sordo, atado al silencioso crujir del día,
obtuso en el filo de mi única palabra
intento que el cenit me caiga encima
como un depredador cuya hambre
incendia los ojos del horizonte,
festinando el olor anticipado de la sangre:
invertido el juego de espejos, soy el otro,
derrengado en el sitio donde todo es transparente:
el hilo de la parca, el agua oscura del Leteo
necio, abrumado y taciturno, vago,
imanto a golpes de cuchillo la piedra de la locura
sobre el sepulcro rojo de la primavera
debo llegar al puente donde crecen,
asombradas las raíces de la malanga,
debo llegar al cauce de un arroyo que dormido
une sus aguas al desvelo y nombra extrañas hierbas
izote florido, lengua de borrego, hueledenoche:
crisol de palabras para ensoñar el verbo
arduo, empecinado y solo
navego las calles de esta ciudad perdida,
recorro su periferia, sus cantinas,
urdo la muerte a mis fantasmas,
trago el polvo de una sequía que asuela
callada, implacable, este refugio donde agoniza mi cordura:
oigo crecer la soledad como una planta
que nace de una semilla sin color, brumosa, y muerde
2020/04/19
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