1 may 2023

 ¿Has estado en Chilapa, la apenas del Sur, arcaica urbe católica que en su moralino corazón alberga una de las catedrales góticas más bellas de latinoamérica, un jueves de abril poco después de semana santa, a la hora inaplazable de la comida, la hora mítica en que las familias de buena conciencia y los delincuentes se reunían a sus respectivas mesas para compartir el pozole verde incomparable, mientras tú te sentabas a beber agua de horchata en la banqueta de una sombrerería, la única que por décadas reinaría en el centro histórico, pero ahora está bajada la cortina y tú debates con un nuevo compinche la mejor edad para morir cuando se aspira no sólo a vivir del arte -lo que sea que eso signifique-, sino además a romperle las piernas para implantarle ruedas de madera o de titanio, y pactas que pase lo que pase esa banqueta y esa cortina cerrada han de esperar a que pasen diez años para volver a verlos compartir un agua de horchata un jueves de abril después de semana santa a la santísima hora de la comida, pero ese encuentro -han pasado veinte años- se posterga y en el intermedio se cruzan cantinas pestilentes a la orilla del río que todos llaman Ajolotero, cantinas con nombres de una decadencia poética que tal vez volverás a ver en la sierra Chiapaneca unos años más tarde, pero no será lo mismo, porque sabrás que son producto del azar y no de la inventiva poética de otro desterrado igual que ustedes pergeñando las páginas olvidadas de un pasquín literario que verá a la luz por tres números, otro desterrado llamado Héctor Cárdenas, compositor y energúmeno bibliotecario, solidario bohemio que bautizó tugurios donde la sangre y la reyerta eran moneda de cambio y se llamaban El descanso de las aves, La cueva del ermitaño, El convento de la Bilis, el triángulo de los borrachines sin rumbo cuyas gargantas anhelaban el más ardiente mezcal para sacudir sus venas, que ahí en ese mismo Convento de la bilis compartieron la última cerveza porque ya se había pasado la edad para morir joven y aún ni siquiera se habían forjado un nombre en sitio alguno, seguían siendo un par de despatriados, exiliados a fuerza de necedad de sí mismos, y par de años después, una noche final de un marzo como este, recibiste una llamada telefónica que no supiste si tomar en serio aunque la voz femenina al otro lado de la línea sollozaba pero marcaste otro número, un número que después extraviaste donde ya nadie respondió y después de las dos de la mañana sólo reprodujo una grabación anodina que insistía el número no está disponible intente de nuevo más tarde y desde entonces te preguntas qué habrá sido de esa banqueta y de esa cortina de acero cerrada los jueves del verano a la hora de la comida si ya ningún par de enfebrecidos muchachos se sentaban -qué descaro, cuánta desvergüenza- a juramentar como sólo se sabe juramentar en esa edad limítrofe entre la adolescencia y la mayoría de edad, y te imaginas largamente dos postales polaroid como la primera cámara que compraste y que después tu hermana perdería en un viaje a Guatemala a bordo de una combi viejísima, y en la primera postal está el Chato como lo llamaba la pandilla de La Villa y San Rafael, manguera en mano regando su minúsculo patio, desnudos los pies y en seguida, un parpadeo, la manguera en el suelo chorreando sobre el brevísimo pasto pero él, Gilberto, Hérdez, Moro, el Chato, ya ha desaparecido para siempre y el frente de su casa, azul con herrería blanca, mudos, y no sabes no imaginas cómo fue tan silencioso acto, apenas un parpadeo y tratas de imaginarte los siguientes cuarenta días con sus minutos y cada pinchazo de dolor pero no te alcanza porque tu imaginación es pobre y estás al otro lado del país, más cerca del Golfo que de tu natal pacífico, y entonces te preguntas si realmente era agua de horchata lo que compartieron aquella tarde luego de surtirse de música en el puesto de la Chola, qué habrá sido de ella, te preguntas, y sales al balcón y sabes que has perdido irremediablemente un pedazo importante de tu juventud, y recuerdas tu casa en ruinas, y todo el pasado cayéndose como una choza abandonada, como un jardín que mira inamovible cómo se riega el agua de una manguera que no tiene quién la sostenga sobre la mano porque algo pasó y ha desaparecido y no hay nada que puedas hacer sino mirar tu entorno cayéndose a pedazos?

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