1 may 2023

 

Me había quemado el poco dinero que tenía, llevaba casi tres meses sin conseguir trabajo, con casi 20 años y el cheque recibido como liquidación tras dejar el trabajo en la gasolinería. Nunca me interesé en saber cuánto era, sólo me limité a recibirlo y guardarlo dentro de un libro de Poe que llevaba a todas partes y que después perdí quién sabe dónde.
Así que busqué un banco y entré al primero que hallé, me parece que en el centro de Tlalpan. Después de una larga espera en la fila, una cajera de rostro anodino me hizo efectivo el papelito, que me ayudó a sobrevivir una semana más. El monto era, por mucho, estratosférico: cuarenta y cinco pesos. Una millonada.
Sin embargo, corrí con suerte: unos días más tarde, sobre viaducto Tlalpan, encontré una chamarra olvidada en la parada del pesero. Se veía en buen estado y la cogí para mí uso personal. Dentro hallé unos boletos de metro y cien dólares que me gasté a partes desiguales en cerveza, libros, pasajes y comida. Luego entré a trabajar a una pizzería regenteada por oaxaqueños en San Pedro Mártir. Aún ahora me pregunto por qué le ponían ajonjolí a las orillas de la pizza.
 
2020/08

 

En el mar es un anagrama que se hizo un acróstico que recurre malamente a la aliteración y a la decepcionante por incompleta metáfora. Que después se hizo una forma larga de dar un largo adiós a una historia que ningún involucrado quiere terminar pero a la que ninguno le ve el modo de hacerla coincidir más allá de la fugacidad que provee la mensajería celular.
En el mar fue un pretexto para buscar mientras atravesaba las descuidadas carreteras veracruzanas esos sitios que no son agua ni arena pero llamamos orilla del mar. Un anagrama para unos ojos que no habían visto el mar, que lo descubrieron en la otra orilla, del lado del Pacífico, a unos novecientos noventa y siete kilómetros de distancia, a solas. Pero ya está, las formas de nombrarla se agotaron, aunque el huracán que su presencia supone, aún a la distancia, siga vivo y robusto, peligroso.
La sierra, su larga cabellera, los furiosos ríos, los cafetales, las serpientes que sólo pueden ser muertas ante la presencia de una mujer encinta, la lluvia puntual y torrencial, el bochorno a todas horas, las hamacas y ciertas calles de Jovel, tienen su huella, en cada palabra que recuerda el sureste, resuena su voz.

 

Elegí hablar de ti para conjurarte. Ingenuo de mí, iluso.

 

Esa noche, en el bar, frente a una copa de un líquido verdusco que no supe ni quise preguntar cómo se llamaba, alardeó de su prolongada sobriedad, que abandonaba. Tal vez habló de algunas otras cosas, algo de formular reglamentos y diseñar edificios para lentísimas burocracias, algo sobre pasar seis días en un trabajo ingrato, y el insuficiente descanso de la séptima jornada. Algo dijo, me parece, de sus colegas, de su número cercano al infinito y las formas siempre distintas de nombrar el mismo oficio en distintas áreas geográficas.
Luego se quedó callado, mirando el espacio en un punto incierto de la pared del bar. Un rato después, entró un muchacho recién salido de la adolescencia, hastiado, o que parecía hastiado. Se dirigió hacia nosotros sin prisa.
- Siempre es lo mismo contigo- le dijo el chaval, mientras le metía el hombro para cargarlo y sacarlo a rastras del bar.
Pagué su cuenta, a pesar de no conocerlo. Creo que fue una mezcla de lástima y solidaridad: nadie más parecía prestar atención a ese hombre desarrapado, ciego y ebrio hasta la inconsciencia. Algo de la secreta y tácita solidaridad entre desamparados o borrachos: el alcohólico o el desahuciado siempre esperan que un evento fortuito o un alma bienintencionada los salve, aunque sea para posponer unos instantes su caída al fondo de la desesperación.
Volví a pie a casa poco antes de medianoche. Estaba tan ebrio o tan exhausto que me quedé dormido en el sofá.
Esa noche tuve una pesadilla extraña: soñé que el ciego volvía al bar y se colocaba a mi lado en la barra. A la izquierda, para ser preciso. Pero en el sueño estaba limpio, quiero decir que su ropa estaba limpia y todo él mostraba una pulcritud tal que me dificultó reconocerlo; usaba gafas oscuras y daba la impresión de ser un profesor jubilado por el glaucoma. En el sueño, después de saludar y descubrirme su identidad, me decía, charlamos hace poco, quiero decir que monologué largamente de mis congojas laborales, luego llegó por mí ese chaval que insiste en llamarme padre y no deja de despreciarme, para de inmediato pedir un par de cervezas, una de ellas para mí, y comenzaba a contarme su historia de vida, una historia que parecía interminable, aunque nunca se tornaba aburrida, hasta que llegaba la hora de pagar, y ponía sobre la barra, como quien pone unas monedas, sus ojos frescos y sanguinolentos.
-Ustedes me hicieron a su imagen y semejanza para que yo los hiciera a ustedes a mi imagen y semejanza, pero en algún momento se apoderaron de mí la ceguera y la esquizofrenia, y ya no sé si estoy borracho o tú estás soñando.
Dicho esto, se desvaneció y yo desperté inquieto, como con ganas de buscar un templo, o un altar para encender una vela por la paz de ese desarrapado miserable.
 
