26 may 2020

ahí tienen el basural de la noche

ahí tienen el basural de la noche
la flor abierta de la desesperación
y el alba arrastrándose entre espinos
pero dónde está lo roto,
lo inasible, lo necesariamente ígneo
la chispa donde el motor funda su rabia
dónde están los cisnes del espíritu,
degollados en la mesa del deseo,
desangrándose en su aleteo, desesperados
inútilmente aferrados a la esperanza de un último respiro

ahí tienen la garra del tiempo sobre la garganta
las crisálidas rotas como ventanas rotas
que dejó tras de sí la angustia
los viveros donde la muerte cultiva
esmerada sus frutos
esos frutos que nos llevan, presurosos,
a saltar sobre las hermosas cuchillas
de la pasión, el deseo y la furia
ahí los tienen
agazapados como bestias famélicas
a la caza del sustento

pero esta palabra no me pertenece,
ahí la tienen, brasa bajo la lluvia, lodo

tenso en el hilo de mi sangre, pendulante


como habitante recién llegado al áspero
nido de la horca, remecido por el viento
condimentado por el salitre y por la brisa
adormecido en cada músculo y tendón
sin Aquiles moribundo, sin guerras donde la derrota
Iza banderas, sonámbulo acaso, perdido en los pasillos
del invierno o del verano
ignoro porque desconozco la coloración de su estandarte
porque el laberinto se cimenta en el sueño
y el sueño en el desamparo

yo digo adiós en una mueca que no es mía
con un brazo que he hurtado al deseo
con una sinceridad que se me escapa
tenso en el hilo amargo de mi sangre,
péndulo en el vientre abierto de esta noche

buscaba acaso un labio sin espina

vagaba como siempre por la vida,
buscaba alguna flor, lunas, paisajes;
buscaba una cruz, los personajes
para un cuento, un beso: tu saliva;

buscaba acaso un labio sin espina,
la carne que se entrega sin visaje;
miré mi alrededor, busqué el pasaje
en mi bolsillo roto, te pedí esquina,

pedí me dieras raite en tu querencia,
pedí como quien pide una propina
por sus chistes; busqué tu ausencia;
hallé un pañuelo, botellas, cocaína,

hallé las fieras de la adolescencia,
con silla de montar, la hemoglobina,
el nervio del dolor, su concubina,
la sal del mar, morir, mi penitencia

he salido a la lluvia, humildemente, como quien sale

he salido a la lluvia, humildemente, como quien sale
a refrendar su deuda con la calle, como quien ha empeñado
repetidas veces la palabra,
el nudo crepuscular del tedio
y vuelve a hacer la fila, empecinado
en la excavación del miedo y la zozobra,
en busca del santo Grial de los terrores cotidianos;

la calle se cierra, sin embargo, estrepitosa,
goznes hay que se lamentan en la profunda oscuridad
del día, espejos a contraluz, y hacen reverberar la sangre
que ladra, infatigable, al ser tocada;

la ciudad se ahoga en su vaso de agua podrida,
y yo he salido a la lluvia, como quien vuelve
a firmar un contrato con la nada, y agradece

volverán las inundaciones a cercar la tierra


otra vez
un bulldozer
atraviesa
la ciénaga
del pecho

flores cultiva
o peor
la esperanza
el deseo
en la punta
de la lengua

pero soy
un hombre
triste, grisáceo
sentado
en el borde
de la desesperación
ya he silbado
con las aves
arrojado
rocas
al abismo

perdón
hay un deshielo
en mi pecho
puede que
la tarde
amenace
con lluvia
un huracán
o dos ojos
de mujer

otra vez
sueño
que el incendio
llama a la puerta
moribundo
se despide
y el cielo
vuelve
secretamente
a despejarse

no espero demasiado,
y acaso esto sea excesivo:
que al menos un poema,
una línea, sea meritoria
para alojarse entre los molares
de la posteridad
o como una bala
hiera al caballo del olvido

25 may 2020

en la herida primordial cantas
nocturno resplandor entre las aguas
roca en la vértebra del siglo
agitas tu pañuelo para ahuyentar cometas
o enrevesados sortilegios
cauterizas, en tu beso, huracanes:
rompes como a un cristal todo el insomnio

he caído
en esta secreta torcedura
del ánimo
con cada uno
de mis huesos

tú sabes
y yo sé
muy bien

que esta sed
nos viene de hace tiempo

ciclones había
en torno

playas ardientes
todo ardía como un corazón
envuelto en mantas de lava

desde entonces
la saliva pastosa de quien
naufraga en el desierto
el ojo trastabillante
a la caza de la cordura
alguien huía de sí

tú no lo sabes
esta serena luxación
del sueño
los nombres arrebatados
a la nostalgia
cada falange tamborileando
en el cráneo abierto
del deseo

y quiero, entonces, tomar tu mano

y quiero, entonces, tomar tu mano,
poblar con mi deseo la distancia
entre nosotros, el abismo pueril
donde se estrellan, cotidianos,
los hambrientos buitres
del miedo; pero poco sostengo
en la mirada, alguna roca que cayó,
durante la tormenta, en la palabra,
las fieras que habitaron el misterio
de tu nombre en otros días,
antes de volverse costumbre
este mascullar, entre las sombras,
al abrigo de toda luz, las sílabas
que apenas, difícilmente, te dibujan;
entonces, insisto, hay una sed terrible,
como una resaca que llega con rudeza
al lecho, a la crispación del vientre,
y dice nuevamente que el reino ha sido
devastado, y sólo hay fuego para bregar
en el crepitante cuerno del día,
y esta sed lo oculta todo, enmudecida,
enmudeciente, y abre una puerta
por la que surgen, azorados, los galgos
de mi extraviada ternura, de mi enceguecida carne,
y juguetean, y me destrozan, y acaso
tal vez algo dentro de mí, oscuro, roto,
aprende a sonreír, agotadora, torpemente

