Voy a abandonarlo todo, cada cosa
que me trastornó la sangre, el parpadeo
de aquellos ojos y el ansia de besarlos
en el más profundo de sus sueños;
que se quede sin terminar la cimentación
de mi sosiego, la muda iglesia donde
venero el terror de permanecer vivo
y discordante, incapaz de hender mi huella
en el lodo de la historia, (esta vergüenza
de sentirme avergonzado me apabulla,
debo decir, sin ambages, que me arde
respirar si no agonizo, si la muerte no tiende
su mano contra mi cráneo para aplastarlo),
mi única certeza es la incertidumbre,
poner pie a tierra y seguir andando,
saberme roto en el costillar del ánimo,
y por eso sé que he de tener las cosas
inconclusas, que he de dejar a media
consumición el plato de hambre,
esta necear la búsqueda de un algo
que no se sabe nombrar aún desde el aullido.
Pero me pregunto si no es así con todos,
si hay novedad en lo que digo, si no soy más
que un hombre preguntando por la calle
que todos han preguntado sin saber que están,
necios, pisando su lengua adoquinada.
Todo me ha de abandonar en el olvido,
todos han de olvidar mi nombre, mi oscura
palabra, este rumiar brutal de duermevela,
el hipar alcohólico, todo se ha de desvanecer,
por inconcluso, por agrietado, por inútil
17 feb 2020
No me pregunten si he llorado: si la herida
en mi costado es rojo manantial, no me pregunten la causa
Hace tiempo ya que estoy dolido, tembloroso,
revuelto en lodo, absurdo en mi quejumbre;
ya hace tiempo que me duele un amor ido, de esos que se quiere
hasta el delirio, que todo cuanto tocan florece.
Por eso el gemido de cachorro hambriento,
porque me duele la oscuridad de su beso, hoy ajeno.
No me pregunten a donde ha ido la jovial sonrisa
de otros días, que no lo sé, no me pregunten
en qué batalla perdí mi gladio, la flor de mi entereza.
Yo sólo sé que ahora estoy solo, que alargo el brazo, y no la hallo
en mi costado es rojo manantial, no me pregunten la causa
Hace tiempo ya que estoy dolido, tembloroso,
revuelto en lodo, absurdo en mi quejumbre;
ya hace tiempo que me duele un amor ido, de esos que se quiere
hasta el delirio, que todo cuanto tocan florece.
Por eso el gemido de cachorro hambriento,
porque me duele la oscuridad de su beso, hoy ajeno.
No me pregunten a donde ha ido la jovial sonrisa
de otros días, que no lo sé, no me pregunten
en qué batalla perdí mi gladio, la flor de mi entereza.
Yo sólo sé que ahora estoy solo, que alargo el brazo, y no la hallo
Él piensa en el poema definitivo. Largas noches e incontables días le ha
robado al sosiego para encontrarlo. A ratos parece hallarlo, pero una
palabra falta, un concepto que sabe es incapaz de plasmar en el papel.
Cansado, exhausto, apenas con un mínimo, agónico entusiasmo, realiza el
descubrimiento.
El poema se titula, o comienza, qué más da: 'el terror comienza cuando, torpe, sueltas su mano y ella cae a la fauce de los lobos'. Uno se pregunta cuál es la siguiente línea, pues ya la curiosidad ha abierto su fauce sobre el ánimo, pero no encuentra nada. No hay más, ni un verso, una coma, que dé fé de la continuidad del poema. Cuando le han preguntado, responde, eso es todo, ¿acaso no basta para intuir el dulce ensueño previo al verso, y el pánico indescriptible que lo secunda?
Nadie responde, teme parecer estúpido ante una aseveración de tal calado, la más dura de las cabezas trata de imaginar la dulzura predecesora, el terror póstumo, que se es el que suelta, y sufre la caída, que ve horrorizado cómo se tiñe de carmín la fauce de los incontables lobos.
El poema se titula, o comienza, qué más da: 'el terror comienza cuando, torpe, sueltas su mano y ella cae a la fauce de los lobos'. Uno se pregunta cuál es la siguiente línea, pues ya la curiosidad ha abierto su fauce sobre el ánimo, pero no encuentra nada. No hay más, ni un verso, una coma, que dé fé de la continuidad del poema. Cuando le han preguntado, responde, eso es todo, ¿acaso no basta para intuir el dulce ensueño previo al verso, y el pánico indescriptible que lo secunda?