2020/08/21

Libros malos, ventanas desde las que sospeché el infinito.

 


En el 98, 99 tal vez, la fiebre CCS llegó a mi entorno familiar. Mi padre compró varios de los libros que el autor tenía a la venta (si no es que todos), buscando en ellos una fórmula para la vida familiar. Ignoro si su soberbia o su inocencia le impedían entender que no hay receta mágica para arreglar la vida, que a diferencia de los objetos cuando se rompen, requieren más que un pegamento y minutos de reposo, ignoro si ese pensamiento persista en él, y prefiero no ponerme a pensar en ello. Pero en ese tiempo, él estaba empeñado en creerlo, y además, en hacérnoslo creer. Mi madre le compró la idea, desde luego, porque lo adoraba. También porque sus hermanos mayores, y una buena parte de sus colegas, maestros rurales, estaban contagiados de esa fiebre.
Solía visitar a cuatro de mis nueve tíos paternos, por la ventaja que ofrecía su amistad: una biblioteca, películas grabadas de la televisión abierta en tiempos de antenas parabólicas, deliciosa comida y agua fresca en cántaros de barro enterrados, y cómics de Los Simpsons y The Spawn. Con la llegada de esa plaga, cada visita iba acompañada de una pregunta inevitable: ¿Tu papá ya compró tal libro? Leánlo en familia, ya verán que es muy bueno.
Y un día apareció en la casa el primero de ellos: Un grito desesperado. Le siguieron Volar sobre el pantano, y La fuerza de Sheccid. Todos los leí con avidez, porque en ese tiempo leía con tan poco criterio que incluso una etiqueta de shampoo me habría parecido buena literatura. También era bastante susceptible y aprensivo. Quiero decir que por un tiempo me creí el cuento de la vida alegre y optimista que CCS vendía a miles de ingenuos en el país mientras sus bolsillos se llenaban. Todos con un tufo a clase media gringa, a efluvios malamente descritos del american way of life.
A la casa llegó todavía otro libro, que ya no me dejaron leer: Juventud en éxtasis. El acuerdo era portarme bien y a los dieciséis podría leerlo. Y cumplí con la parte de portarme medio bien, cuando estaba fuera del radar familiar.
Pero el libro sí lo leí a escondidas. Recuerdo que las habitaciones no tenían más barrera que una cortina de conchas que mi padre recogió en alguna playa de Jalisco, unos ocho años atrás. Tenía, por lo menos, dos botes de pintura rebosantes de conchas y caracolas. Solíamos jugar con ellas, aunque nunca entendimos para qué podrían servir; supongo que eran, en nuestro ideario infantil, una extravagancia inútil, un pedazo de mar en un pueblito con incontables manantiales de agua dulce en el que el agua potable llegaba dos veces a la semana, pero había tres piletas públicas a las que todo el mundo iba por agua para beber.
En esas piletas, durante el tiempo de sequía, se hacían filas larguísimas de cubetas, ollas, tambos, y había que levantarse de madrugada para evitar la espera bajo el sol inclemente: una de ellas estaba en la parte baja del pueblo, y tenía un ahuehuete enorme que le daba sombra a quienes esperaban, la segunda estaba estaba en el centro, era -es- la de mayor tamaño y caudal, y a un par de metros tenía la sombra del pequeñísimo mercadito local; la tercera estaba a unos cien metros de mi casa, en la entrada del pueblo, pero ahí no había sombra cercana, sólo una jacaranda que tiraron hace ya varios años, a unos veinte metros de distancia, una cosa impráctica por donde se le viera.
Yo sabía dónde guardaban mis padres las cosas vedadas a sus dos hijos: el ropero. Y mis padres estudiaban en la pedagógica nacional los sábados por la mañana. La casa era nuestra, entonces, hasta las tres de la tarde una vez a la semana. Y me bastaron dos o tres sábados para leer el libro prohibido. Si me preguntan ahora, no recuerdo sino vaguedades de esos textos. Pero de una cosa sí me acuerdo: casi al final hay un linchamiento social contra el hijo de una directora de bachillerato o equivalente. Un adolescente que, oh pecado, escándalo, tenía una colección obscena (por su tamaño y variedad, quiero creer) de pornografía. Pienso o creo recordar que porno gay y/o BDSM. Ahí la semilla que la literatura barata de CCS dejó en mi persona.
En esos años desconocía el internet, y leí por primera vez a Sade hasta los 17, cuando tuve un poco de dinero para viajar a la capital del estado. Quiero decir, para viajar cosa de dos horas y recorrer a solas y con mucha vergüenza los estantes de el único par de librerías que conocía.
Pero la piratería de los mercados y algunos puestos de revistas, amén de algunos asaltos a la colección de Sexacional de mercados del menor de mis tíos, me dotaron de suficiente material para mantener encendida la llbrasa de la curiosidad. Por CCS busqué fuentes donde apaciguar mi sed de cachonderil conocimiento, y en esa búsqueda llegué primero a los puestos de revistas y a las películas piratas del mercado: por esas revistas y esas películas supe de Sade y Masoch, incluso de Calígula.
A fin de cuentas, aunque compré gustoso la perorata de esos libelos, y en algún momento me determiné a seguir sus indicaciones con rigor y disciplina dignos del más orgulloso samurái, en alguna borrachera se me olvidaron sus monsergas. Creo que la literatura de superación personal poco aporta a una sociedad cuyos problemas más acuciantes tienen prifundas raíces que están más allá de una serie de formulas moralizantes publicadas bajo una ética monetarista. Creo además que son textos muy malos, que no invitan a la reflexión pero fomentan el miedo a lo desconocido y tratan de encasillar la vida en un molde de lo correcto e impoluto, que ofrecen respuestas prefabricadas antes que la reflexión y el análisis. Que son libros, más que malos, que en mi caso su lectura supuso encontrar, precisamente en aquello que condenaba, una ventana desde la que alcancé a sospechar que más allá había un horizonte promisorio.
Pero ustedes no lo lean, ni lo recomienden a sus conocidos, por amor de Dionisos.
 
