17 feb 2020

sueño el pie de un verso,
la sugerencia de un poema,
las calles recién lavadas
de lluvia y sangre ,
que estoy vivo, pese a todo;
en medio del sueño está
el ocaso lamiendo su entraña,
absorto en su fugacidad;
he soñado el modo de nombrarte
sin lastimar mi lengua,
el cristal para ver tu ausencia
sin riesgo de ceguera,
y en medio del desorden matutino,
mi sistema nervioso
tejiendo un laberinto
al final del sueño está tu nombre
como un vaso
en el que veneno y elíxir de la juventud
están mezclados
en el sueño apuro el trago
en la vigilia algo me dice
que he naufragado en el Leteo
que mi garganta se llenó de sus aguas

16 feb 2020

Porque se me agrieta el mundo,
por la copa en vilo, a la espera del camarada
perdido en los eriales del olvido,
o en el intrincado camino de envejecer
con la locura a cuestas, cuesta arriba, siempre cuesta arriba,
aún cuando los pies tocaran los pliegues del aire,
seguir subiendo, a lomos de la paciente bestia
que anida en el corazón,
dispuestos a morir, el pecho ardiendo en la noche más helada,
la mano dispuesta a tenderse puente
en la boca cariada del precipicio;
por el estertor antes de la caída,
por el polvo besado en cada derrota,
por el hombro dispuesto a cargar la viga y la desolación,
por cada ave que distraída entonó su canto
a nuestro paso, por el ojo lacerado de horizontes,
por la rabia en las falanges, por la lluvia
que supo humedecer la espalda,
abro la puerta de esta casa que nombro mía,
dejo el paso franco a los demonios, al fantasma,
que me dejen a solas con el ruido
de la madera resquebrajándose de miedo,
con los blátidos ovopositando su milenario batir de alas por los rincones,
que nadie quede en las habitaciones,
con su garra hendida sobre mi brazo,
el cuervo de mi deseo grazna, insatisfecho:
hambriento besa mis ojos, hunde su pico en mi dormida entraña
Cuando abrí los ojos, estaba en su centro
pero ignoraba lo que era una tormenta.
Todo en mí se ensortijaba, todo ardía:
para mí la novedad es el incendio, la derrota,
todo lo oscuro y lo grisáceo que se oculta
en la carne del crepúsculo, lo torvo
y melancólico, lo que se guarda en el decadente
maxilar del día, en el anegado subterfugio
de estar vivo, en cada uno de los hilos
que llevan a la locura; allí encontré
la belleza, la ensordecida paz, el terrible
aliento de la perfección soplando a mi oído,
como un lobo hambriento, como si fuera
a hender mi lengua con su rabia,
y desde entonces, desde siempre,
me arrulla la tormenta, y todo en mí
se mesa los cabellos, todo arde
y besa el candor de la ceniza

Bailaba mi corazón en el suplicio


Era mi oscuro lecho la mesa de tortura,
la interminable primavera el sutil fuete
que mi carne hendía; yo no era fuerte
ni coraje había en mi alma aún pura;


probé del amor los clavos, la fuente
abrevé del dolor más turbio, la dura
roca del desamparo quebró, dulzura
y tierno anhelo. Mordióme el ardiente

miedo en los tobillos, aullé en la rabia,
como animal en agonía, cual condenado
ante el cadalso. Ladré a la luna sabia,