Nadie responde, teme parecer estúpido ante una aseveración de tal calado, la más dura de las cabezas trata de imaginar la dulzura predecesora, el terror póstumo, que se es el que suelta, y sufre la caída, que ve horrorizado cómo se tiñe de carmín la fauce de los incontables lobos.
Ceniza en la frente y una caguama en las manos
Nos reímos. Tímidamente, temblorosos, nos reímos. La risa de quien trasgrede por vez primera el tabú. La primera desobediencia al padre. La primera vez que manoseas a tu novia en un rincón de la iglesia después de haber sido un comprometido monaguillo. Muertos de miedo, reímos. Excitados.
Ya ni me acuerdo cómo se llamaba el pinche congal. Sólo que estaba en la segunda planta, que casi todos éramos menores, y que era miércoles de ceniza. Era pensar en ello, que estábamos quebrantando el día de ayuno, y sentirse cabrones. Los más chingones del barrio. Porque ni los más chingones rompían ciertas reglas, y ahí estábamos nosotros, con nuestra desordenada adolescencia, un montón de morritos desmadrosos dispuestos a romperle la madre a un juramento que se antojaba milenario. Y lo íbamos a romper, lo estábamos rompiendo.
Cubetazos de cerveza y felicidad de mirar a las muchachas en poca ropa. Hasta que llegó la tira.
Todos a correr, ¿pero a dónde, carnalito? El gavilán no supo ni cómo se terminó la cerveza que le pareción tan amarga, y el tripas tratando de lanzarse a la calle por la ventana.
A todos los treparon a la patrulla. Órale pinches morros calenturientos, orita se van a enfriar! gritó don Policía más muerto de la risa que encabronado. Seguro le iba a contar a su mujer cuando llegar a casa. O a su querida, pinches polis.
A mi ni me pelaron. Ni al chino. Pinta de rucos, nomás nos cachearon.
y ustedes qué, culeros? Nel, nada, esto se puso aburrido. Cómo los soltaron? Bien curado, wey, ni te imaginas. Nel somos bien pencos pa imaginar como se bajaron por los chescos con el poli. Tu hermana nos vino a rescatar, cual robinjud sin calzones, de los pretorianos mordelones. Gesto hosco, con mi sister no te metas si no quieres estrenar dientes ese. Oh pues, te llevas y ya estás chillando, pues tu compa que sacó su credencial de la universidad, y les echo un rollote; a último nos pidieron cien varos y nos dejaron a media avenida. ¿Qué, las otras pa amanecerla? No mames, nos van a mirar gacho. Pos ya dios que nos perdone. De qué se ríen cabrones? No ves wey? no nos llevó la poli porque traemos nuestra cenicita, nos salvó chuchito. Carcajadota grupal. 'ches vatos, por culpa de ustedes me voy a ir al infierno. Ya vamos por esas guamas, no? A ver si todavia nos abre la doña.
No voy a hablar de la poesía, mis estimados,
ni de la herida que sostiene al hombre en pie,
no hay modo, perder así el tiempo,
dibujando con torpeza los aristas del miedo propio,
y decir esto es la guerra, esto la belleza,
aquello, oh dios, es el terror, lo erróneo
que sobrevuela el mundo, la lengua amarga
que envenenó la vid y el agua.
Hoy he mordido el tallo moribundo de una flor terrible,
y he envenenado mi garganta, y veo
cómo caen mis dientes sin estruendo,
y la garganta se me cierra como la puerta
que daba a la tibia casa del amor en la adolescencia,
y ya no sé si es mi pupila la que se dilata
o estoy imaginando todo. Me ha mordido una serpiente
esta mañana, y yo no sé si hablar de la cordura
o gemir en el espasmo de la fiebre.
En verdad, es irrisorio, mirar los labios de la muerte,
entornándose, sugerentes, y atinar sólo,
tristemente, a acariciar el mastín del arrepentimiento,
sollozar otra vez como un crío que recién fue azotado,
como un lobo que aúlla al comprender la muerte de su manada,
su propia, inexorable soledad en la estepa,
y dejar caer los brazos, derrotados, plenos de rencor,
de miedo, volver a sollozar, no, no he venido a hablar
de la belleza, ¿cómo podría, con estas manos llenas de torpeza,
con este cuero desbaratándose bajo la lluvia,
con esta tristeza insoportable, con este bufido
en el corazón?
ni de la herida que sostiene al hombre en pie,
no hay modo, perder así el tiempo,
dibujando con torpeza los aristas del miedo propio,
y decir esto es la guerra, esto la belleza,
aquello, oh dios, es el terror, lo erróneo
que sobrevuela el mundo, la lengua amarga
que envenenó la vid y el agua.
