Me había quemado el poco dinero que tenía, llevaba casi tres meses sin conseguir trabajo, con casi 20 años y el cheque recibido como liquidación tras dejar el trabajo en la gasolinería. Nunca me interesé en saber cuánto era, sólo me limité a recibirlo y guardarlo dentro de un libro de Poe que llevaba a todas partes y que después perdí quién sabe dónde.
Así que busqué un banco y entré al primero que hallé, me parece que en el centro de Tlalpan. Después de una larga espera en la fila, una cajera de rostro anodino me hizo efectivo el papelito, que me ayudó a sobrevivir una semana más. El monto era, por mucho, estratosférico: cuarenta y cinco pesos. Una millonada.
Sin embargo, corrí con suerte: unos días más tarde, sobre viaducto Tlalpan, encontré una chamarra olvidada en la parada del pesero. Se veía en buen estado y la cogí para mí uso personal. Dentro hallé unos boletos de metro y cien dólares que me gasté a partes desiguales en cerveza, libros, pasajes y comida. Luego entré a trabajar a una pizzería regenteada por oaxaqueños en San Pedro Mártir. Aún ahora me pregunto por qué le ponían ajonjolí a las orillas de la pizza.
2020/08
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