1 may 2023

 

quise aclarar el agua de esta palabra turbia
y dije, para mí mismo: carne sin desierto,
poblada ausencia, ciudad en calma,
volví a llenar con sitios comunes
el molusco ciego de mi lengua, y dije
tal vez con demasiada prisa, palabras
que poco podrían decir a mi fantasma
ese fantasma desaseado que vaga
por las callejuelas de mi infancia
de la mano de mi padre, moreno y encanecido
bajo el sol de Vallarta, asaeteado
por el polvo de los años, amalgamas de plata
y un innombrable insecto creciendo
entre su piel y el calabozo de su pecho;
ahora mismo sé que aquel espectro -no es yo
pero nos parecemos- mira el mar
o recoge caracolas y antes de que la tarde
se pose gaviota sobre el muelle en el horizonte
habrá sospechado la tormenta
la fiera emoción ladrando, excitada, ante el peligro;
quiero decir que me descalabro de pensar
en el amasijo de oraciones que provean
la claridad a esta voz que desde siempre estuvo
a oscuras, que avanza a trompicones, a tientas
sobre el sueño, pez de caverna
al que toda luz le besa como un cuchillo
en el sofocado corazón de un toro -¿Asterión?-
asediado por una multitud ensombrecida
 
2020/04/29

 

diré, entonces, que he sido feliz
que una lápida de gloriosa felicidad
me acoge y me desnuda y estoy,
a fin de cuentas, animado
a decir palabras cuya sonoridad
hiera mortalmente todo lo oscuro
que mi pecho guardaba,
que espero, sonrisa en mano,
como espada, a que la aurora llegue
y entone su gorjeo sobre el tejado
de esta casa que es mía pero no poseo
y tengo seis motivos para saber que el hueso,
la sangre, este palpitar descontrolado,
no es la muerte cabalgando en mi espalda
sino un destello venido de no sé qué abismos
y me ofrece su beso, su encendida carne
y debo aceptarla, como se acepta el destino
la decadencia de la rosa o del imperio griego
aunque me arda en la planta del pie
con esa intensidad y solo anhele, al verla,
morder el polvo, abrazar a la derrota,
festejar con ella, alimentar al perro de la desesperación
llenar el foso oscuro de mi lengua
con quebraduras de ánimo o de hueso
sentir otra vez la amarga sed de un cuerpo
que es ajeno, de un envenenado par de labios
porque eso, a fin de cuentas, una bestia taciturna,
merodeando la noche, el alba, todo el tiempo,
es lo que rabiosamente soy

2020/04/19

Nocturna ciudad sin edificios

 

sordo, atado al silencioso crujir del día,
obtuso en el filo de mi única palabra
intento que el cenit me caiga encima
como un depredador cuya hambre
incendia los ojos del horizonte,
festinando el olor anticipado de la sangre:
 
invertido el juego de espejos, soy el otro,
derrengado en el sitio donde todo es transparente:
el hilo de la parca, el agua oscura del Leteo
 
necio, abrumado y taciturno, vago,
imanto a golpes de cuchillo la piedra de la locura
sobre el sepulcro rojo de la primavera
 
debo llegar al puente donde crecen,
asombradas las raíces de la malanga,
debo llegar al cauce de un arroyo que dormido
une sus aguas al desvelo y nombra extrañas hierbas
izote florido, lengua de borrego, hueledenoche:
crisol de palabras para ensoñar el verbo
 
arduo, empecinado y solo
navego las calles de esta ciudad perdida,
recorro su periferia, sus cantinas,
urdo la muerte a mis fantasmas,
trago el polvo de una sequía que asuela
callada, implacable, este refugio donde agoniza mi cordura:
oigo crecer la soledad como una planta
que nace de una semilla sin color, brumosa, y muerde
 
