En el mar es un anagrama que se hizo un acróstico que recurre malamente a la aliteración y a la decepcionante por incompleta metáfora. Que después se hizo una forma larga de dar un largo adiós a una historia que ningún involucrado quiere terminar pero a la que ninguno le ve el modo de hacerla coincidir más allá de la fugacidad que provee la mensajería celular.
En el mar fue un pretexto para buscar mientras atravesaba las descuidadas carreteras veracruzanas esos sitios que no son agua ni arena pero llamamos orilla del mar. Un anagrama para unos ojos que no habían visto el mar, que lo descubrieron en la otra orilla, del lado del Pacífico, a unos novecientos noventa y siete kilómetros de distancia, a solas. Pero ya está, las formas de nombrarla se agotaron, aunque el huracán que su presencia supone, aún a la distancia, siga vivo y robusto, peligroso.
La sierra, su larga cabellera, los furiosos ríos, los cafetales, las serpientes que sólo pueden ser muertas ante la presencia de una mujer encinta, la lluvia puntual y torrencial, el bochorno a todas horas, las hamacas y ciertas calles de Jovel, tienen su huella, en cada palabra que recuerda el sureste, resuena su voz.
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