27 jul 2020

Deja que todo transcurra, que el miedo ladre desde su azotea, que la angustia te obstruya como un río de sangre la garganta: deja que la vida se te escurra entre los dedos atrofiados de pergeñar manuscritos apenas legibles, apenas valederos.
Deja a las hienas blancas del insomnio destrozar tus huesos, que cada golpe de deseo insatisfecho, que cada anhelo frustrado te haga jirones el maltrecho lienzo de la piel.
No te opongas. Nada hay para ti allá afuera. Nadie.
Olvida la imposible necesidad del otro. Arroja tus anclas a mitad del océano y luego incendia tus naves, que no haya tierra de por medio que te permita la mínima esperanza de supervivencia: enloquece de rabia y desesperación.
Arrójate entonces contra los acantilados del olvido. Y destrózalos.

Notas simples para el anhelo


Apenas desconocida, sólo sé de ti el tono de la voz, los juegos con que tratas de seducir al azar, un par de guiños cómplices y la cereza de tu nombre.
Nada tengo que me lleve a ti sino el anhelo, el riel difuso del deseo; nada, apenas una sucesión de números, y el caballo desbocado de la imaginación cabalgando ciego hacia tu sueño.

Canciones malas que recuerdan buenos tiempos


No hizo falta mucho, entender que en cualquier parte del mundo, una brasa lleva tu nombre, que basta la brisa más suave para reiniciar el incendio; saber que cualquier paisaje guardaría las aves de tu recuerdo, y en su gorjeo matutino izaría sus velas el deseo. Subir a las azoteas y saber que cada ciudad, cada ranchería recién descubierta es anclar de nuevo en el mundo, hacer un hueco donde quepan la maravilla y la sospecha de un terror futuro donde la última calle se bifurca hacia la noche y hacia tu ausencia.
Mirar las fotografías tomadas en otro tiempo, antes del cataclismo, y aspirar el olor añejo de un paisaje urbano, de luces parpadeando en el horizonte, de vías abandonadas, de hoteles en mitad de la nada donde trasvestis buscaban el amor traducido en algunos pesos, de la noche vista desde almenas parecidas a tanques de agua universitarios, fumando el desasosiego, y entre todo ello, el otoño y su tapicería de hojas, tu labio por fin anclado en mi labio. Llegar siempre al mismo punto, anhelar la inexistencia del quiebre, inútilmente.
Recorrer, de memoria, los teatros donde tomaste su mano, aspirar el olor a cuerpo recién salido de la ducha, sentir en el bajo vientre crecer las ganas por enfrentar a sus demonios, salir derrotado. Esuchar, entrecortado, lejanísimo, un saxofón en mitad de la noche, vernos a ambos en un auditorio a cielo abierto, ambos tratando de asir la eternidad en una fotografía, en breves recados escritos espontáneamente, ambos mordiendo los frutos del incipiente invierno, el saxofón excitado resonando, entrecortado, en la lejanía, insistente aunque vago, una guitarra que evocaba las fluctuaciones violentas del agua a la orilla del mar, ambos sentados al borde de la cama como si estuviéramos al borde de un acantilado, leyendo los panfletos cristianos que la dueña de la casa comenzó a obsequiarnos cuando nos vio salir a su patio por tercera ocasión.
No hizo falta mucho, descender de un auto varios años después en el mismo sitio donde se fraguó el preludio de aquel primer beso en un puerto que desconocíamos y trató de engullirnos, guardar las fotografías de esa noche, inocentes, como la mala música de las estaciones radiofónicas, como la nostalgia.

13 10 2019

Hoy, ayer, vi quebrarse a dos personas, una de ellas muy estimada; poco alcanzamos a hacer, poco pudimos o quisimos hacer; porque traemos, creo, el mismo luto y a veces uno se para como en el borde de un precipicio y sabe que la más mínima brisa nos puede arrastrar al fondo del desfiladero; en nuestro caso el desfiladero es el resquebrajamiento de una corteza que a algunos sostiene a penas; recordé la carta de Walsh a sus amigos con motivo de la muerte de su hija a manos de los militares y la línea donde dice que muchos de sus amigos (amigos de ella) habían sido asesinados sin que le diera tiempo llorarlos; hace un par de días tuve un ataque de ansiedad, había estado bebiendo un poco, jugando un poco con una chica con la que a veces comparto el lecho y algunas risas, y al entrar en la ducha una sensación de abandono y desamparo llegó a oprimir mi pecho y me dejó en la lona por largas horas; debo decir que no es este el primer luto que atravieso, pero acaso sea de los más desoladores que me tocan; más, porque potencia la pérdida que en enero dejó la muerte de un compañero con quién compartí largas caminatas e interminables disertaciones sobre el movimiento; entonces, hoy conduje poco más de cien kilómetros con la vista empañada, con esa sensación de impotencia que deja la muerte ajena pero cercana, tan cercana que pareciera echarnos encima el aliento y la sonrisa socarrona; creo que no tendremos tiempo de llorar lo suficiente a nuestros compañeros ahora que han partido, porque hay tareas urgentes, porque la vida sigue vertiginosa y no habra chanza de pararse a respirar, mucho menos a lamentarse; que en estos menesteres uno debe continuar el camino con la herida a cuestas y esperar a que sola cierre