2020/04/19

 

qué es la madrugada sino apenas
un anhelo, una espuela clavada
en el costillar del deseo
 
este rincón de cosas rotas
de brumosos delirios donde
el otro que uno es huye
o corre hacia el desfiladero
 
esta chimenea apagada
dentro de cuatro muros sucios
de abandono y telarañas
de polvo y antiguas resacas
que cabalgan ecuánimes
a lomos del triste sosiego
 
esto es la madrugada
nudo en la garganta del ladrón
el sobresalto, la angustia
del cadalso con el sol a cuestas
y esta sed de una cerveza
oscura como el beso oscuro
de la perra desesperación
 
2020/04/11

 

la palabra es un bien
que me es ajeno
que se escabulle
por los entresijos del silencio
líquida, volátil
 
apenas la sospecho,
ya se ha ido a buscar
otros paisajes,
ya adorna el plumaje
matutino de las aves
 
no sé cómo asirla
si con pinzas que la ciñan
para irle quebrando el borde
o sí, como a un pez
cogerla con las manos
y dejarla otra vez
que huya corriente abajo


2020/04/10

 

salí a la terracita del departamento donde vivo, el clima muy tranquilo, casi podría decir que soplaba un aire si no cálido, bastante amable; entonces recordé la casa de la infancia, pero no fue algo que sucediera en automático: salí a ver, a corroborar la belleza de la luna, pero estaba oculta detrás de un mar oscuro de oscuras nubes, pero el aire era un vaivén sereno, y algo, un olor que no alcancé a identificar, la sensación de un aroma que me llevó de golpe a la infancia, a ningún momento específico, sólo a la época abstracta de una infancia que parece sucedió hace toda una vida; un olor como de tierra, como las hortalizas que mi madre tenía sembradas detrás de esa casa y apenas recuerdo vagamente, pero sé existieron; como dice ese poema de Borges: es mucho haber amado, haber sido feliz, haber tocado el viviente jardín siquiera un día...
entonces tuve esa sensación del pasado tocándome el hombro, del pasado saltando como una trucha que salta enloquecida río arriba y cae de pronto en el cuenco del pecho, y cerré los ojos para volver a abrirlos mirando a lo alto y descubrir el tímido brillo de la luna oculto detrás de las negras nubes negras y regresé a casa, y unos pasos antes de atravesar el umbral volví la vista como a la espera de que esa sensación tomara forma definida, pero no sucedió nada y entonces cerré la puerta y puse doble llave, no fuera a venir por mí el diablo de la nostalgia y me lleve a pasear por rumbos desconocidos
 
2020/04/09

 

no diré que algo se ha roto
tampoco nombraré a la grieta
yo hablo de los fantasmas, de las cosas
que inevitablemente se desvanecen
a las puertas siempre abiertas del deseo
 
no diré que me ronda como un buitre la tristeza
que su hambre espera que cierre los ojos
para devorar la flor intestina de mi querencia
 
porque nada se ha roto en esta noche
acaso el apagado sonido de las catedrales
se haya olvidado de marcarle el paso a la niebla
pero nada se agrieta, ningún muro:
no crece en este patio desolado ninguna hiedra,
no hay araña que teja su tela en las esquinas
de este abril enloquecido, ciego
 
tal vez haya querido hablar de la casa
donde creció el limonero enano de mi infancia
o del fantasma que dejé sentado en la azotea
y que mira incesante, insistente, el horizonte
en un pueblo que desaparece, y en ese rincón del mundo
ese fantasma que tiene mi rostro es lo único certero
cuando lo demás se desvanece a las puertas
enrevesadas del deseo y ladro y nadie acude
 
2020/04/06

 entonces atraviesas el día y la resaca y buscas la sombra el líquido que te ayude a espabilar pero estás viejo haz envejecido paulatinamente sin notarlo siquiera sudas miras la calle larga estás en manos de un sopor de un aturdimiento y sabes lo que debes hacer pero no quieres o no puedes o te da igual es lo mismo estás aletargado recuerdas la noche pasada el sórdido paisaje embutido en cuatro paredes con una luz roja muy tenue para asegurar la visibilidad dentro sin alertar las patrullas de la policía los parroquianos siempre bulliciosos hablando en susurros sin dejar de lado el albur el insulto la broma espontánea y las patrullas pasan afuera la pequeña ciudad casi guarda silencio casi todo está cerrado y en un establecimiento compraste las cervezas que serían para cerrar la noche acompañadas de una lectura pendiente pero das vuelta a la esquina y el Rafa está afuera de su cantina como buscando algo tal vez la serenidad que le quitaron hace un par de años cuando en una reyerta un borracho descargó el cargador de su 9mm sobre la fachada del negocio entonces lo saludas Rafa qué pasó y entro y el mudo enciende su celular cuando va pasando la tercera patrulla sigues mirando la calle no has dado un sólo paso anhelas la lluvia otra cerveza el rayo que te fulmine por fin que te devuelva a tu condición de viva roca