Hoy he mordido el tallo moribundo de una flor terrible,
y he envenenado mi garganta, y veo
cómo caen mis dientes sin estruendo,
y la garganta se me cierra como la puerta
que daba a la tibia casa del amor en la adolescencia,
y ya no sé si es mi pupila la que se dilata
o estoy imaginando todo. Me ha mordido una serpiente
esta mañana, y yo no sé si hablar de la cordura
o gemir en el espasmo de la fiebre.
En verdad, es irrisorio, mirar los labios de la muerte,
entornándose, sugerentes, y atinar sólo,
tristemente, a acariciar el mastín del arrepentimiento,
sollozar otra vez como un crío que recién fue azotado,
como un lobo que aúlla al comprender la muerte de su manada,
su propia, inexorable soledad en la estepa,
y dejar caer los brazos, derrotados, plenos de rencor,
de miedo, volver a sollozar, no, no he venido a hablar
de la belleza, ¿cómo podría, con estas manos llenas de torpeza,
con este cuero desbaratándose bajo la lluvia,
con esta tristeza insoportable, con este bufido
en el corazón?
El borracho, desolado, abandona a pie su templo
debo decir que anoche
alguien aplastó el silencio,
como una bota llena de lodo,
que camino hecho un ovillo,
a punto del incendio
o de la inundación
debo decir, entonces, que algo
se me rompió entre las costillas,
algo como un hueso,
aunque acaso más etéreo,
un pedazo de ánimo salió astillado
cuando sin querer
mencioné el nombre de mi padre
y un cuervo vino a graznar
sobre mi techo
ayer bebí de más,
extraños licores en una casa extraña,
alguien habló del fin del mundo
y yo pensé en un acantilado
desde el que fuera imposible
sospechar el horizonte;
entonces sirvieron las siguientes,
debo decir que estaba ebrio,
lo suficientemente ebrio
para recordar que venía herido,
que el lobo de mi tristeza
iba a soltar la dentellada
anoche bebí de más,
pero sé perfectamente cómo llegué a casa,
una mujer me esperaba en la cama
para mesar mis cabellos desordenados
-los caballos de mi sangre relinchaban-
es hermosa y terrible,
me dije a mí mismo,
la amé como si ella pudiera amarme
en consecuencia,
ustedes lo saben bien,
ustedes saben
cuán terribles
cuan oscuros
cuan bellos
llegan a ser los espejismos
debo decir
que alguien, algo
le arrancó los ojos al silencio,
que estoy a solas,
mirando el crujir del mediodía
alguien aplastó el silencio,
como una bota llena de lodo,
que camino hecho un ovillo,
a punto del incendio
o de la inundación
debo decir, entonces, que algo
se me rompió entre las costillas,
algo como un hueso,
aunque acaso más etéreo,
un pedazo de ánimo salió astillado
cuando sin querer
mencioné el nombre de mi padre
y un cuervo vino a graznar
sobre mi techo
ayer bebí de más,
extraños licores en una casa extraña,
alguien habló del fin del mundo
y yo pensé en un acantilado
desde el que fuera imposible
sospechar el horizonte;
entonces sirvieron las siguientes,
debo decir que estaba ebrio,
lo suficientemente ebrio
para recordar que venía herido,
que el lobo de mi tristeza
iba a soltar la dentellada
anoche bebí de más,
pero sé perfectamente cómo llegué a casa,
una mujer me esperaba en la cama
para mesar mis cabellos desordenados
-los caballos de mi sangre relinchaban-
es hermosa y terrible,
me dije a mí mismo,
la amé como si ella pudiera amarme
en consecuencia,
ustedes lo saben bien,
ustedes saben
cuán terribles
cuan oscuros
cuan bellos
llegan a ser los espejismos
debo decir
que alguien, algo
le arrancó los ojos al silencio,
que estoy a solas,
mirando el crujir del mediodía
Se puede sollozar, decir, la voz en un hilo,
que por desgracia, dolorosamente,
el sueño ha terminado, que no hay,
en esta o en otra tierra, hombre o mujer capaces
de sostener en su mano el fuego,
