guerra, plagada de cadáveres, trincheras y cráteres dejados por obuses enemigos. Si miras al horizonte, a cualquier horizonte posible, es más que probable que alcances a ver columnas de humo elevándose, y que un olor a sangre te llene las narices.

la noche llega y sirve el primer trago

de amargo insomnio, de calles que se escurren bajo mi pie,
de autos fantasma estacionados en la esquina de los manicomios,
de faros apagados, de obscenos neumáticos henchidos;

llega la noche con sus faldones de domingo
a posarse como un ave oscura sobre mis ojos,
a desordenar mi pelo y mis papeles, a uncirme con el lodo
de su beso, hijo mío, me insiste, tuya es la tierra,
tuya será cuando, inmóvil, la dejes abrazarte,
se te llenen los ojos de mansa podredumbre, de recuerdos
que sean humo, de hambrientas larvas (preludio del insecto)

tomo mi copa, bebo el amargo licor del desamparo
miro a los ojos amarillentos de la noche, algo brilla en mi ojo
izquierdo, como luz que precede al desvanecimiento,
como tormenta que se posterga indefinidamente,
como hombre que se acoge a los designios de la borrachera,
que naufraga en un par de caderas turgentes, en un vientre
cálido y pasajero para simular el antiguo ritual de perpetuación
para la carne y el espiritu; y no hay hombre a salvo de tales
execraciones, ni cueva en la que dejarse morir de hambre y sed

la noche vuelve a servir un trago de pastoso licor que huele
a cuartos recubiertos por el polvo y por el moho,
a habitaciones de hombre solo, a caos, a fauce recién abierta,
a nombres emborronados, a carne que se confiesa
sola, necesitada de otra mano, de otra voz para arrear
los caballos salvajes de la desesperación

Uno se abraza al deseo, a las fugaces cosas del delirio

porque se está, envejecido y solo, enloquecido y roto,
indefenso desde el pecho hasta el talón aquíleo,
abierto de brazos como dique abierto, dispuesto
a inundarlo todo con la sangre; por eso abraza uno
el delirio y sus fugaces rosas, como a hijos ciegos
les prodiga sus cuidados, a tropezones, a desaforadas
dentelladas. Porque la carne se hincha bajo el agua,
porque no hay modo de hacerse salvo, lleno
de humillación y rencorosa palabra, carnívoro
y lascivo, hijo indeseado de la madrugada,
perro de presa, carroñero.

¿y el deseo y sus espejos empañados, en qué mercado
hace su despensa de cuerpos desvecijados,
de manos, piernas, espaldas sudorosas,
de corazones desenvainados, palpitantes
como espadas en una guerra perpetua sin vencedores?

Todas las canciones me recuerdan los días previos a tu llegada

hay algo en la coloración del ocaso que me recuerda los ojos de los animales muertos,
apilados a la orilla de la carretera, nauseabundos, dramáticos en su silencio
de milenarias bestias echadas a reposar,

algo hay en la línea intermitente del horizonte, que se oscurece
paulatino, que lo decolora todo, que devuelve al mundo su condición
de silenciosa espuma, de carne dispuesta a alojar 
cada gusano que se acoja a su putrefacción,
a cada acero que se ofrezca a ornamentar sus jugos

algo hay en esta mano vacía que viaja a otra mano vacía
sobre la tela suave de la noche,
algo que vuelve a nombrar los miedos y las calles,
que resuena como el agua de un río que corre,
desesperado, en contra de sí mismo, angustiado
de desembocar en el mar salado de la muerte,
una tonada que repite nombres, que los siembra sobre el yermo
digamos que abro la puerta de la casa, que enciendo las ventanas,
es decir, que dejo paso libre al polvo, a los insectos, a cualesquier extraño
caminante, al primer ladrón o a la última vendedora de conjuros;
la casa es territorio abierto, endeble y peligroso laberinto de dos habitaciones
y no hay minotauro feroz, o grotesco animal para atraer las multitudes
¿quién querría mirar, aún en el delirio, la casa en que durmió
el cadáver triste del pasado? sin taxonomía, sin carne que diseccionar
¿qué ave cantaría bajo la sombra del ciprés que no tuve tiempo de sembrar?
¿qué interés científico ofrece esta lápida vulgar, este mausoleo
que se horroriza de estar en pie?
no hay otro hogar que la víscera, dijo una vez mi padre,
ahogado de borracho. así lo he venido haciendo,
así he edificado mi hogar, este desvencijado cagadero de palomas

