1 may 2023

Libros malos, ventanas desde las que sospeché el infinito.

 


En el 98, 99 tal vez, la fiebre CCS llegó a mi entorno familiar. Mi padre compró varios de los libros que el autor tenía a la venta (si no es que todos), buscando en ellos una fórmula para la vida familiar. Ignoro si su soberbia o su inocencia le impedían entender que no hay receta mágica para arreglar la vida, que a diferencia de los objetos cuando se rompen, requieren más que un pegamento y minutos de reposo, ignoro si ese pensamiento persista en él, y prefiero no ponerme a pensar en ello. Pero en ese tiempo, él estaba empeñado en creerlo, y además, en hacérnoslo creer. Mi madre le compró la idea, desde luego, porque lo adoraba. También porque sus hermanos mayores, y una buena parte de sus colegas, maestros rurales, estaban contagiados de esa fiebre.
Solía visitar a cuatro de mis nueve tíos paternos, por la ventaja que ofrecía su amistad: una biblioteca, películas grabadas de la televisión abierta en tiempos de antenas parabólicas, deliciosa comida y agua fresca en cántaros de barro enterrados, y cómics de Los Simpsons y The Spawn. Con la llegada de esa plaga, cada visita iba acompañada de una pregunta inevitable: ¿Tu papá ya compró tal libro? Leánlo en familia, ya verán que es muy bueno.
Y un día apareció en la casa el primero de ellos: Un grito desesperado. Le siguieron Volar sobre el pantano, y La fuerza de Sheccid. Todos los leí con avidez, porque en ese tiempo leía con tan poco criterio que incluso una etiqueta de shampoo me habría parecido buena literatura. También era bastante susceptible y aprensivo. Quiero decir que por un tiempo me creí el cuento de la vida alegre y optimista que CCS vendía a miles de ingenuos en el país mientras sus bolsillos se llenaban. Todos con un tufo a clase media gringa, a efluvios malamente descritos del american way of life.
A la casa llegó todavía otro libro, que ya no me dejaron leer: Juventud en éxtasis. El acuerdo era portarme bien y a los dieciséis podría leerlo. Y cumplí con la parte de portarme medio bien, cuando estaba fuera del radar familiar.
Pero el libro sí lo leí a escondidas. Recuerdo que las habitaciones no tenían más barrera que una cortina de conchas que mi padre recogió en alguna playa de Jalisco, unos ocho años atrás. Tenía, por lo menos, dos botes de pintura rebosantes de conchas y caracolas. Solíamos jugar con ellas, aunque nunca entendimos para qué podrían servir; supongo que eran, en nuestro ideario infantil, una extravagancia inútil, un pedazo de mar en un pueblito con incontables manantiales de agua dulce en el que el agua potable llegaba dos veces a la semana, pero había tres piletas públicas a las que todo el mundo iba por agua para beber.
En esas piletas, durante el tiempo de sequía, se hacían filas larguísimas de cubetas, ollas, tambos, y había que levantarse de madrugada para evitar la espera bajo el sol inclemente: una de ellas estaba en la parte baja del pueblo, y tenía un ahuehuete enorme que le daba sombra a quienes esperaban, la segunda estaba estaba en el centro, era -es- la de mayor tamaño y caudal, y a un par de metros tenía la sombra del pequeñísimo mercadito local; la tercera estaba a unos cien metros de mi casa, en la entrada del pueblo, pero ahí no había sombra cercana, sólo una jacaranda que tiraron hace ya varios años, a unos veinte metros de distancia, una cosa impráctica por donde se le viera.
Yo sabía dónde guardaban mis padres las cosas vedadas a sus dos hijos: el ropero. Y mis padres estudiaban en la pedagógica nacional los sábados por la mañana. La casa era nuestra, entonces, hasta las tres de la tarde una vez a la semana. Y me bastaron dos o tres sábados para leer el libro prohibido. Si me preguntan ahora, no recuerdo sino vaguedades de esos textos. Pero de una cosa sí me acuerdo: casi al final hay un linchamiento social contra el hijo de una directora de bachillerato o equivalente. Un adolescente que, oh pecado, escándalo, tenía una colección obscena (por su tamaño y variedad, quiero creer) de pornografía. Pienso o creo recordar que porno gay y/o BDSM. Ahí la semilla que la literatura barata de CCS dejó en mi persona.
En esos años desconocía el internet, y leí por primera vez a Sade hasta los 17, cuando tuve un poco de dinero para viajar a la capital del estado. Quiero decir, para viajar cosa de dos horas y recorrer a solas y con mucha vergüenza los estantes de el único par de librerías que conocía.
Pero la piratería de los mercados y algunos puestos de revistas, amén de algunos asaltos a la colección de Sexacional de mercados del menor de mis tíos, me dotaron de suficiente material para mantener encendida la llbrasa de la curiosidad. Por CCS busqué fuentes donde apaciguar mi sed de cachonderil conocimiento, y en esa búsqueda llegué primero a los puestos de revistas y a las películas piratas del mercado: por esas revistas y esas películas supe de Sade y Masoch, incluso de Calígula.
A fin de cuentas, aunque compré gustoso la perorata de esos libelos, y en algún momento me determiné a seguir sus indicaciones con rigor y disciplina dignos del más orgulloso samurái, en alguna borrachera se me olvidaron sus monsergas. Creo que la literatura de superación personal poco aporta a una sociedad cuyos problemas más acuciantes tienen prifundas raíces que están más allá de una serie de formulas moralizantes publicadas bajo una ética monetarista. Creo además que son textos muy malos, que no invitan a la reflexión pero fomentan el miedo a lo desconocido y tratan de encasillar la vida en un molde de lo correcto e impoluto, que ofrecen respuestas prefabricadas antes que la reflexión y el análisis. Que son libros, más que malos, que en mi caso su lectura supuso encontrar, precisamente en aquello que condenaba, una ventana desde la que alcancé a sospechar que más allá había un horizonte promisorio.
Pero ustedes no lo lean, ni lo recomienden a sus conocidos, por amor de Dionisos.
 
2020/08/14

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