 ¿Has estado en Chilapa, la apenas del Sur, arcaica urbe católica que en su moralino corazón alberga una de las catedrales góticas más bellas de latinoamérica, un jueves de abril poco después de semana santa, a la hora inaplazable de la comida, la hora mítica en que las familias de buena conciencia y los delincuentes se reunían a sus respectivas mesas para compartir el pozole verde incomparable, mientras tú te sentabas a beber agua de horchata en la banqueta de una sombrerería, la única que por décadas reinaría en el centro histórico, pero ahora está bajada la cortina y tú debates con un nuevo compinche la mejor edad para morir cuando se aspira no sólo a vivir del arte -lo que sea que eso signifique-, sino además a romperle las piernas para implantarle ruedas de madera o de titanio, y pactas que pase lo que pase esa banqueta y esa cortina cerrada han de esperar a que pasen diez años para volver a verlos compartir un agua de horchata un jueves de abril después de semana santa a la santísima hora de la comida, pero ese encuentro -han pasado veinte años- se posterga y en el intermedio se cruzan cantinas pestilentes a la orilla del río que todos llaman Ajolotero, cantinas con nombres de una decadencia poética que tal vez volverás a ver en la sierra Chiapaneca unos años más tarde, pero no será lo mismo, porque sabrás que son producto del azar y no de la inventiva poética de otro desterrado igual que ustedes pergeñando las páginas olvidadas de un pasquín literario que verá a la luz por tres números, otro desterrado llamado Héctor Cárdenas, compositor y energúmeno bibliotecario, solidario bohemio que bautizó tugurios donde la sangre y la reyerta eran moneda de cambio y se llamaban El descanso de las aves, La cueva del ermitaño, El convento de la Bilis, el triángulo de los borrachines sin rumbo cuyas gargantas anhelaban el más ardiente mezcal para sacudir sus venas, que ahí en ese mismo Convento de la bilis compartieron la última cerveza porque ya se había pasado la edad para morir joven y aún ni siquiera se habían forjado un nombre en sitio alguno, seguían siendo un par de despatriados, exiliados a fuerza de necedad de sí mismos, y par de años después, una noche final de un marzo como este, recibiste una llamada telefónica que no supiste si tomar en serio aunque la voz femenina al otro lado de la línea sollozaba pero marcaste otro número, un número que después extraviaste donde ya nadie respondió y después de las dos de la mañana sólo reprodujo una grabación anodina que insistía el número no está disponible intente de nuevo más tarde y desde entonces te preguntas qué habrá sido de esa banqueta y de esa cortina de acero cerrada los jueves del verano a la hora de la comida si ya ningún par de enfebrecidos muchachos se sentaban -qué descaro, cuánta desvergüenza- a juramentar como sólo se sabe juramentar en esa edad limítrofe entre la adolescencia y la mayoría de edad, y te imaginas largamente dos postales polaroid como la primera cámara que compraste y que después tu hermana perdería en un viaje a Guatemala a bordo de una combi viejísima, y en la primera postal está el Chato como lo llamaba la pandilla de La Villa y San Rafael, manguera en mano regando su minúsculo patio, desnudos los pies y en seguida, un parpadeo, la manguera en el suelo chorreando sobre el brevísimo pasto pero él, Gilberto, Hérdez, Moro, el Chato, ya ha desaparecido para siempre y el frente de su casa, azul con herrería blanca, mudos, y no sabes no imaginas cómo fue tan silencioso acto, apenas un parpadeo y tratas de imaginarte los siguientes cuarenta días con sus minutos y cada pinchazo de dolor pero no te alcanza porque tu imaginación es pobre y estás al otro lado del país, más cerca del Golfo que de tu natal pacífico, y entonces te preguntas si realmente era agua de horchata lo que compartieron aquella tarde luego de surtirse de música en el puesto de la Chola, qué habrá sido de ella, te preguntas, y sales al balcón y sabes que has perdido irremediablemente un pedazo importante de tu juventud, y recuerdas tu casa en ruinas, y todo el pasado cayéndose como una choza abandonada, como un jardín que mira inamovible cómo se riega el agua de una manguera que no tiene quién la sostenga sobre la mano porque algo pasó y ha desaparecido y no hay nada que puedas hacer sino mirar tu entorno cayéndose a pedazos?

