1 may 2023

 

Hoy hace cuatro años después de una enfermedad larga y triste, falleció mi abuela materna. Se llamaba Ana, quedó en la orfandad a muy corta edad. En su infancia perdió a dos hermanos menores por no tener para comer. Tenía dos hermanas menores, creo que ninguna se casó, y un hermano menor que encontró en el sacerdocio una forma de escapar de la miseria y una forma de darle voz a su origen indígena; los tres vivían en la misma casa que de pequeño me provocaba cierto terror, adoptaron a una niña llamada Leticia. De su adolescencia nunca contó cosa alguna. Supongo que se casó muy joven, y aunque perdió a un par de hijos, aún tuvo fuerza para soportar a un marido alcohólico y criar a diez hijos, seis mujeres y cuatro hombres. Supongo, o quiero creer que tuvo momentos genuinos de felicidad y que los disfrutó.
Cuando nadie la veía, cuando tenía un momento de descanso de sus hijos o sus nietos, de la manufactura o la venta de las velas, de las ferias patronales, se buscaba un rincón alejado y fumaba con fervor y gran placer uno o dos cigarros delicados sin filtro. En contadas ocasiones algún familiar la vio bebiendo una cerveza. Pero casi nadie conocía esa afición de la abuela al tabaco.
Del español sabía pronunciar pocas palabras, apenas las necesarias para entablar una comunicación necesaria a la hora de la venta, en las ferias, o en el mercado, cuando iba por el mandado. A sus hijos y a la mayoría de sus nietos se dirigía en náhuatl, pero yo no creo que no haya aprendido el español, pienso, aventuro que la señora era capaz de hablarlo con mayor fluidez, pero no estaba dispuesta a dejar de hablar su lengua para entablar un diálogo con los otros, que eran los otros quienes debían aprender a dialogar con ella, y fue por ella y por las horas de vagancia infantil y luego adolescente que aprendí a hablar su lengua.
No estuve con ella en sus últimos días, que consumió el Alzheimer, pero creo que ella no me lo echaría en cara, y estoy convencido además que los días pasados con ella y con mi abuelo en las ferias, lo poco que pude contribuir a su taller, tuvieron su valía. Además estoy convencidísimo de que en sus últimas horas no faltaron hijos, hijas, nietos, nietas, nueras, yernos, a su lado. Que el trance era inevitable, y que no estuvo sola.
Pero doña Ana sabe, espero que sepa, no habría distancia que alcanzara a mitigar su partida.
 
2020/08/01

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