vendrá ahora la noche a enfriarlo todo con su lengua,
y poca cosa habrá para salvarse, que se ha roto
un hueso la esperanza, que no hay refugio para ocultarse,
que ahora llueve y el fuego se reduce,
brasa, aditivo para el lodo del amanecer
que por desgracia, dolorosamente,
el sueño ha terminado, que no hay,
en esta o en otra tierra, hombre o mujer capaces
de sostener en su mano el fuego,
vendrá ahora la noche a enfriarlo todo con su lengua,
y poca cosa habrá para salvarse, que se ha roto
un hueso la esperanza, que no hay refugio para ocultarse,
que ahora llueve y el fuego se reduce,
brasa, aditivo para el lodo del amanecer
Hoy no he escrito nada, es como si tuviera
atadas las manos, incapaces de tender la trampa
de una palabra o un balbuceo para invocar
el nombre de la mujer que no sé si amo
pero que en el arco de la sonrisa tiene la flecha
que es capaz de atravesar, sin apagarlo, el fuego
de mi carne; y por eso me revuelvo, incapaz
de vuelo, en viva carne, abierto como la canal
de un animal doméstico, muy cerca de la brasa.
Uno ignora, bestia feral, los protocolos del amor,
esa fórmula para enmielar el beso amargo de la vida,
para amortiguar el duro golpe de descubrir
la innoble vocación de mecánico artefacto,
de preciso mecanismo, artificio de repeticiones,
y desconfía, y mueve el rabo, y aúlla, discreto,
hacia la luna, que no ve, pero que intuye con toda
su hechicería, pero roca al fin, que cae aunque
no lo parezca porque caemos también nosotros,
y, decía, que de pronto algo se remueve en la entraña,
un extraño espasmo levanta pese al óxido la articulación,
y uno ya no se pertenece, barre la casa, sacude el polvo,
se inventa las excusas para salir a la calle, gritar
que no se ha escrito nada, que pareciera que las manos
están atadas, pero se invoca un nombre de mujer,
y hay una hoguera en la noche de la sombra propia
atadas las manos, incapaces de tender la trampa
de una palabra o un balbuceo para invocar
el nombre de la mujer que no sé si amo
pero que en el arco de la sonrisa tiene la flecha
que es capaz de atravesar, sin apagarlo, el fuego
de mi carne; y por eso me revuelvo, incapaz
de vuelo, en viva carne, abierto como la canal
de un animal doméstico, muy cerca de la brasa.
Uno ignora, bestia feral, los protocolos del amor,
esa fórmula para enmielar el beso amargo de la vida,
para amortiguar el duro golpe de descubrir
la innoble vocación de mecánico artefacto,
de preciso mecanismo, artificio de repeticiones,
y desconfía, y mueve el rabo, y aúlla, discreto,
hacia la luna, que no ve, pero que intuye con toda
su hechicería, pero roca al fin, que cae aunque
no lo parezca porque caemos también nosotros,
y, decía, que de pronto algo se remueve en la entraña,
un extraño espasmo levanta pese al óxido la articulación,
y uno ya no se pertenece, barre la casa, sacude el polvo,
se inventa las excusas para salir a la calle, gritar
que no se ha escrito nada, que pareciera que las manos
están atadas, pero se invoca un nombre de mujer,
y hay una hoguera en la noche de la sombra propia
Acepto que envejezco, que muero,
paso a paso, de a poco, en verdad,
inexorable, definitivamente;
pero eso importa poco, apenas
lo necesario para estar al tanto
de lo que susurra en mi oído,
sigiloso, el miedo, que dice,
como quien no quiere la cosa,
como un amigo preocupado,
que las cosas perdidas en el fuego
no han de regresar, que la garra
debe sostener sin soltarlo lo querido,
que no hay otro modo de salvarse,
entonces, suelto las cosas, las personas,
muerdo hasta sangrar mi presa, abro,
furioso, mi ala rota, y emprendo el vuelo,
o la caída, me marcho, rompo cada espejo
que pueda contenerme o recordar mis pasos.