Esa fue la última vez que escribí con seriedad

las hojas dejaban caer sus filamentos sobre el concreto
y el concreto lo tocaba todo: no había rincón a salvo
de su beso helado, ni la madrugada, ni mi corazón.


algo se resquebrajó, como la superficie congelada
de un estanque, como la escuálida certeza del amor;
entonces vinieron los lobos carniceros a retozar,
mandíbulas batientes, enrojecidas, sobre mi espalda
de hombre apabullado por la paz
sobre el desconcierto de mi carne acostumbrada al caos,
sumida en la más horripilante calma

algo alumbró el desierto con sus manos,
derritió glaciares crecidos durante siglos en el plexo solar,
me dejó solo, tiritando mi humanidad ante tu partida
Viajar, devorar kilómetros, revivir el horror
de cerrar los ojos antes del estruendo,
la sangre impregnándolo todo con su beso,
el dolor en la osamenta, los maxilares
negados de apertura, la pesadilla
que llega como viejo conocido
a tomarme la mano, a besar mi frente,
que sonríe antes de abrir la puerta,
que me muestra en una cadena infinita de repeticiones
el caos, los yerros, la vergüenza
y las farsas

12 feb 2017

El alcohol requiere fe, desapego a lo terreno

Así lo exige, lo demanda:
no hay otro modo de sobrevivir
su embate.

Incluso podría afirmar
que Moisés, de haber vuelto
a leer las tablas de la Ley,
éstas serían un menú de recomendaciones
para quien se interna por vez primera
al bosque de la ebriedad

honrarás al ron y al aguardiente como a todos los vinos
no beberás si el vaso de tu prójimo está vacío
adorarás la ebriedad sobre todos los vicios
no derramarás el contenido de tu vaso a menos que sea sobre el cuerpo desnudo de una mujer

Imagina


Un día
todo se derrumbará
debajo tuyo
en la mano sostendrás
el amor
un pajarraco herido
que graznará
aunque la muerte
ya le haya echado el guante

Vuelvo a la casa, a lamer los ladrillos de la huída

a olfatear, cargado de hambre, las bestias que rodean
la noche, a aspirar sus fauces de óxido y fermentado fruto;
vuelvo a hollar la tierna pesadez del barro,

