diré, entonces, que he sido feliz
que una lápida de gloriosa felicidad
me acoge y me desnuda y estoy,
a fin de cuentas, animado
a decir palabras cuya sonoridad
hiera mortalmente todo lo oscuro
que mi pecho guardaba,
que espero, sonrisa en mano,
como espada, a que la aurora llegue
y entone su gorjeo sobre el tejado
de esta casa que es mía pero no poseo
y tengo seis motivos para saber que el hueso,
la sangre, este palpitar descontrolado,
no es la muerte cabalgando en mi espalda
sino un destello venido de no sé qué abismos
y me ofrece su beso, su encendida carne
y debo aceptarla, como se acepta el destino
la decadencia de la rosa o del imperio griego
aunque me arda en la planta del pie
con esa intensidad y solo anhele, al verla,
morder el polvo, abrazar a la derrota,
festejar con ella, alimentar al perro de la desesperación
llenar el foso oscuro de mi lengua
con quebraduras de ánimo o de hueso
sentir otra vez la amarga sed de un cuerpo
que es ajeno, de un envenenado par de labios
porque eso, a fin de cuentas, una bestia taciturna,
merodeando la noche, el alba, todo el tiempo,
es lo que rabiosamente soy
2020/04/19
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