jacarandas en el desierto

 


o lo que es lo mismo, arder a todas horas frente al espejismo de tu desnudez
o dicho de otro modo, dibujar sin tiza ni grafito, de memoria, los contornos de tu piel, la interminable geografía de tus lunares, volver a caminar sobre las baldosas del otoño, de aquel otoño imaginando que llueve y tomo tu mano para poner en ella mi corazón y una pera robada a los vecinos

 

ahora mismo no confío ni en mi luz;
salgo a la calle, mido mis pasos
cuento las rayas en el concreto
y concluyo una obviedad:
no es mía la sombra
que desde anoche me persigue;
luego me siento a desgranar las horas
a elegir cuidadoso la semilla de sus frutos
antes que venga el cacomixtle
a alborotar los gallineros del espanto
 
tal vez soy poco claro, un tanto obtuso
porque de niño me rompí seis dientes
y la perra zozobra le mordió
una pierna a mi entereza
 
pero quiero explicar sin aspavientos
que hace días me crece la duda
como una enredadera en la pared de la memoria
o de mi habitación de infante
ya no sé
y busco a tientas la certeza
la objetiva claridad de los hechos
pero me confundo se me olvida
el color de las mañanas en el mar
cuando Vallarta era un crucero
una playa con cangrejos minúsculos
y mi padre vendiendo baratijas en la playa
y quiero recordar, (pero, sé, me equivoco):
 el sabor de labio aquel ocaso, el número
del taxi que presenció el inicio del incendio;
 
entonces en horas como esta
en que la incertidumbre posa su mano
sobre mi hombro, mesa mi cabellera,
me pregunto cuántas cosas al acuñarlas
he ido perdiendo, y cuánto he deformado
a inconsciente conveniencia
 
entonces desconfío hasta de la sombra ajena
hago recuento y llego a un carnaval
donde no sé si soy la máscara
un velo, el vino o el cristal
y salgo de la casa cuento mis pasos
cuento los disparos que se alojan
en el vientre de la noche
y vuelvo, ensortijado, vencido, al lecho
 
2020/03/17

 

alguna vez a diario quise decir
que te buscaba en cada pliegue del calendario
en cada ondulante trama de bosque
tal vez que esperaba hallarte sorpresiva
en mi mesa como una miga de pan inolvidable
y por eso sin esperar que me escucharas
grité tu nombre en la cima de la noche
hasta herir de aullidos mi garganta
envié palomas mensajeras que en sus picos
cargaban la llave del deseo
y nunca supe si hubo respuesta tuya
o un extravío en las brújulas del vuelo
entonces escribí largas e imposibles cartas
donde te nombraba dueña final de mi derrota
busqué almenas desde las que vigilar atento
tu llegada o el arribo de mis enemigos
llegué a tu puerta, y a fuerza de abollar
su lámina a suspiros, quise también
romper candados, verjas, doblegar aceros
todo en vano, todo inútilmente
para decirte sabiendo que desoirás mi ruego
que no vengas, Desesperación, que estoy dolido
y tal vez sangro de un costado, y por eso pido
no des un paso en esta dirección, no vengas

2020/03/16

 

y quisiera gritarme desde tu boca no te vayas...
 
