no volveré a tocar el mar,
ni el inasible lomo de sus olas
que golpean y arrastran seres distraídos
y no son sino el espasmo, bufidos
de un desproporcionado animal
que no hemos visto pero sospechamos;
tengo en el escritorio a mi tristeza
atada casi bulto, resollando, moribunda
perro que se resiste a dormir
pero tampoco quiere seguir despierto;
debo decir que esta amargura es un ave
que alza el vuelo y cae y se quiebra el ala
porque su nido quedó lluvioso
tras el quiebre, ahora que estoy, en esta casa,
adormecido, vestido de duelo aunque sin llanto,
aunque sin herida, adolorido, encharcado
de la propia sangre, que huye sin mirar atrás
pero no pudo llegar muy lejos
acaso a dejar su huella en las baldosas,
pero es mentira todo: en esta sombra
no hay sino una tibia helada lamiendo
cachorro hambriento mis tobillos;
tal vez he dicho demasiado, tal vez
debí callar, enceguecido, hacerme el sordo
hacer de cuenta que no había palabra
que alcanzara a neciamente abarcar esta caída
2020/07/19
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