Fuiste, un beso húmedo en la madrugada del puerto, la promesa de volver para juntos darle caza al amanecer; el microbús de ruta que nos llevó por colonias desconocidas, lejanísimas, de esa ciudad desconocida, la declaración de incendio en el asiento trasero de un taxi, la fotografía que me negué a tomar por parecerme cursi, el engolamiento de una voz que me llamaba a todas horas, la ciudad de celos edificada sobre mi pecho apenas te marchabas. Fui la palabra adormecida, la lengua despierta que trató de asirte con cada una de sus miles de terminales nerviosas, que trató de describir el sabor de cada uno de tus poros salados, los panfletos cristianos que se quedaron a comer polvo debajo de mi cama, los inesperados rincones que le brindaron cobijo a mi deseo, un montón de libros amontonados sobre el suelo, las azoteas macerando su hambre de lluvia ácida. Fuimos, cada noche, breve ataque de ganas de olvidarnos, la dentellada tierna sobre el lecho, un espejo a cuatro manos refulgiendo en la oscuridad, una calzada recién lavada por la lluvia, reverdecida, los ventanales de un edificio estudiantil donde nunca, por pudor, quise coger contigo, las largas caminatas por el centro de una ciudad que ya no existe, la escena final de una mala película que acaba en una parada de transporte público con un pesero alejándose de ti.
La llamada que lo rompió todo, que me hizo huir de todas partes sin saber que huía con mi perseguidor a cuestas hasta que supe cómo tomar tu fantasma y ponerlo en un frasco que arrojé a la orilla de un lago una tarde en Santa Fe de la laguna. Pero seguí, insistí en la huida, me escabullí en las cantinas y en los barrios marginales de nuevas ciudades. Pero llevaba dentro el fuego, como un Prometeo que por haberlo robado a los dioses se condena a arder, y por eso seguí corriendo, a veces encontré mensajes tuyos que hablaban de culpa y del reencuentro, que eran aguijones afilados y me hacían trastabillar, pero no pude no quise volver. Porque estaba a gusto lamiendo mis heridas, y los recuerdos, entonces lo supe, me perseguirían por siempre, como buitres que anidan en las azoteas del pasado, como una maldición griega para la que no tenía defensa, ni respuesta a las esfinges de la distancia, y me habrían devorado, y era tarde para nosotros, y había que dejar descansar nuestros demonios.
2020/06/24
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