el regreso de la inmovilidad

anoche dormí mal
estaba casi ebrio
y no planeaba pensar
en viejas amistades perdidas
venía de un paisaje lluvioso y frío
neblinoso y peligroso y frío
llegué a un paisaje cálido
soleado y caótico pero cálido
toda la noche la pasé girando
de un lado a otro del suelo
a ratos gritaban las dislocaduras
de la espalda, como advirtiendo
el regreso de la inmovilidad
pero yo soñaba con la adolescencia
y la jauría de perros dónde finqué
la lealtad aullándole a la nada
mezcal y esperanza en mano
porque era joven y tenía la rabia
guardada en el bolsillo izquierdo
y habría sido capaz de hundirme
en el vértigo con la misma facilidad
de un colmillar al hundirse en la carne
pero soñé la van de Mayonesa Marcony
surcando los pliegues de la noche
con rumbo incierto
a Tony plantado en el centro de la calle
aullando por pelea
y mi espalda susurraba como advirtiendo
el retorno inminente del dolor

he puesto a un lado toda esperanza

he puesto a un lado toda esperanza
con la indiferencia de quien aparta
las vísceras de la carne que será cocinada,
como quien aparta la semilla rota
por las dentelladas de una trilladora despiadada

porque rehuí a la herida, a probar
el sabor metálico de la sangre
la carne abriéndose como un surco
y en esa apertura sentir la ardedura del músculo
el hueso del deseo acaso fracturado
en sus astillas, cercano a la molienda

pero no solo de sajaduras muere el hombre,
también se despeñan las aves de su sueño,
se ahogan los frutos del desierto
y hay luto por las cosas que ha perdido
por los simples objetos en que ha depositado
como en un banco, importantes fragmentos de sí mismo

pero hay que desangrarse sin aspavientos
porque la vida sigue y es menester
haber dejado grietas y resquicios
por donde asome su hocico la nostalgia
de qué otro modo se da fe de haber vivido
de esta angustiosa muerte cotidiana
si no es con la dolencia a cuestas
y esta presunción de inocencia a toda costa

mira esta herida en el costado del delirio:
un lobo aúlla entre sus pliegues adormecidos

aquí tienes la dentellada primordial,
el signo confuso que señala el terrible
sitio donde se derrama el cáliz del deseo

¿qué agua emana esta sensación amarga
en el lomo de mi lengua,
qué licor o qué veneno
cabalga hacia mi sangre desde el puente
carcomido de mi garganta, y se despeña?

19 06 2019

Me quedé dormido leyendo Negra, de Wendy Guerra. He soñado la lectura de un episodio vudú bastante sombrío. Debo aclarar que dicho episodio no figura en el libro. Al despertar, descubro que no fui más allá de la última página que recuerdo haber leído. Leo, con desgana. Antes de ponerme en pie, al girar el torso, veo un libro en la parte más baja del librero. Debo aclarar que hace poco más de dos meses duermo en el suelo. Cosas de la evocación inherente a la nostalgia, creo. Un petate de palma que se parece mucho a los que acompañaron largas noches de mi infancia. Por eso vi el libro de la fotografía.
Lo compré en una librería de viejo hace varios meses ya, pero no había comenzado su lectura. Pereza, distracción, como gusten llamarle. Pero Silvia Tomasa Rivera es una poeta que sí o sí hay que leer. En algún momento de la vida. La encontré hace años, llameante -es una metáfora-, abandonada, en una biblioteca pública. Pero la leí muy por encima. Hoy, avanzo con fruición. Sus versos despiertan algo de bestia herida en mi interior. Llevo días, semanas, buscando algo que provoque un chispazo, y al parecer, esta mujer, con su escritura tan lejana lo consigue. Me identifico.
Cuando llego a la parte de Águila Arpía, pierdo toda defensa. Cualquier artilugio para soportar su embate se torna inválido. Y encuentro, además, versos como este que sirve de epígrafe a la imagen. Que son como metralla.
Sigo leyendo, como quien viaja a través de la noche, como quien sabe que debe seguir haciéndolo. Sé, como Silvia, que nadie habrá de esperarme, pues como ella, también 'he dicho que no es seguro mi retorno'.