Confieso que me consumo, que me ruge
la impaciencia en el pecho, y así, feral
y hambrienta, desaliñada, la acaricio,
la procuro aunque me muerda,
aunque su garra me dibuje, hábil,
nuevas arrugas o cicatrices, da lo mismo,
en el lienzo de la espalda;
y es hora entonces de edificar la casa,
dejarla al cuidado de los vendavales,
me digo, de enterrar a los muertos,
cargar con el desamparo, de nueva cuenta,
saltar al despeñadero, aunque él, el miedo,
aterrorizado, me llame por mi nombre,
me ofrezca la virtud, ese fruto amargo,
y grite, y prometa el cielo, la cordura,
esas cosas terribles que no entiendo,
que suenan a herida en el costado,
a lanza de Longinos, a espinosa corona,
a luminosa ruina para el hombre
paso a paso, de a poco, en verdad,
inexorable, definitivamente;
pero eso importa poco, apenas
lo necesario para estar al tanto
de lo que susurra en mi oído,
sigiloso, el miedo, que dice,
como quien no quiere la cosa,
como un amigo preocupado,
que las cosas perdidas en el fuego
no han de regresar, que la garra
debe sostener sin soltarlo lo querido,
que no hay otro modo de salvarse,
entonces, suelto las cosas, las personas,
muerdo hasta sangrar mi presa, abro,
furioso, mi ala rota, y emprendo el vuelo,
o la caída, me marcho, rompo cada espejo
que pueda contenerme o recordar mis pasos.
Confieso que me consumo, que me ruge
la impaciencia en el pecho, y así, feral
y hambrienta, desaliñada, la acaricio,
la procuro aunque me muerda,
aunque su garra me dibuje, hábil,
nuevas arrugas o cicatrices, da lo mismo,
en el lienzo de la espalda;
y es hora entonces de edificar la casa,
dejarla al cuidado de los vendavales,
me digo, de enterrar a los muertos,
cargar con el desamparo, de nueva cuenta,
saltar al despeñadero, aunque él, el miedo,
aterrorizado, me llame por mi nombre,
me ofrezca la virtud, ese fruto amargo,
y grite, y prometa el cielo, la cordura,
esas cosas terribles que no entiendo,
que suenan a herida en el costado,
a lanza de Longinos, a espinosa corona,
a luminosa ruina para el hombre
y pese a la indiferencia, al simulado descreimiento,
ciertas cosas siguen, ciertamente, quebrándome
en diez o en cien mil piezas el espíritu,
que tocan, dedo helado, mi corazón, su frágil
mecanismo de relojería, su absurda, intrincada
red de irrigación, y no hay, acaso, palabra
que alcance a entibiar el pecho, poco queda,
es cierto, en el cuenco de la mano
¿què ofrecer a cambio de lo que devoró el incendio?
¿qué hacer ante el desgarro de otra carne,
la consumición de otra sangre, en otra tierra,
que sin embargo, nos cimbra hasta la última
de las certezas? No hay poesía que valga,
no hay belleza que salve, que tienda su mano
como la mano de un dios misericordioso
o miserable, impotente hacia su obra,
pero sabemos, oscuramente sabemos
que no hay dios que valga, ni oración,
salvo la rabia, este retorcerse la indignación,
seguir tirando esta madeja imposible,
llegar a la cima, con esta roca impasible,
ver, colérico, que se despeña, y volver,
esperanzado, a empujar su indolencia, ojalá
ciertas cosas siguen, ciertamente, quebrándome
en diez o en cien mil piezas el espíritu,
que tocan, dedo helado, mi corazón, su frágil
mecanismo de relojería, su absurda, intrincada
red de irrigación, y no hay, acaso, palabra
que alcance a entibiar el pecho, poco queda,
es cierto, en el cuenco de la mano
¿què ofrecer a cambio de lo que devoró el incendio?
¿qué hacer ante el desgarro de otra carne,
la consumición de otra sangre, en otra tierra,
que sin embargo, nos cimbra hasta la última
de las certezas? No hay poesía que valga,
no hay belleza que salve, que tienda su mano
como la mano de un dios misericordioso
o miserable, impotente hacia su obra,
pero sabemos, oscuramente sabemos
que no hay dios que valga, ni oración,
salvo la rabia, este retorcerse la indignación,
seguir tirando esta madeja imposible,
llegar a la cima, con esta roca impasible,
ver, colérico, que se despeña, y volver,
esperanzado, a empujar su indolencia, ojalá
Lo bello, lo luminoso, lo que eleva el espíritu,
lo que nombra el mundo, lo pacífico,
es cosa que ya no busco, que se me oculta,
que, como un canto de amor, reverbera,
absurdo en el eco de la eternidad,
es tierra a la que no acerco la fauce.
