Esa noche, en el bar, frente a una copa de un líquido verdusco que no supe ni quise preguntar cómo se llamaba, alardeó de su prolongada sobriedad, que abandonaba. Tal vez habló de algunas otras cosas, algo de formular reglamentos y diseñar edificios para lentísimas burocracias, algo sobre pasar seis días en un trabajo ingrato, y el insuficiente descanso de la séptima jornada. Algo dijo, me parece, de sus colegas, de su número cercano al infinito y las formas siempre distintas de nombrar el mismo oficio en distintas áreas geográficas.
Luego se quedó callado, mirando el espacio en un punto incierto de la pared del bar. Un rato después, entró un muchacho recién salido de la adolescencia, hastiado, o que parecía hastiado. Se dirigió hacia nosotros sin prisa.
- Siempre es lo mismo contigo- le dijo el chaval, mientras le metía el hombro para cargarlo y sacarlo a rastras del bar.
Pagué su cuenta, a pesar de no conocerlo. Creo que fue una mezcla de lástima y solidaridad: nadie más parecía prestar atención a ese hombre desarrapado, ciego y ebrio hasta la inconsciencia. Algo de la secreta y tácita solidaridad entre desamparados o borrachos: el alcohólico o el desahuciado siempre esperan que un evento fortuito o un alma bienintencionada los salve, aunque sea para posponer unos instantes su caída al fondo de la desesperación.
Volví a pie a casa poco antes de medianoche. Estaba tan ebrio o tan exhausto que me quedé dormido en el sofá.
Esa noche tuve una pesadilla extraña: soñé que el ciego volvía al bar y se colocaba a mi lado en la barra. A la izquierda, para ser preciso. Pero en el sueño estaba limpio, quiero decir que su ropa estaba limpia y todo él mostraba una pulcritud tal que me dificultó reconocerlo; usaba gafas oscuras y daba la impresión de ser un profesor jubilado por el glaucoma. En el sueño, después de saludar y descubrirme su identidad, me decía, charlamos hace poco, quiero decir que monologué largamente de mis congojas laborales, luego llegó por mí ese chaval que insiste en llamarme padre y no deja de despreciarme, para de inmediato pedir un par de cervezas, una de ellas para mí, y comenzaba a contarme su historia de vida, una historia que parecía interminable, aunque nunca se tornaba aburrida, hasta que llegaba la hora de pagar, y ponía sobre la barra, como quien pone unas monedas, sus ojos frescos y sanguinolentos.
-Ustedes me hicieron a su imagen y semejanza para que yo los hiciera a ustedes a mi imagen y semejanza, pero en algún momento se apoderaron de mí la ceguera y la esquizofrenia, y ya no sé si estoy borracho o tú estás soñando.
Dicho esto, se desvaneció y yo desperté inquieto, como con ganas de buscar un templo, o un altar para encender una vela por la paz de ese desarrapado miserable.
2020/08/21
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