¿Por qué tengo que andar en las ciudades
solo, como si no existieras?

Silvia Tomasa Rivera/ Águila Arpía


Quiero dormir cuando se empulque el día
en altamar y con la cuenta en ceros
cuando parezca un cuento la agonía
y la vida chela con un chingo 'e hielo

23 04 2019

Llevo un par de horas desempolvando viejas cuentas de correo. He hallado cosas de cuya existencia no tenía ni el más distraido registro en la memoria. Entre todo encontré este texto, cursi, torpe, que data de 2006 aproximadamente, y está precedido por un fin de año en el que los mejores festejos fueron a distancia.
Lo comparto a propósito de la tarde de ayer. Digamos que la tarde fue pródiga en breves manifestaciones de alegría.
(Digamos también lo obvio, que me doy pena ajena)

Para no aprehenderte

Te mastico siempre, aunque no te tenga en la boca.
Algunas veces creí ver tu cara en las fiestas de mi cabeza.
Algunas veces, sólo algunas.

Te mastico para no aprehenderte.
Te mastico para no desaprovechar la quijada.
Algunas veces me sorprendí puliendo tu nombre.

No te detallo en letras, saldría cualquier pendejada, excepto tu talle.
Eres una estatua de furia enternecida.
Te mastico y te me quedas en las muelas,
como una carie que después agradeceré

Piedras heridas es un poema de Eusebio Rubalcaba al que siempre trato de volver. Lo leí por primera vez en un soleado patio de Taxco de Alarcón, en las primeras horas de mi onomástico número 21, me parece. Tenía suficiente mezcal a la mano, en esos días en que beberlo era casi un sinónimo de aberrante indigencia, y yo le profesaba una devoción incuestionable a su fuego. Ana y Gilberto dormían en su habitación de jóvenes ansiosos de alcanzar el pináculo de sus respectivos oficios de artistas, y no sospechaban la borrachera monumental que se avecinaba.
Jesús, en el monte de los olvidos, recuerda el tacto del madero y de la espina, y suspira

Cantinas cerradas en el corazón


Será posible dejar de hablar de uno, poner a un lado lo subjetivo. Pensar en ti es pensar en mí a tu lado. Digo el sabor de tus cuatro labios y ya he invocado mi lengua paladeando tu cuerpo. Digo tu calidez y estoy diciendo la calidez que transmitiste a mi cuerpo en una noche de invierno.
Se habla para el otro, desde uno mismo, para convencerlo de volver a inundar una soledad mal planeada. Se tienden trampas, entonces.
Y a veces, uno mismo cae dentro de ellas.

17 02 2019

Huele a noviembre. El viento sacude las ramas de los árboles, inquieta a los perros callejeros. Me asomo a la ventana del segundo piso, veo el patio de mi casa con sus ficus llenos de zanates, su limonero y su bugambilia de colores; por la calle Álvarez, pasa un conocido.
Al cerrar la ventana, me percato que en la sala no hay muebles, en mi habitación el bochorno lo colma todo. La calle tiene otro nombre y es febrero en esta sierra veracruzana.

16 01 2019

La borrachera ya había durado varios días. Un fin de semana completo, al menos. Y era martes.
El Trino se casa mañana, y yo soy padrino, dijo Pollo, vamos, ¿no? Vamos respondió Chendo, el Gato no se opuso. Mota, preocupado se negó. Mi jefa me ha de andar buscando, mejor ya me voy.
Alguien puso esta canción en el reproductor, winamp, barrio de San Mateo, Chilpancingo, el avispero como le decíamos. El año, probablemente sea 2004 o 2005.
Mota, en la puerta, voltea a vernos. Desde el viernes, que fuimos a una tocada del Real, no hemos dejado de escuchar uno tras otro sus discos. Tampoco hemos parado de beber. Cierra la puerta. Ustedes no quieren que me vaya, dice el buen Mötley, mientras se destapa otra cerveza.