Lo mío es lo oscuro, la decadente hora
del ladrón o el asesino, la piedad del villano
o el mutilado
-porque la belleza no es sino el comienzo de lo terrible- RMR
lo que nombra el mundo, lo pacífico,
es cosa que ya no busco, que se me oculta,
que, como un canto de amor, reverbera,
absurdo en el eco de la eternidad,
es tierra a la que no acerco la fauce.
Lo mío es lo oscuro, la decadente hora
del ladrón o el asesino, la piedad del villano
o el mutilado
-porque la belleza no es sino el comienzo de lo terrible- RMR
Las nubes de la ciudad que deshabitamos
Dejamos que la casa se fuera quedando sola, deshabitada.
Algunas tardes, volvíamos a habitar sus rincones, pero ya no para saciar
el desenfrenado deseo a dos cuerpos, entrelazados, sudorosos. Dudábamos
entre volver definitivamente a habitar ese cuartucho al borde del
abismo, o saquearlo de una vez por todas, así nos llevara una eternidad.
Un puente nos separaba del mundo, el mismo que nos separaba al
principio de nosotros mismos, el mismo puente donde abordé el colectivo
que tú no quisiste abordar. Incluso en esos días, conseguía hacerte
sonreír, provocar la hendidura en tus mejillas, ver tus holluelos y
pensar en ellos como un sitio donde guarecerse de las tormentas. Cada
cosa se fue desplazando del sitio que le habíamos asignado, el sillón
que alguien nos obsequió, la trenza de mi pelo después de cortado, mi
tristeza en un frasco, tu inseguridad en una caja de zapatos, tu ropa
interior, mis libros, las cobijas de las que huía cada noche porque me
bastaba con el calor tuyo.
Aquí puedo decir que te esperaba en cada sitio donde comenzaba a escribir: a un costado del teatro, en los cines a los que nunca entramos, antes de comenzar las clases, mirando el incesante chapoteo de las fuentes, en el puente, como quien espera un barco desde el muelle solitario. Lo debes recordar, esa primera vez, no había parado de lloviznar en días, apenas y recordábamos el sitio donde se adormecían los volcanes; entonces cruzaste el puente, quiero decir que apareciste en la parte más alta, sontiente y luminosa, con el gesto de silencio entre los labios, y al llegar frente a mí, me abrazaste después de besarme; la lluvia se detuvo, o dejamos de sentirla, que es lo mismo.
Entonces se acabaron, o casi, mis andanzas nocturnas por los sembradíos de la universidad, por la autopista que llevaba a cruceros donde trasvestis esperaban el amor a la entrada de moteles siempre sórdidos. Debo decir que bastaba compartir contigo el queso de la noche para satisfacer mi anhelo de aventura y descubrimiento del mundo.
Si algo compartimos, si algo pudimos llamar nuestro, enmarcarlo en el perímetro de un 'nosotros', fue esa habitación donde todo comenzó a romperse, a deshojarse despiadadamente, como mis libros, como los restos de mi tranquilidad. En repetidas ocasiones, tu vestido rojo me persigue durante la vigilia: un parpadeo, un cabeceo leve, bastan para llevarme de nueva cuenta a los pasillos humedecidos por la lluvia, todos los sitios donde supimos arder sin incendiar el universo, aunque tal vez eso hubiese sido lo más imperante. Burda, mi memoria evoca las estrechas paredes de ese tercer piso, el horizonte que se asomaba por la pequeña ventana del baño, las azoteas con sus tinacos sedientos, el enrojecido cielo de noviembre, los post-its rebosantes de cursilería y deseo, otra vez, siempre, el deseo. Última imagen del sosiego: estamos tirados sobre el pasto, mi vieja chamarra de mezclilla, deslavada, hace de tapete para tu espalda, ya me has arrebatado los lentes oscuros, ya ensortijas mi pelo; estamos al pie de una torre de agua, las nubes de la ciudad se han alejado para que podamos apreciar el azul incomparable de los últimos días del otoño, pero yo sólo consigo hundir el filo de mi mirada en tus ojos, en los pequeños lunares de tu cuello, tu camiseta roja, tus bluejeans, la sonrisa que se dibuja antes de tu afirmación. Nubes que alivian, momentáneamente el calor del mediodía, nubes que anuncian lluvia, nubes de tormenta, de desa
Aquí puedo decir que te esperaba en cada sitio donde comenzaba a escribir: a un costado del teatro, en los cines a los que nunca entramos, antes de comenzar las clases, mirando el incesante chapoteo de las fuentes, en el puente, como quien espera un barco desde el muelle solitario. Lo debes recordar, esa primera vez, no había parado de lloviznar en días, apenas y recordábamos el sitio donde se adormecían los volcanes; entonces cruzaste el puente, quiero decir que apareciste en la parte más alta, sontiente y luminosa, con el gesto de silencio entre los labios, y al llegar frente a mí, me abrazaste después de besarme; la lluvia se detuvo, o dejamos de sentirla, que es lo mismo.