y respondió el silencio, mordí mi rabo
hasta sangrarlo. Era mi juventud, enfermo
estaba, de amor y soledad, de ser eterno.
Vamos siendo sinceros: yo sólo creo en la magia de lo cotidiano. Es la única tabla de salvación en el naufragio de cada día. Debo aclarar, tal vez sin necesidad, que hay días en que nada me salva. Anoche, por ejemplo.
Mi cuerpo exigía a gritos una borrachera, la necesidad me hacía revolverme en la cama, ahuyentaba el sueño como quien ahuyenta a escobazos a un perro de la calle que insiste en participar de nuestra cena.
Salí a la calle, extrañamente sentía el frío mordiéndome la carne, pero no temblaba, era tal mi ofuscación que no me dí cuenta que había salido sin abrigo. Nada, salvo la playera oscura con el nombre de una banda de metal impresa en el frente que compré en las pacas del tianguis. Son las más baratas, sirven para toda ocasión, incluso en momentos como éste: un tipo que camina a las once de la noche por una avenida mal iluminada, entre la niebla y el frío.
Entré a la vinatería, recorrí los estantes, uno a uno, buscando. Como un lebrel o un coyote en busca de su presa. Nada parecía llamar mi atención. Te estás haciendo viejo, me dije cuando estaba por terminar la tercera vuelta y el dependiente ya me miraba con desconfianza. Como si a mi edad, con mi pésima condición física pudiera atreverme a hurtar una botella o dos. No me falta valor. El caso es que no alcanzaría a correr más de quince metros fuera de la tienda sin tener que detenerme a tomar un respiro de diez minutos. Nada me convencía. Y es que en asuntos de alcohol uno no puede ser tan dado a la desidia. Se inventan ritos para salvarse de la vorágine que lleva a otros a pasar sus fines de semana en salones improvisados, de pie ante una tribuna y un montón de ojos ávidos por escuchar, con fruición, la desgracia de uno, el terror de abrir una botella y zambullirse sin remedio en sus aguas. No sé qué es peor, el que confiesa públicamente su falta de valor para enfrentarse a sus demonios, o la impúdica y morbosa atención con que el auditorio da cuenta del relato.
Decía que nada terminaba de convencerme. Que no puedo comprar algo que simple y sencillamente no se me antoja oler siquiera. Vaya dilema: quería embriagarme pero nada se me antojaba. Y no estaba dispuesto a abandonar el establecimiento con las manos vacías.
Mientras buscaba por cuarta ocasión en cada anaquel, entre los rones y los tequilas, me ví a mi mismo, más joven, tirado en el patio de mi casa, después de varios días de borrachera. Las miradas inquisitivas de mis padres. En esos días me quedaba la música para aislarme, para disfrutar la resaca. Algún libro. Compartir la cama con alguna chica de la que no me enteraba ni el nombre, o lo olvidaba, que es lo mismo. Las mismas historias que les contaría cualquier otro indigno adorador de Dionisos. No somos tan distintos, la verdad. Todos los borrachos estamos hechos de despojos. Lo mismo que los abstemios. Pero al borracho le importa un carajo lo que de él se diga en las calles o en los lavaderos públicos. Un alcohólico se dedica a lo que mejor sabe hacer: retorcerse de miedo ante el abismo de la sobriedad, destapar la siguiente botella, servir otra copa, irrigar el cuerpo con el calor de un buen trago. O de uno malo, a veces eso sale sobrando.
Recordé que en casa guardo una botella de ron para las emergencias. Así que salí a la calle. Se podría decir que derrotado. Se podría decir que indemne. Arrastré los pasos de vuelta a casa. Mientras atravesaba la avenida -no es recomendable usar puentes peatonales en este estado de indefensión-, un coche arrolló un perro. La pobre bestia se quedó gimiendo por unos segundos antes de dejar de respirar. Sus entrañas quedaron regadas sobre el asfalto. Entonces caí en la cuenta de que el atropellado pude ser yo, y dí gracias a la casualidad por ese perro. Me despedí de él, y le deseé, que si existiera, alcanzara sitio en el cielo de los canes.
Al llegar a casa me dí cuenta que había olvidado las llaves. Hay días en que el naufragio es total, como les decía. Así que volví a hacer el camino hasta la tienda, compré algunas cervezas y me fui a beber al parque. Cuando los policías llegaron, apenas había destapado la segunda lata. Como buenos vecinos, compartimos las que quedaban, y luego me llevaron a prisión por escandalizar en la vía pública.
Me rehuso a lamerle el dorso a la nostalgia
me niego, a envejecer así, sumido
en lasitud, abandonado en cada músculo,
como desvencijado mueble en la ríada,
como roto de las coyunturas, como herido
sin remedio de una bala soporífera;
y es que no hay modo, ni rostro que soporte
la vergüenza de estar vivo, y paralizado
de la mueca a los talones, estúpido
en la sonrisa estúpida del que nada espera,
salvo ser salvo, la cabeza gacha, el corazón
aterido, temeroso de sí mismo,
como una máquina que se horroriza
ante el fervoroso rugido de su motor

miraba el paisaje desde una ventana minúscula, como preso, como enamorado


no hay modo posible de presumir engaño.
porque uno sabe, aunque lo niegue,
que delante suyo hay un insondable foso,
y que el siguiente paso es la caída.
pero se ama la oscura violencia del desamor,
como si fuera ésta la meta buscada,
como si de la rajadura dependiera
estar vivo, así sea en añicos.


uno lo sabe, pero abraza con necia serenidad
el afilado mango del amor, se pone, solícito,
a trazar castillos improbables,
un laberinto de encomiables gestos,
pero sabe, en el fondo, que no hay otra cosa,
que busca, angustiado, el dolor,
caer en el foso insondable de la desesperación:
el aullido al caer, el horror de haber amado,
la sutura y el desangre, la rotura de cada hueso,
ah, necio, tozudo, pobre diablo!
Te sueño en una casa que desconozco. Llena de frío, tu mano se tiende hacia mi mano, tu cabellera encuentra refugio en mi regazo. Esta es la configuración del deseo. Temblar en el sueño, que es otro modo del delirio, antes de abrazarte. Mis ojos te buscan, y aunque te nombro, la voz huye adentro mío.
Acurrucada a mi costado, me miras, y yo apenas alcanzo a pergeñar en el balbuceo un monosílabo. Petrificado, pareciera que soy indiferente, y sin embargo yo entero soy la sonrisa que te abarca.
Luego te pones en pie, sales de la habitación, descalza. Queda tu aroma para ceñirme a él como el suicida a la soga de su horca.
Al abrir los ojos, lleno de deseo, busco el hueco de tu ausencia, la imposible huella de tu paso.