2020/08/14

 

Hoy hace cuatro años después de una enfermedad larga y triste, falleció mi abuela materna. Se llamaba Ana, quedó en la orfandad a muy corta edad. En su infancia perdió a dos hermanos menores por no tener para comer. Tenía dos hermanas menores, creo que ninguna se casó, y un hermano menor que encontró en el sacerdocio una forma de escapar de la miseria y una forma de darle voz a su origen indígena; los tres vivían en la misma casa que de pequeño me provocaba cierto terror, adoptaron a una niña llamada Leticia. De su adolescencia nunca contó cosa alguna. Supongo que se casó muy joven, y aunque perdió a un par de hijos, aún tuvo fuerza para soportar a un marido alcohólico y criar a diez hijos, seis mujeres y cuatro hombres. Supongo, o quiero creer que tuvo momentos genuinos de felicidad y que los disfrutó.
Cuando nadie la veía, cuando tenía un momento de descanso de sus hijos o sus nietos, de la manufactura o la venta de las velas, de las ferias patronales, se buscaba un rincón alejado y fumaba con fervor y gran placer uno o dos cigarros delicados sin filtro. En contadas ocasiones algún familiar la vio bebiendo una cerveza. Pero casi nadie conocía esa afición de la abuela al tabaco.
Del español sabía pronunciar pocas palabras, apenas las necesarias para entablar una comunicación necesaria a la hora de la venta, en las ferias, o en el mercado, cuando iba por el mandado. A sus hijos y a la mayoría de sus nietos se dirigía en náhuatl, pero yo no creo que no haya aprendido el español, pienso, aventuro que la señora era capaz de hablarlo con mayor fluidez, pero no estaba dispuesta a dejar de hablar su lengua para entablar un diálogo con los otros, que eran los otros quienes debían aprender a dialogar con ella, y fue por ella y por las horas de vagancia infantil y luego adolescente que aprendí a hablar su lengua.
No estuve con ella en sus últimos días, que consumió el Alzheimer, pero creo que ella no me lo echaría en cara, y estoy convencido además que los días pasados con ella y con mi abuelo en las ferias, lo poco que pude contribuir a su taller, tuvieron su valía. Además estoy convencidísimo de que en sus últimas horas no faltaron hijos, hijas, nietos, nietas, nueras, yernos, a su lado. Que el trance era inevitable, y que no estuvo sola.
Pero doña Ana sabe, espero que sepa, no habría distancia que alcanzara a mitigar su partida.
 