 
Quise escribir hola al principio de la carta, igualito que me enseñaron en la primaria, ¿sabes? Pero es un poco raro, creo que nadie comienza así una conversación. Y si alguien lo hace deben ser personas estiradas, cuadradas, no las imagino. El otro día me acordé de ti, de tus revoluciones y de las fotos que casi nunca te dejé tomarme. ¿Cómo estás? Espero que ya desayunes a tiempo. A veces quisiera saber de ti, saber a quién le cuentas como antes a mí esas historias tan extrañas y que parecían tan ciertas.
¿Te acuerdas de mi vestido rojo? El otro día me encontré a una chica por la calle con uno igualito. Y me acordé de ti. Se me escapó una risita como la de mi sobrino cuando lo sorprendían en alguna travesura, después te extrañé mucho y solté un suspiro grandísimo. Seguro que asusté a alguien. Todo por tu culpa. Por culpa del vestido rojo. De los recuerdos.
Hay días en que quiero con todo mi ser comenzar una carta que diga hola al principio. O querido gatito, como de te decía antes. Pero sería muy raro. Además no sé tu dirección. Y no quiero que me copies las frases como antes hacías. Yo no sé contar las cosas con esa tristeza con que tú lo hacías y que a mí me conquistó.
¿Sabes qué? Creo que mejor aquí le paro. Quería saludarte solamente, saber de ti, que me contaras de las veces que volviste a Veracruz y si alguna vez te subiste a ese taxi donde nos besamos aquella noche. Me acuerdo que no quisiste visitar el acuario con nosotros porque te aburrías de estar entre tanto escuincle y te quedaste con un libro aburrido y tu cámara de fotos y yo quería estar contigo pero no sabía cómo decirte porque me daba pena que los demás se enteraran y luego alguien me puso un pulpo en el estómago creo que fue Esme, y dí un saltito de susto pero se sentía tan rico como cuando tú me besabas y pedí que me tomaran una foto para mostrarte y que te imaginaras pero hubiera querido que la sacaras tú. Quería saber de ti creo que esta carta también terminaré quemándola como las otras que te escribo cuando llueve en la ciudad y me acuerdo de ti y de como te fuiste y todo lo que pasó después.
Desayuna bien, sí?
Te quiero
 
2020/03/16

 

Cuando años después me envió un mensaje que decía "por fin te olvidé", no pude evitar reírme tras recordar ese verso con el que Borges comienza 'Everness': Sólo una cosa no hay, es el olvido.
Un momento más tarde la risa se transformó en seriedad y una extraña melancolía. Había recordado esa otra frase, también borgeana que dice 'el olvido es la única venganza y el único perdón'.
Ya no sabía si por fin me había perdonado o si por el contrario su venganza apenas comenzaba.

2020/03/12

 

no he vuelto a casa
quiero decir que no he caído
en esa trampa del anhelo
el espejismo de volver a casa
 
quiero decir pues que sigo ausente
que no hay jacaranda o bugambilia
que valga para coronar la nostalgia
que algo falta a mi máscara o espejo
 
que no volveré a la calle de mi infancia
aunque vuelva a caer sobre mí el verano
aunque vuelva a poner dos pies
y un corazón sobre sus calles
 
quiero decir pero se me enreda
la tristeza en la palabra, esta grieta en el temple
aquel que partió un día ese chaval
no volverá a la casa que pensó suya
que lo echaremos de menos
pero tristemente o por fortuna
se perdió en los meandros del viaje
 
quiero decir que no volveré aunque vuelva
que soy el otro, el de la pesadilla,
y en mi pesadilla tal vez soy
el que en la vigilia urde trampas al olvido
 
que la casa es otra, pero no hay sueño
donde aparezca presa del derrumbe
que no hay casa ni exilio
que toda mi patria si acaso tengo
es igual a la extensión territorial
que puedan abarcar mis pies
 
que acaso Heráclito no hablaba del río
y su agua irrepetible
sino del que parte siendo un chaval
y escribe algo que semeja un poema
donde se acusa de no haber vuelto a casa
 
2020/03/10