con mi pezuña rota, trastabillante, vizco,
hecho nudo en el sosiego, ovillado,
parpadeante, alerta,
angustiado al menor ruido, ante la más ligera brizna de hierba
que se agite en la espesura de la calle, 
con el desierto, árido, en el centro salival de la garganta
Hay cosas que ciertamente no quise decirte
por ejemplo, que la noche era espuela sobre mi carne,
que la primera flama que iluminó mi ojo
tenía en sus orlas tu nombre,
de los avisperos que con la piedra de tu beso
despertaron; ahora que todo vuelve a la normal desidia,
que no conozco más mujer que la que he perdido,
y las tardes caen como naipes sobre la mesa,
puedo decir
que nada tenía en la mano
cuando sopló tu viento,
salvo el intacto corazón de un niño muerto
que cargo su cadáver por las esquinas de la casa,
que algunas veces su lágrima inunda los libreros,
y que sangra, incesante, la sangre oscura que te ofrendo todavía
Algunas veces me pregunto, sobre todo ante la pérdida, si el karma existe, si ese concepto tan elaborado de la culpa y la expiación en verdad existen como una mera cosa, más que concepto pergeñado en el insomnio de la noche de la humanidad. 
No creo, aunque no lo haya dicho a todo mundo, en la redención, mucho menos en el arrepentimiento, que es un paso necesario para alcanzar aquella. No creo, por tanto, en la expiación, que es el castigo infligido por un tercero, o autoimpuesto -que es, a decir de la mitología religiosa más actual, la más valedera; porque la expiación viene antes de la redención y después del arrepentimiento. El arrepentimiento es el primer paso para iniciar el largo y masoquista proceso de la redención.
No, yo estoy sentado sobre el banco de la perpetua desidia. Poco me importa que mi alma arda, que sea flamable. Hay otras cosas que me preocupan, seguir muriendo, tal vez leer una par de libros más, aunque pise un sitio común, mirar un puñado de ocasos desde inimaginados puestos de vigía, extasiarme en la primer mordida a extraños frutos, construir la barcaza que me lleve al naufragio, escribir alguna línea aceptable, despojarme de los trapos del amor mal aprendido en los pasillos de la infancia y peor asimilado en los calabozos de la adolescencia, beber un alcohol que me vuelva a sorprender.
Pero me explayo, sigo la tangente. Digo que ante la pérdida es rara avis el hombre que no siente sobre sí el brazo de la congoja, y la duda cabalgándole la espalda.
Alguno habrá perdido al padre, y mantenerse incólume, y sin embargo, trastabillar ante la pérdida de una reliquia atesorada largamente. Ante esas pérdidas, hay un desgarre que deja sobre la carne cicatriz. Una partida de la que no salimos indemnes.
Cuando me ha tocado una pérdida así, termino preguntándome ¿qué, si fue posible transitar por otra vida antes de ésta, de la que además no tenemos conciencia alguna, qué hicimos tan grave que luego se nos permitiese albergar de nuevo la llama del amor o del deseo, para que luego nos fuera arrebatado? ¿Qué falta tan grande pudimos cometer que nuestro castigo no fuera un caldero en llamas, o un gélido páramo, sino el haber tocado la perfección para perderla sin más?
Que se nos permitiese querer algo o alguien con tal profundidad sólo para sentir el peso de la ausencia en las costillas, en el más húmedo rincón del ojo. Debimos ser monstruosos, y aún más crueles los hipotéticos dioses que así nos castigan.
Volvamos a hablar de lo inocente,
de los recipientes que guardan
las especias de lo cotidiano,
de los días transcurridos sin mayor trámite,
sin más adjetivos que los necesarios:
ahuyentar la jauría del polvo,
cultivar las extrañas flores del orden,
atesorar las horas de la humedad,
rasgar las vendas del deseo, anhelarlo todo,
con cada fibra, en cada abrir los ojos devorar todo
lo que de ajeno pudiera haber en la maraña de las horas
yo hago inventario de los días,
los detalles en que se oculta la sorpresa
de estar vivo, de amar el caos de una mujer,
de lo brutal y absurdo que resulta el pretender
salir ileso de esos lances, cuerdo,
victorioso,
y pese a todo uno sabe no es posible,
que no hay modo de adiestrar a nuestras fieras
uno renuncia brevemente a la embriaguez,
dice basta, por hoy he terminado, nunca más
y vuelve, horas más tarde, a sentir
en el pecho los aullidos de la sed,
a removerlo todo, de los rincones de la casa,
a romper la cotidiana desazón,
al ensimismamiento de la estatua,
al arrobo que sufrió Narciso al descubrir
lo horroroso, lo aterrador que guarda
hasta el más bello reflejo
Porque lo he olvidado en sus detalles
no puedo decirlo tal cual
pero igual hago el intento,
es decir, convencerlos de mi fe:
que no hay más patria 
que el suelo bajo los pies,
ni más bandera