2020/08/01

 

Apelemos a un universo alterno, a otra existencia donde pocas cosas cambien, donde sólo cambien las cosas que uno proponga.
En mi caso, diré que Borges no nació en Buenos Aires, Argentina, el 24 de agosto de 1899, pero que su figura pervive del modo en que perviven las historias de los ladrones beatíficos o heroicos. Supongamos que nace unas décadas más tarde, en 1941, en un rancho perdido de México, en el seno de una familia culta caída en desgracia que termina por emigrar a la colonia Buenos Aires, en la caótica Ciudad de México poco después del terremoto del 57.
Supongamos que pasa a formar parte de una pandilla de desvalijadores de autos, cuyas piezas revenden en el mercado negro, sus compinches para pagar algún lujo vano; él, en todo caso, no lo gasta todo en supercherías o parrandas interminables en plaza Garibaldi. De esos hurtos, se hace de una casa propia, y de un nombre dentro de la colonia mencionada. Sus amistades sobrepasan el círculo del hampa de piezas automotrices.
Ya viejo, una tarde en que no suenan sirenas de patrullas o ambulancias, una epifanía lo alcanza, y escribe su más celebre poema, o el único que alcanzará la publicación en largas y sesudas antologías: El poema de ladrones, que comienza así:
 
Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de dios que en su magnífica valía
me dio a la vez la calle y aquel coche...
 
2020/07/31

 

no volveré a tocar el mar,
ni el inasible lomo de sus olas
que golpean y arrastran seres distraídos
y no son sino el espasmo, bufidos
de un desproporcionado animal
que no hemos visto pero sospechamos;
tengo en el escritorio a mi tristeza
atada casi bulto, resollando, moribunda
perro que se resiste a dormir
pero tampoco quiere seguir despierto;
debo decir que esta amargura es un ave
que alza el vuelo y cae y se quiebra el ala
porque su nido quedó lluvioso
tras el quiebre, ahora que estoy, en esta casa,
adormecido, vestido de duelo aunque sin llanto,
aunque sin herida, adolorido, encharcado
de la propia sangre, que huye sin mirar atrás
pero no pudo llegar muy lejos
acaso a dejar su huella en las baldosas,
pero es mentira todo: en esta sombra
no hay sino una tibia helada lamiendo
cachorro hambriento mis tobillos;
tal vez he dicho demasiado, tal vez
debí callar, enceguecido, hacerme el sordo
hacer de cuenta que no había palabra
que alcanzara a neciamente abarcar esta caída
 
2020/07/19

 

Buitres que anidan en las azoteas del pasado

 