Nostalgia del fuego

Ondeas en el espasmo último del día,
garra que se iza sobre la carne,
esplendorosa, oscura y voraz:
una cuchilla que surca el aire,
flama, agudo cristal, vago espejismo:
la lengua que me cerca
es la lengua que te adorna.

Debimos guardar la calma como una joya,
atesorarla, celosos cancerberos. Debimos
inventar la paz, amar el crepúsculo y su callada
grieta, el pausado latir de su caída;
largo, el invierno posó su brazo en nuestros labios.
Antes del olvido, fue el destello:
tu sonrisa, arco en tensión, arma en distensión.
Solo, sólo alcanzo a escuchar el galope:
ondeas, bandera en llamas, sobre la cabeza del jinete:
naces en la embestida, febril, sudorosa en la batalla.
En el sueño, vuelvo a casa, recorro las calles mientras cae la noche. Confundidas, las geografías particulares se entremezclan. Vuelvo a sentir tu abrazo, inusitado, tembloroso, como mi boca aquella tarde, tan lejana, en que la penumbra supo acariciar tu nombre
Tu carne olía ricamente a otoño,
a húmedas hojas muertas, a resinas,
a cítricos aceites y a glisinas
y a la etérea fragancia del madroño.
Hábil como una boca era tu coño.
Siempre había, después de tus felinas
agonías de gozo, en las divinas
frondas de tu deseo, otro retoño.
Te aflojabas de pronto, exagüe y yerta,
suicidada del éxtasis, baldía,
y casta y virginal como una muerta.
Y poco a poco, dulcemente, luego,
absuelto por la muerte renacía
tu amor salvaje y puro como el fuego
No de otra cosa, se trata,
sin más, de estar vivo,
sabedor de la propia fatalidad
y pese a ello, sonreir,
dejar arder las naves,
arrojarse, como un dado, al vacío,
ponerse en pie, aunque el torcimiento
del esqueleto, o la chamusquina
de la piel alcance a avergonzarnos;
no se trata de otra cosa:
rumiar en la salvaje madrugada
del corazón, hender la pezuña,
y correr, en solitaria estampida hacia la muerte
Uno abraza la madrugada con la desesperanza
de quien abraza el cadáver de su padre,
con la cruda certeza de estar frente a frente
con el último día del resto de su vida,
sabedor de que a partir de ese instante,
interminable, irrepetible, todo habrá de trastocarse;
que no habrá, bajo el cenit del día,
tabla de salvación, ni cayado que separe las aguas
de un mar de oprobio; uno abraza la quemadura
en la piel con la ternura de quien sostiene
en la camisa de fuerza del abrazo al niño que se fue,
que tuvo a bien caer de bruces en el parque,
en el húmedo empedrado de una calle:
uno arrulla el desasosiego y piensa en cada cosa
que lo espera tras la puerta, pero, y esto es importante,
ignora si la puerta da a la calle, o al oscuro
interior de una casa que está a dos pasos, a la espera
del más pequeño temblor para venirse abajo
Debo decirte que estoy de pie,
que el día llega con su ofrenda
de ciruelos y naranjos en flor,
que el invierno muerde, pero con delicadeza,
mi carne por la calle, que me faltan
las horas para aspirar el aire del delirio.

Debo decir, en pocas palabras,
que me busco la herida, y no la hallo,
y siento como si me faltara un hijo
en el desvelo, como si mi mano estuviera
inexplicablemente jovial y vacía,
que rebusco en el trasterío del alma,
si es que esa intangible cosa existe,
si acaso es siquiera posible imaginar
una cosa ambigua, inasible, pura;
Y entonces me encuentro diciendo
que de nuevo encontré el invierno,
y me alegro, y me sorprendo a mí mismo,
y me recrimino por esta calma,
este sonreír a todas horas,
alelado, soso, de estar, descoyuntado, vivo

Las estaciones del olvido II / Max Rojas

Grabo en la noche
tu perfil de sombras,
mientras entierro flechas
mordidas por tus dientes.
Un signo entre la noche,
una señal de tu regreso:
la huella de tus pasos,
el eco de tu voz,
tu personal cementerio
de pájaros heridos.
Mientras entierro flechas
mordidas por tus dientes,
masco en la noche
la sombra que dejaste