Vengo de soñar tu voz creciendo como una enredadera por las paredes de la aurora, de tocar, en el agua del sueño, la trepidante agua de tu carne y he despertado casi vacío, como quien tiene la certeza angustiosa de haber estado frente a la maravilla y haberla perdido en el más leve parpadeo.
Poco hicimos con nuestra tristeza, con esta distancia que pudimos llenar de nudos corredizos o luces de artificio para iluminar la tormenta: cada cual en su orilla abona las flores del olvido. Cada cual, desde su húmeda desesperanza, recoge los frutos maduros del tedio y de la inclemente usura de los días. Debimos hablar de las palabras que inventamos para nombrar al amor, de las hambrientas hienas que persiguieron a las liebres del deseo, de la carrera enloquecida en que desfallecieron, por inanición, perseguidores y enloquecida presa. Debimos nombrar los gestos, los malabares de la lengua sobre la piel del otro: acaso darle un nombre a las cosas nos habría salvado del naufragio. Acaso el olvido inmediato habría sido una muerte más piadosa, tal vez otro sería el nombre que colmara estas palabras, estas noches en que se ensortijan los recuerdos y el desvaído fantasma de otras horas. Tal vez vendría de cabalgar la pesadilla.
(algo que bien podría entrar en Anotaciones...)
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