Fuiste, un beso húmedo en la madrugada del puerto, la promesa de volver para juntos darle caza al amanecer; el microbús de ruta que nos llevó por colonias desconocidas, lejanísimas, de esa ciudad desconocida, la declaración de incendio en el asiento trasero de un taxi, la fotografía que me negué a tomar por parecerme cursi, el engolamiento de una voz que me llamaba a todas horas, la ciudad de celos edificada sobre mi pecho apenas te marchabas. Fui la palabra adormecida, la lengua despierta que trató de asirte con cada una de sus miles de terminales nerviosas, que trató de describir el sabor de cada uno de tus poros salados, los panfletos cristianos que se quedaron a comer polvo debajo de mi cama, los inesperados rincones que le brindaron cobijo a mi deseo, un montón de libros amontonados sobre el suelo, las azoteas macerando su hambre de lluvia ácida. Fuimos, cada noche, breve ataque de ganas de olvidarnos, la dentellada tierna sobre el lecho, un espejo a cuatro manos refulgiendo en la oscuridad, una calzada recién lavada por la lluvia, reverdecida, los ventanales de un edificio estudiantil donde nunca, por pudor, quise coger contigo, las largas caminatas por el centro de una ciudad que ya no existe, la escena final de una mala película que acaba en una parada de transporte público con un pesero alejándose de ti.
La llamada que lo rompió todo, que me hizo huir de todas partes sin saber que huía con mi perseguidor a cuestas hasta que supe cómo tomar tu fantasma y ponerlo en un frasco que arrojé a la orilla de un lago una tarde en Santa Fe de la laguna. Pero seguí, insistí en la huida, me escabullí en las cantinas y en los barrios marginales de nuevas ciudades. Pero llevaba dentro el fuego, como un Prometeo que por haberlo robado a los dioses se condena a arder, y por eso seguí corriendo, a veces encontré mensajes tuyos que hablaban de culpa y del reencuentro, que eran aguijones afilados y me hacían trastabillar, pero no pude no quise volver. Porque estaba a gusto lamiendo mis heridas, y los recuerdos, entonces lo supe, me perseguirían por siempre, como buitres que anidan en las azoteas del pasado, como una maldición griega para la que no tenía defensa, ni respuesta a las esfinges de la distancia, y me habrían devorado, y era tarde para nosotros, y había que dejar descansar nuestros demonios.
 
2020/06/24

 

he soñado a mi padre moribundo:
tendido sobre el lecho de su sombra
muerde el polvo pero su hambre es ciega,
me habla en una lengua de otro siglo
pero sé que habla conmigo
que dice algo sobre el trapecio de la tarde
y el equilibrio sordo que lo sostiene
que su murmullo es una forma de herir
al miedo que lo cabalga
cuando a solas vuelve a una casa
que ahora es solo suya
para encontrar en la sala, fiel, al silencio
solo ahuyentado por la estática
de un viejo televisor y los graznidos
de los cuervos que rondan las guías
del maracuyá y las bugambilias;
algunas veces sueño al padre
oigo sus pasos atravesando el patio,
la tos nerviosa que me dejó en herencia
vuelvo a escuchar su voz hablando
de los andamios inestables del futuro
o de la larga huida de su pasado
pero ya no veo su rostro en ningún sitio
cada día el espejo me devuelve
una imagen que se parece a mi tristeza
 
2020/06/21

 Para dormir me dejo los lentes puestos, no sea que tropiece en algún sueño

 y diré, cual un mesías delirecido:
dejad que los perros se acerquen a mi aún despierto cadáver

 

algo, una parte de mí,
se aburrió de arrojar piedras
contra los ventanales del olvido
algo, una parte de mí,
se hastió de querer
romperle las medias a la posteridad,
para ultrajarla con la lengua roma
que me dio la vida
y así anda uno, sobrio,
y con la apetencia guardada
en frascos de almibarados espejismos
 
2020/06/16

 

Vengo de soñar tu voz creciendo como una enredadera por las paredes de la aurora, de tocar, en el agua del sueño, la trepidante agua de tu carne y he despertado casi vacío, como quien tiene la certeza angustiosa de haber estado frente a la maravilla y haberla perdido en el más leve parpadeo.
Poco hicimos con nuestra tristeza, con esta distancia que pudimos llenar de nudos corredizos o luces de artificio para iluminar la tormenta: cada cual en su orilla abona las flores del olvido. Cada cual, desde su húmeda desesperanza, recoge los frutos maduros del tedio y de la inclemente usura de los días. Debimos hablar de las palabras que inventamos para nombrar al amor, de las hambrientas hienas que persiguieron a las liebres del deseo, de la carrera enloquecida en que desfallecieron, por inanición, perseguidores y enloquecida presa. Debimos nombrar los gestos, los malabares de la lengua sobre la piel del otro: acaso darle un nombre a las cosas nos habría salvado del naufragio. Acaso el olvido inmediato habría sido una muerte más piadosa, tal vez otro sería el nombre que colmara estas palabras, estas noches en que se ensortijan los recuerdos y el desvaído fantasma de otras horas. Tal vez vendría de cabalgar la pesadilla.
 
(algo que bien podría entrar en Anotaciones...)

 pienso, entonces, que es inútil atizar los carbones de la esperanza, soñarla como se sueña con volver al perdido paraíso de la infancia, como una fórmula nostálgica para hacer más llevadero el desconsuelo; la esperanza, así, castrada, me es inútil