salí a la terracita del departamento donde vivo, el clima muy tranquilo, casi podría decir que soplaba un aire si no cálido, bastante amable; entonces recordé la casa de la infancia, pero no fue algo que sucediera en automático: salí a ver, a corroborar la belleza de la luna, pero estaba oculta detrás de un mar oscuro de oscuras nubes, pero el aire era un vaivén sereno, y algo, un olor que no alcancé a identificar, la sensación de un aroma que me llevó de golpe a la infancia, a ningún momento específico, sólo a la época abstracta de una infancia que parece sucedió hace toda una vida; un olor como de tierra, como las hortalizas que mi madre tenía sembradas detrás de esa casa y apenas recuerdo vagamente, pero sé existieron; como dice ese poema de Borges: es mucho haber amado, haber sido feliz, haber tocado el viviente jardín siquiera un día...
entonces tuve esa sensación del pasado tocándome el hombro, del pasado saltando como una trucha que salta enloquecida río arriba y cae de pronto en el cuenco del pecho, y cerré los ojos para volver a abrirlos mirando a lo alto y descubrir el tímido brillo de la luna oculto detrás de las negras nubes negras y regresé a casa, y unos pasos antes de atravesar el umbral volví la vista como a la espera de que esa sensación tomara forma definida, pero no sucedió nada y entonces cerré la puerta y puse doble llave, no fuera a venir por mí el diablo de la nostalgia y me lleve a pasear por rumbos desconocidos
2020/04/09
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