nombrarte cuando a solas resbalo entre el fango

nombrarte cuando a solas resbalo entre el fango
de los días, hacer piruetas en los semáforos del tedio
para buscar, en el horizonte, cualesquier signo
de tu presencia, la más leve brizna de aire que cargue
con tu aroma de muchacha alegre, o en el eco
que pueda traer consigo el ruido de tus pasos,
preciso y musical, y otra vez, a solas, penetrar la noche
sin el peso de los miedos, lúcido por fin,
y este temor de ahogarse en el desvelo, de morir
a cuentagotas, trabajosa, inútilmente fuera de tu mano,
pero digo demasiado, tal vez ha vuelto a sorprenderme
el espejismo, y en las garras de la confusión grite mi hambre,
esta sed de marchitar distancias, de combar espejos
de frente a la noche, para que nadie vea mi rostro
deformado por la angustia, las suturas y las cicatrices
que conmigo, alegre, pudorosamente, cargo;
y a todo esto he de pedir, a tu cintura trémula,
a cada sonrojo de tu piel, al más tímido latido que en tu pecho
anida, una palabra, la más sencilla, para nombrar,
aunque incompleta, esta sensación de fieras pacifistas,
de este fuego que anhela, jubiloso, su ceniza
cuando muera
sépanlo
de una vez
no faltará quién diga
como por descuido
pero con la suficiente
claridad
que este
cuestionable
pedazo de humanidad
no dejó
más herencia
que el olvido

15 de junio, 2019

Esta mañana, mientras me disponía a preparar un licuado de mamey, me di cuenta que había demasiados trastes esperando a por su ducha en el fregadero, y me di cuenta también que de no lavarlos, tampoco me vendrían ganas de lavar después lo que estaba a punto de ensuciar; y estaba a punto de comenzar cuando me di cuenta que había que ordenar los trastos limpios y secos, y cuando fui a acomodarlos al estante ví que éste estaba empolvado, y comencé a desempolvar y encontré una nota vieja, que advertía sobre la falta de azúcar, lo que me llevó a rellenar el azucarero, y a revisar lo que quedaba de leche para llegar a fin de mes, y entonces recordé una canción de Sabina, lo que me llevó inevitablemente a pensar en una mujer, en su tacones cuando se acercaba por la alameda, de los teatros que visitamos juntos, y de las gerberas que tanto le gustaban, y mientras abría las ventanas para ventilar la casa, alguien dibujaba en el aire la sonrisa de ella, y entonces me trepé al columpio de la nostalgia, y aquí estoy, columpiándome furiosamente, diría que hay un conato de inundación, que por mis ojos baja un arroyo que crece tímidamente, pero sería demasiado, sólo he dejado de ver el vaivén del horizonte, la vista clavada en la punta de mis pies.
Si se preguntan por el licuado, estaba delicioso. Se morirían de envidia.

no, no hablaré del fuego
en este púlpito
cosas de mayor urgencia
me espolean
asuntos de dolorosa índole

han dicho que vendrá la lluvia,
que todo espejo
será desvalijado
y no habrá ceniza para nombrar
a la ceniza

se ha dicho, también,
que hay una herida
en el centro de la plaza
que supura a plena luz
y no hay vendaje
ni bala misericorde

a qué nombrar al fuego entonces
con qué sentido enumerar
los tropezones de esta carne
si no hay magulladura que valga
ni reja, ni ventanal dormido
dónde poner a remojar
el hueso de la cordura

miren a los perros, hambrientos
ya se acercan
traen consigo su vocación de hienas

siempre, cada vez, en cada espejo, el relámpago:
arte de estremecimiento y desasosiego
muela última de la adolescencia, nido de carie;
la figura siempre anhelada del oleaje, oasis,
albergándose en el pecho,
creciendo, despiadada, en el delirio

se requiere poco más que un atisbo de valor,
artificios para salvaguardar la cordura,
una y otra vez, repetir: es el imaginado infierno;
girar sobre las aguas, madero a fin de cuentas,
alarido que no alcanzará la orilla, y repetir,

nuevamente: no hay tal, todo es fruto madurado en el delirio:
el ahogo prometido, el cuerpo flotando río abajo,

regocijándose entre las rocas, alimento de peces,
acaso, lúgubre y hermoso: no hay tal.
gritar, de nueva cuenta, y que el alarido provoque
a la nada: te sabías huérfano y ahora lo confirmas;
restalla la luz en las orillas, pero el relámpago ha callado,
fango adentro, entre el limo, dormita el monstruo marino
último resplandor que en tu pecho muere, necrosado;
alguien ha visto tierra, un puerto; alguien invoca viejos dioses:
no hay asidero, entonces, sólo la roca viva, la colisión

en la mitología particular (sin guerreros abisinios, mayas o griegos corriendo al encuentro de la espada)
refulge, anacrónico, tu nombre como un símbolo
digo que he ganado mi batalla, que emprendo, ahora, siempre, el viaje que me permita
acuñar nombre propio; sostengo la herida pero no sangro,
porque me hago mayor y en cada espejo tu rostro en el mío se repite, y te he nombrado cicatriz, sangre que alimentó mi vena

pero está bien, ahora soltamos amarras, somos hombres hechos a semejanza de la nada