Entonces se acabaron, o casi, mis andanzas nocturnas por los sembradíos de la universidad, por la autopista que llevaba a cruceros donde trasvestis esperaban el amor a la entrada de moteles siempre sórdidos. Debo decir que bastaba compartir contigo el queso de la noche para satisfacer mi anhelo de aventura y descubrimiento del mundo.
Si algo compartimos, si algo pudimos llamar nuestro, enmarcarlo en el perímetro de un 'nosotros', fue esa habitación donde todo comenzó a romperse, a deshojarse despiadadamente, como mis libros, como los restos de mi tranquilidad. En repetidas ocasiones, tu vestido rojo me persigue durante la vigilia: un parpadeo, un cabeceo leve, bastan para llevarme de nueva cuenta a los pasillos humedecidos por la lluvia, todos los sitios donde supimos arder sin incendiar el universo, aunque tal vez eso hubiese sido lo más imperante. Burda, mi memoria evoca las estrechas paredes de ese tercer piso, el horizonte que se asomaba por la pequeña ventana del baño, las azoteas con sus tinacos sedientos, el enrojecido cielo de noviembre, los post-its rebosantes de cursilería y deseo, otra vez, siempre, el deseo. Última imagen del sosiego: estamos tirados sobre el pasto, mi vieja chamarra de mezclilla, deslavada, hace de tapete para tu espalda, ya me has arrebatado los lentes oscuros, ya ensortijas mi pelo; estamos al pie de una torre de agua, las nubes de la ciudad se han alejado para que podamos apreciar el azul incomparable de los últimos días del otoño, pero yo sólo consigo hundir el filo de mi mirada en tus ojos, en los pequeños lunares de tu cuello, tu camiseta roja, tus bluejeans, la sonrisa que se dibuja antes de tu afirmación. Nubes que alivian, momentáneamente el calor del mediodía, nubes que anuncian lluvia, nubes de tormenta, de desa
Si he de llorar, que sea por el hombre,
por su carne que se pudre, cotidiana
bajo la lluvia y bajo el sol,
acusada de alojar el sueño y la esperanza,
acusada de su juventud y desenfado
al tender la mano a aquel cuya hambre
es mayúscula, cuya misera es tanto
o mas profunda que la propia.
Si he de sangrar, que sea por el hombre
que ha sido pisoteado por el hombre,
en el cobijo de la noche y en el descaro
del día luminoso.
Si he de romperme,
si he de enloquecer,
si se han de quebrar mis huesos,,
si me han de llevar preso,
si han de poner mi nombre a un pedazo de acero, ínfimo, letal,
que sea por el hombre
por su carne que se pudre, cotidiana
bajo la lluvia y bajo el sol,
acusada de alojar el sueño y la esperanza,
acusada de su juventud y desenfado
al tender la mano a aquel cuya hambre
es mayúscula, cuya misera es tanto
o mas profunda que la propia.
Si he de sangrar, que sea por el hombre
que ha sido pisoteado por el hombre,
en el cobijo de la noche y en el descaro
del día luminoso.
Si he de romperme,
si he de enloquecer,
si se han de quebrar mis huesos,,
si me han de llevar preso,
si han de poner mi nombre a un pedazo de acero, ínfimo, letal,
que sea por el hombre
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